Lo que Colombia le debe a Jacques Gilard

Lo que Colombia le debe a Jacques Gilard

Recuerdo del crítico francés, especialista en el 'grupo de Barranquilla'.

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12 de febrero 2015 , 11:30 p.m.

Hace 6 años, el 1o. de noviembre de 2008, desapareció Jacques Gilard. Lo recordamos en la ciudad medieval italiana de Bérgamo, donde enseña en su universidad el pintor y erudito bogotano-milanés Fabio Rodríguez; llegué para asistir a un coloquio sobre la obra de Felisberto Hernández, organizado por él de manera conjunta con la Universidad de Milán. Rodríguez destacó en una de sus intervenciones la manera como el Grupo de Barranquilla leyó al autor de Nadie encendía las lámparas. Citó los cuentos ‘Intimismo’ y ‘El piano blanco’, de Álvaro Cepeda, donde aflora la influencia del montevideano. Hizo citas de Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor, García Márquez y Cepeda, y señaló la publicación de dos cuentos de Felisberto en Crónica.

Rodríguez es el editor de Plumas y pinceles, dos volúmenes que suman 650 páginas, sobre “la experiencia artística y literaria del grupo de Barranquilla”, publicados en 2009. Fue el resultado de uno de los proyectos de investigación entre su universidad y la de Toulose que durante 25 años vio a él y a Gilard trabajando juntos. Por eso se los dedicó “para rendir justicia a su inteligencia, aguda visión crítica e inigualable labor de colombianista y latinoamericanista”. Estos libros testimonian lo que debería haber sido la reescritura de la tesis doctoral del “occitano triste” que Rodríguez se había comprometido a editar en Italia.

Mientras pensábamos en la forma de rendirle homenaje al cumplirse 6 años de su partida, leímos en El Heraldo de Barranquilla lo que decía el amigo y cronista, miembro de la Academia de la Lengua, Juan Gossaín: “Entre las muchas anécdotas que el periodista de San Bernardo del Viento narró en su conversatorio fue que descubrió en una de sus investigaciones sobre los pasos de Gabriel García Márquez en Barranquilla, que Jacques Gilard había mutilado varios archivos de El Heraldo para quedarse con sus columnas” (El Heraldo, 12 de noviembre de 2014). No sé en qué pruebas basará Gossaín su acusación sobre la supuesta cleptomanía fetichista y castradora de Gilard en El Heraldo en las semanas de 1975 en que estuvo copiando y fotocopiando Las Jirafas, las columnas que el futuro creador de Macondo escribió en El Heraldo quizás a partir del 19 de diciembre de 1949.

Tal vez el cronista de San Bernardo no haya leído el volumen de 725 páginas, Textos costeños – Obra periodística de Gabriel García Márquez – 1948-1952. (Recopilación y prólogo de Jacques Gilard’, 1ª edición 1982) en el que nuestro amigo francés dice: “Subsiste una duda sobre el momento en que García Márquez se estrenó como colaborador de El Heraldo. Con alguna frecuencia, en el rastreo de su producción periodística, el investigador se encuentra con que abusivos y fetichistas lectores han robado textos de García Márquez en las a veces únicas colecciones existentes: en algunos casos fue arrancada sin más ni más toda una página de periódico; en otros fue limpiamente recortado con cuchilla el artículo del futuro autor de Cien años. Así pasó, aunque afortunadamente no tanto como hubiera podido pasar, en los volúmenes conservados en la sede del diario barranquillero. Y es de notar que la página 3 de la edición del 19 de diciembre de 1949 ha desaparecido. Como esta edición salió dos días después de que Alfonso Fuenmayor saludó la presencia de García Márquez en Barranquilla, es de temer que un texto de este desapareciera con el robo de esa página. El caso es que su verdadero debut como colaborador regular de El Heraldo se efectuó el día 5 de enero de 1950, con la primera entrega de su columna La Jirafa, que siempre firmó con el seudónimo de Septimus, primera de una abundante y por muchos aspectos admirable serie de unas cuatrocientas entregas”, dice Gilard en el prólogo del primero de los 5 volúmenes del periodismo de García Márquez, antes de Cien años, que suman en total 3 mil páginas. El propio García Márquez reconoció en una entrevista para la revista española Quimera, que cuando tuvo en su mano los 5 volúmenes editados inicialmente por Bruguera, gracias a la labor de Gilard, se sorprendió agradablemente por lo mucho que había escrito en sus años juveniles. Y con tanto gozo, ritmo y acierto. Tanta madurez ya.

