El feminismo, la bandera de la escritora Helena Araújo

El feminismo, la bandera de la escritora Helena Araújo

¿Por qué son importantes la narrativa y el ensayo de la colombiana fallecida el pasado 2 de febrero?

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12 de febrero 2015 , 06:22 p.m.

En el 2009, Helena Araújo publica los nueve cuentos que conformarían su último libro: 'Esposa fugada y otros cuentos viajeros'.

Aunque ambientado en Europa, está salpicado de reminiscencias bogotanas, de vocablos inconfundibles: “bojotes de bruma”, “rucio de polvo”, “desguarambilado”, “pelo churco”.

Y como si esto no fuera suficiente, también aparecen un funcionario de la Federación Nacional de Cafeteros y una segunda secretaria de la delegación colombiana de la ONU en Ginebra.

Pero también surgen, dolorosos, traumáticos, incidentes y recuerdos de injusticias que marcaron a esas mujeres en la Bogotá de “los horrendos años sesenta”, acusadas de abandono del hogar ante el tribunal eclesiástico y quitándoles la custodia de los hijos e internándolas en clínicas de reposo, con inyecciones, barbitúricos y euforizantes y mucho Valium para retornar al buen camino.

Es como un exorcismo, un vómito purificador, desde una conciencia femenina, para rehacer la vida, ya sea en Estados Unidos o en París y Venecia, o en la Occitania de los trovadores. Solo que las nuevas figuras masculinas tampoco dan la talla. El miembro del partido comunista francés, ciego de celos, golpeará irracional a su compañera o el joven judío, en Estados Unidos, venderá armas para salvar del comunismo a Nicaragua en la época de los contras versus el sandinismo.

Hoy, cómo no, algo políticamente correcto en el planteamiento que llega incluso, última moda, a un Centro de Ecología Alimenticia, fúnebre parodia de las promiscuas comunas hippies. En todo caso, lo que da sentido de urgencia a la escritura es el avasallador poder del deseo, al despertar cuerpos e incitar a decisiones antes impensadas.

“Volar pero faltan élitros, saltar pero faltan fuerzas, la boca de Jacob sabe a frutas blandas, a Olga los brazos se le ablandan, ahora abraza con las piernas, un ímpetu de daño la penetra, sin embargo comienza a negarse, a anegarse y ahora sí ya hundiéndose y se sume, se consume, gime y toca fondo al fin”, escribe.

Han quedado relegadas ciática y bilis, las miserias humanas, y se advierte un logro maduro en la pintura de climas y paisajes y del trasfondo de esos caracteres, a veces tan manipuladores, en otras tan inerme, ya sea en su casa del Chicó como en ese simposio italiano para analizar una escritura payanesa con ponencias tan delirantes (y tan inútiles) como “El erotismo en la obra de Claudia Fajardo o cómo subvertir el discurso falocéntrico del patriarcado”.

El feminismo fue la bandera de Helena Araújo, fervorosa lectora de Simone de Beauvoir desde sus primeras reseñas incluidas en Signos y mensajes y luego ampliadas e interrelaciones en el espacio de la escritura femenina latinoamericana en 'La Sherezada criolla'. Vale la pena entonces releer 'Signos y mensajes'.

Helena, la crítica

Solo en 1976 publica 'Helena Araújo' (1934) su primer libro de ensayos y reseñas. 'Signos y mensajes' (Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, colección ‘Autores Nacionales’ n.° 13, 1976).

Hay una un tanto confusa dispersión de intereses (Saint-Exupéry, el tema erótico en Samuel Beckett) y unas apuestas generosas por jóvenes, en aquel entonces, que luego no trascendieron, como Héctor Sánchez o el recién fallecido José Stevenson.

Hay un ademán progresista, en marcha hacia el socialismo, y el entusiasmo de entonces por la revolución cubana. Pero el afán de romper el bloqueo mental del escritor colombiano, con su retórica española de gramática y discurso, ya iba quedando superado. Así lo ratifican su nota de 1969 sobre 'Bestiario', de Julio Cortázar, y su ensayo también de 1969, sobre 'Las macondanas'.

Porque en realidad el anacronismo flagrante lo encontramos en uno de los primeros trabajos: 'La rebeldía en la obra de José Gutiérrez'. Un sicoanalista, discípulo de Erich Fromm, que busca una autenticidad y una rebeldía racionales para, con base en ellas, iniciar la revolución en Colombia.

Sin embargo, la mezcla de budismo zen con la asesoría de centrales sindicales conservadoras, luego de pasar por el partido comunista y el Movimiento Revolucionario Liberal de Alfonso López Michelsen no llevaron muy lejos el propósito. El cataclismo íntimo que propugna como paso previo a la revolución social no fue más allá de los libros. Su interés en desmontar un lenguaje petrificado hace saltar la verdad camuflada:

“Tras la intención verbal se halla la imagen autoritaria, violenta, discriminatoria, gregaria, relativista, personalista, estática, de la sociedad colombiana”.

