'Tenía que llevar a la guerrilla 3 niños por semana': menor reclutada

'Tenía que llevar a la guerrilla 3 niños por semana': menor reclutada

Joven que pasó nueve años en la guerra narra cómo fue su vida dentro de las Farc.

12 de febrero 2015 , 11:02 p.m.

Tenía siete años. Vivía con sus dos padres y tres hermanos cuando las Farc se la llevaron para la guerrilla. No iban por ella sino por su hermano mayor, que ajustaba los 15, pero que estaba enfermo.

Cuando los guerrilleros se enteraron de que el muchacho sufría ataques epilépticos, le dijeron que no servía para la guerra y lo dejaron en la casa. Pero venían por un niño y no se iban a ir con las manos vacías. Así que eligieron a Adriana*, la dejaron empacar una muda de ropa y se la llevaron de la vereda. No hubo tiempo ni para despedirse. No hubo tiempo para replicar. (En contexto: Entrega de menores, tema pendiente en desescalamiento del conflicto)

Ese es el primer recuerdo que Adriana tiene de sus días en la guerra. Hoy, a sus 26 años, lejos de la vida de violencia que nunca eligió pero que le tocó vivir, esta joven cuenta cómo fue reclutada por la guerrilla en zona rural de Boyacá y cómo logró salir de la guerra.

Con esfuerzo, pero con la convicción de nunca más volver a la selva, Adriana hoy estudia Medicina y por sus buenas calificaciones ha sido becada en el cincuenta por ciento de su carrera. La otra mitad la paga con un crédito del Icetex. “Yo corrí con la suerte que otros no tuvieron”, dice. (Lea también: En 14 años, 4.000 niños se han desvinculado de grupos subversivos)

Cuando se la llevaron, duró cuatro días caminado junto con tres hombres armados hasta que llegaron a un campamento. Primero tuvo que hacer 'chontos', socavar huecos en la tierra que sirvieran como letrinas. Luego cavó las trincheras para que la guerrilla pudiera esconderse en los combates, y finalmente la pusieron a cargar leña.

Adriana no llora. No hace gestos. Solo habla. A veces se le suelta una risa, por ejemplo cuando recuerda que cuando era una niña nunca le tocó cocinar para las Farc porque las ollas eran muy pesadas.

Como todos los uniformes le quedaban grandes, solo usó camuflados desde los 12 años en adelante, cuando pudo doblarles las mangas e improvisar un ruedo para el pantalón. Fue entonces cuando la enviaron a los primeros combates. “Aprendí a manejar el fusil y varios tipos de armas. Tuve que estar en muchos enfrentamientos, vi morir a muchos compañeros, pero yo siempre sobreviví”.

El primer combate fue el más duro. Por tres días casi no pudo dormir. Tenía en la mente las caras de los muertos, los de las Farc y los del Ejército, las de los soldados heridos que se llevaron secuestrados, las de los uniformados que no dejaron vivos y fueron rematados.

“Los primeros cuatro años fueron duros, luego me acostumbre”, cuenta. Adriana dice que con el paso del tiempo, el comandante del frente y su esposa la adoptaron. “En los enfrentamientos no me ponía en la primera fila, sino en la tercera para que no me llegaran primero las balas”, recuerda. Luego trata de explicarse: “Yo sé que él era malo, pero siempre me apoyó mucho. Hasta llegué a verlo como mi papá”.

Dentro de las Farc, asegura, el respeto se lo ganó el día en el que un guerrillero raso intentó abusar de ella. A sus 13 años tomó el fusil que tenía más cerca, lo cargó y le disparó en una pierna. Nunca más ningún otro guerrillero volvió a intentar sobrepasarse.

Llegó el punto en el que ya nada la asombraba. Solo había tres cosas que le generaban miedo: cuando uno de sus compañeros pisaba una mina, cuando la Fuerza Aérea los bombardeaba y cuando se enfrentaban con el Comando Jungla del Ejército, que se camuflaba entre los árboles y los lodazales.

Después de los fallidos diálogos de paz entre el Gobierno del expresidente Andrés Pastrana y las Farc, Adriana recuerda que comenzaron los años más duros. “No teníamos alimentos, ni agua, ni dotaciones. Las armas se trababan y ya no teníamos muchas municiones. Fueron dos años terribles e intenté volarme tres veces. Nunca pude conseguirlo”.