Desde el primer momento Gilard fue para mí sinónimo de un intelectual europeo, socialista, orgulloso de sus milenarias raíces campesinas –en su caso occitanas, del sur de Francia– abierto, atento a nuestra mestiza cultura caribeña. No tenía nada que ver con ese ambiente de los círculos literarios parisienses del siglo XIX –al estilo de lo que cuenta Silva en De sobremesa, traducida por él al francés– que podíamos imaginar mientras comenzábamos a frecuentar la Alianza Francesa, situada entonces en una casa solariega, a una cuadra del Hotel Majestic. Cuando se apareció en nuestra ciudad, por ahí en 1975, ya enseñaba en la Universidad de Toulouse, pero aún no era profesor titular, y estaba investigando para su doctorado en literatura sobre El Grupo de Barranquilla. Nos hicimos amigos de inmediato. Yo acababa de dejar El Heraldo, donde tuve la suerte de iniciarme como periodista al lado de Alfonso Fuenmayor, pero debí esperar como todo el mundo sus investigaciones para acceder a los tesoros guardados en los archivos del diario.

Allegados al ‘Grupo de Barranquilla’ en el aeropuerto de la capital del Atlántico en junio de 1950: entre otros, Adalberto Reyes, Bernardo Restrepo, Germán Vargas, Jorge Vélez, García Márquez, Alfonso Fuenmayor, niño Alberto Restrepo, Cecilia Cervera y Álvaro Cepeda. (Tomado de
‘La Cueva. Crónica del Grupo de Barranquilla’. Heriberto Fiorillo. Con fotos de Nereo).

 

“Era alto, fuerte, de manos y brazos pecosos, y su perfume francés, su calva incipiente de intelectual, su seguridad al hablar, recreando nuestra historia literaria en un castellano sin acento...”


Ahora que se ha ido al cielo de los buenos recuerdos –uno es lo que es y los recuerdos que va dejando– pienso que en mi decisión de viajar a Francia a estudiar literatura influyó mucho el haberlo conocido en El Espectador en Barranquilla, a un paso del llamado Centro Cívico. Él salía de El Heraldo, en ese entonces en su vieja sede, a un costado de la Plaza Colón, y llegaba hasta mi oficina al caer la tarde y me contaba exaltado lo que había encontrado. No habían pasado aún 10 años desde la publicación del libro que nos reveló a García Márquez y estaba desenterrando los cimientos, los planos, los ensayos, las cábalas, los juegos imaginativos del creador de Macondo, antes de su cristalización en la gran obra, contenidos en aquellas columnas llamadas La Jirafa. Jacques había sido jugador de rugby en sus años mozos. Era alto, fuerte, de manos y brazos pecosos, y su perfume francés, su calva incipiente de intelectual, su seguridad al hablar, recreando nuestra historia literaria en un castellano sin acento, pero con matices habaneros, rioplatenses, madrileños, mexicanos o paraguayos, lo hacían atractivo, interesante, seductor, cualidades que él, aun cuando era tímido, iba descubriendo y aprovechando. Lo que más le gustaba era exponer ante un auditorio sus reflexiones y luego invitarnos a cenar y a tomar vino, rodeado por muchachas, colegas o simples estudiantes.