A Adriana la sacaron de combate y la pusieron a cobrar extorsiones. Luego le ordenaron reclutar menores para entrenar en las filas. Así como un día la guerrilla llegó a su casa y la alejó de su familia, ahora era ella quien les llevaba a las Farc a tres niños por semana. El primer niño que tuvo que llevarse tenía 13 años, estaba llorando, aferrado a la cintura de su mamá.

“El comandante del frente me dijo que me gustara o no tenía que hacerlo. Lo volví a hacer unas cinco veces más. Ya no pensaba tanto. Solo iba y los sacaba de su casa”, asegura.

La muerte de María

Adriana reconoce que hubo un tiempo en el que ya no quería irse de las Farc, que se sentía cómoda, que se había adaptado a lo duro y que ya no extrañaba la vida en familia. Las imágenes de su casa, de sus padres, eran difusas. Casi ni podía recordarlos.

Todo eso cambió cuando María*, su mejor amiga, quedó en embarazo. María no quería abortar, pero sabía que en la guerrilla no tenía otra alternativa, así que decidió escaparse. Tuvo el bebé, pero no pasaron más de tres meses hasta que la encontraron. En un consejo de guerra, con 25 guerrilleros votando, la condenaron a la muerte.
Su castigo fue cavar su tumba y la de su bebé. Para darles una lección a todas las mujeres guerrilleras el comandante del frente ordenó que fuera Adriana quien las matara. “Tuve que matarla y fue algo que me dolió muchísimo. Después de eso no volví a ser la misma y ya nada en la guerrilla fue igual”, dice.

La joven guerrillera comenzó una etapa en la que las Farc se convirtieron en una pesadilla. Esperando a que se aburrieran de ella y la dejaran irse, una mañana, mientras tenía que custodiar a un universitario y un comerciante que habían sido secuestrados en los Llanos, les abrió las puertas y los dejó escaparse.

“Me hicieron un consejo de guerra, pero la mayoría votó para que me dejaran vivir. Desde entonces ya no me tenían ninguna preferencia, me mandaban a combates y me ponían en las primeras filas. Ya no me importaba nada”, recuerda.
La vida de Adriana cambió a sus 16 años, cuando el CTI la capturó junto con ocho guerrilleros más, dos de ellos también menores. “Pasé de correccional en correccional. Hasta que un día decidí portarme bien”, dice, mientras en su cara se dibuja una sonrisa.

Fue un padre el que la ayudó a alejarse de la delincuencia. La mantenía ocupada, le enseñó a leer, la inscribió en cursos de panadería, sistemas, escritura: “Tal vez de mantenerme tan ocupada se me olvidó cómo era estar en las Farc”.

Con más de 20 años, a Adriana le llegó el momento de volver a asumir la vida de civil con su familia. Ya no reconocía a su madre, ni a sus hermanos y al principio se le hizo difícil volver a adaptarse. “Mi mamá, mi papá, no parecían mis papás”, recuerda. Solo con ayuda psicológica y después de pasar por tratamientos con varios psiquiatras, pudo estabilizarse.

Con la Agencia Colombiana para la Reintegración inició un proyecto productivo con el que pudo retomar su vida. Terminó la primaria, luego el bachillerato, recuperó el tiempo perdido. Estudió Mercadeo y Ventas, Inglés y después llegó la oportunidad de estudiar Medicina.

El primer examen de Icfes lo perdió porque no sabía doblar y desdoblar la hoja de la evaluación, dice. El segundo Icfes, cuando ya sabía cómo enfrentarse al formato, lo ganó con un alto puntaje e inició su carrera “Todos los días aprendo algo nuevo. Me gusta la medicina, no me molesta el trasnocho. Algunos se quejan, dicen que es muy pesado, que hay muchos libros, que la carrera es muy larga. Yo, que viví tantas cosas en mi vida, ya no podría quejarme. Esta es una oportunidad única y maravillosa”.

*Nombres cambiados

 

Milena Sarralde Duque

@MSarralde

JUSTICIA

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