Han pasado más de 40 años desde entonces. “El tiempo vuela ligero”, como dice Totó la Momposina en una canción. Puedo dar fe que la fraternal y alentadora presencia de Gilard en la Universidad de Toulouse, su interés constante por la cultura latinoamericana –literaria, musical, política, deportiva– nos dieron un gran impulso. El ejemplo más palpable de su generosa recepción aquí en Francia es sin duda lo ocurrido con la obra de Marvel Moreno (1939-1995). Entre el 3 y el 5 de abril de 1997, en una inolvidable primavera, Gilard y su gran amigo y colega Fabio Rodríguez, de la Universidad de Bérgamo, organizaron un coloquio sobre la obra de Marvel. Fue un gran momento para todos, quizás la cumbre, el máximo rendimiento y placer intelectual y amistoso de todos aquellos años de apasionadas lecturas, encuentros y textos.

Gilard encontró entre Las Jirafas, publicadas en el primer tomo de la obra periodística de GGM, dos cuentos: ‘De como Natanael hace una visita’ y ‘Un hombre viene bajo la lluvia’. También dio con ‘Tubal-Caín forja una estrella’, pero no lo incluyó. “Tubal-Caín forja una estrella’ presenta las características de los cuentos, 5 en total, que constituyen el ciclo inicial de la obra de ficción de GM, ciclo interrumpido por el descubrimiento y el impacto de Faulkner (evidente en ‘Amargura para tres sonámbulos’, aparecido en El Espectador el 13 de noviembre de 1949). Usa la utilería de la literatura fantástica, elementos propios de la psicosis: hiperstesia, muerte consciente, drogadicción, el doble, multiplicación de ciertos personajes, confusiones de espacio y tiempo. Recuerda, además, con alguna nitidez, el antecedente de ‘William Wilson’, relato de Poe (al que García Márquez ya conocía muy bien, y parece tener más presencia que ‘Le Horla’, de Maupassant). Según él todos los relatos de ese ciclo “parecen remitir a La metamorfosis, de Kafka... Otra presencia identificable es la de Joyce, aunque no sea más que en el uso, aún inseguro, de la técnica del fluir de la conciencia”.

En diciembre de 1976 Gilard había publicado en la Gaceta del Instituto Colombiano de Cultura un análisis de dos textos del maestro, ‘García Márquez o el deterioro de los mitos’. Gilard descubrió, como ya lo mencionamos, que “en la producción periodística de García Márquez hay bastantes textos breves que son en realidad apuntes o borradores de relatos y que incluyen informaciones muy valiosas por su espontaneidad algo inconexa y su muy cotidiana modestia”. Su análisis comparativo del cuento ‘Un hombre viene bajo la lluvia’ (El Espectador, 9 de mayo de 1959) y de un pequeño relato más antiguo, ‘El huésped’,  “del que evidentemente salió y que es una reminiscencia bastante pura del episodio de María y Marta en el Evangelio de Lucas (X, 38-42)” ¡es magistral! Una parábola sobre la vida activa y la contemplativa... el hombre que llega bajo la lluvia sería entonces un ‘trasunto’ de Jesucristo... en este cuento hay un personaje llamado Noel  (“García Márquez sabía bastante francés para saber que Noel significa Navidad” - Gilard) que le enseña el catecismo a un papagayo, “dándole noticias de Dios” a este animal, que aprende con “torpeza paciente y honrada”. ‘El huésped’ había salido el 19 de mayo de 1950 en La Jirafa. ‘Un hombre viene bajo la lluvia’, al acceder a una expresión más inmediata (podría verse como mero comentario de ‘El huésped’) propone un tremendo deterioro de los mitos, empezando por el mito esencial de nuestra época: el del progreso, del tiempo fecundo, de la Historia”. En este cuento se menciona por primera vez al coronel Aureliano Buendía. Gilard considera que esos dos textos “atestiguan que hubo una interrogación obstinada sobre la suerte de las familias enfrentadas con el paso del tiempo”... Ya se trata de esa “rueda giratoria que hubiera seguido dando vueltas hasta la eternidad de no haber sido por el desgaste progresivo e irremediable del eje”, imagen que posiblemente, añade, “da la clave de toda la obra de García Márquez”.

Por: JULIO OLACIREGUI
París

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