Muchos adjetivos aplicados a un tumulto de hablas regionales, del antioqueño al caleño, del costeño al bogotano, que si algo poseen es un dinamismo irreverente, con una capacidad de goce y crítica, que no puede desconocerse.
Que enlazándose más adelante en el libro como un paralelismo entre la literatura universitaria de México y Colombia muestra cómo la primera, rebelde en la forma y movida en la música ‘rocanrolera’, se distanciaba de una andadura más tradicional, campesina y telúrica, que en el caso de Julio César Cortés, premiado por Helena Araújo en 1965, moriría en la guerrilla en 1968.

Quizás aquí podría insertarse el comentario sobre Arturo Alape, el investigador documental del 9 de abril de 1948 y el biógrafo de Manuel Marulanda, ‘Tirofijo’, fundador de las Farc, el guerrillero más viejo de América, quien moriría en su campamento, con tranquilidad, consultado por presidentes o candidatos presidenciales y con todos los hilos de la subversión, aún en sus manos.

“Envejecer es reducirse, definirse”, dijo Simone de Beauvoir en 1966 y Helena Araújo la sigue en todas sus propuestas, sean novelísticas, sean ensayísticas. Se expresen en entrevistas o se hallen ampliadas por su leyenda de militante feminista, “partidaria de Argelia, de la China, de Cuba”.

En todo caso, la seriedad que le admira, trátese de 'El segundo sexo' (1949) o de 'La vejez' (1970), es la de la primera mujer que se mantuvo alerta y estudiosa a fondo de dos de las realidades claves de la época: la mujer y la senilidad.

Más aún: de la dolorosa soledad a que muchas de ellas se hallan condenadas. Tal el caso de su madre, en 'Una muerte muy dulce' (1964) viendo romperse todos los estereotipos de una burguesía maquillada (cremas para el rostro, postrera máscara inútil) ante la explosión maligna del cáncer, al hacer trizas todo el cuerpo.

Quizás por ello Helena Araújo deja la Francia racional de los normalistas Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre para hundirse en esos círculos viciosos donde un siglo entero se hunde y se ahoga en la conformidad con los prejuicios de la estirpe: 'Cien años de soledad' y 'Las macondanas'.

Resignación centenaria, temor al incesto y una cadena de temas aún medievales: lo caballeresco, la jerarquía, la superstición, el honor y la “tanatofilia”. Así ancla en la muerte y explora sus contornos, en las heroínas de Macondo, que exudan vida, hasta el final, como Petra Cotes.

Si en el 69 se aproxima al vasto orbe de García Márquez, ya recorrido en muchos sentidos por figuras como Ernesto Wolkening, fue en 1966 cuando rescató a Eduardo Caballero Calderón trasteando Castilla a Tipacoque a lomos de Rocinante y teniendo en cuenta las reflexiones de Ortega y Gasset.

Solo que Cervantes no alcanzaría a volver lenguaje compartible el medio siglo de sevicia asesina con que Colombia se debatía en las garras de la modernidad.

Curiosamente, un poeta como Jaime Jaramillo Escobar, también estudiado por Helena Araújo, tendrá que recurrir al versículo bíblico para distanciar y congelar en altisonante retórica los cortes de corbata o franela que vivió cuando era inspector de policía en su natal Antioquia.

Fue entonces cuando el silencio de la poesía buscado por Fernando Arbeláez y en la cautelosa elegancia con que el médico sicoanalista Jean Starobinski se aproximaban al enigma del lenguaje, los que ampliaron su marco de percepción.
Hasta aquí llega Helena Araújo en su valioso y primer libro de lecturas críticas. Puede así, como será habitual en el futuro, convertirse en estas mismas páginas en generosa promotora de los jóvenes y en una de las pocas lectoras e interlocutoras de quienes no encontraban mucho eco en ese entonces en Colombia, como podrían ser los atmosféricos cuentos de Antonio Montaña.

Luego, ya desde Suiza, y sin soslayar a Colombia, mirará un continente de válidas y sugerentes escritoras, pero en 'Signos y mensajes' ya está el imprescindible comienzo. El necesario punto de partida para su proseguida labor crítica de tantos años.

La Sherezada criolla

Al residir desde 1971 en Suiza con sus cuatro hijas, Helena Araújo cartografía la escritura femenina latinoamericana desde una perspectiva singular y excéntrica a la vez.

Por ello, las referencias se ampliaron y otros nombres fueron incentivos frescos para la lectura aunque ya estaban activos, como María Luisa Bombal con 'La amortajada' (1938) y aún antes con 'La última niebla' (1935). O Silvina Ocampo, poeta, cuentista, traductora que con títulos como 'Autobiografía de Irene' (1948) y 'La furia' (1959) develaban cómo lo fantástico y el misterio eran aún más estremecedores en la cotidianidad de niños malignos y quintas con grandes parques poblados de miedos y fantasmas.

Gracias a esa mirada renovada resurgían Elisa Mujica y Albalucía Ángel y las coordenadas se cruzaban desde el México de Rosario Castellanos hasta el Brasil abismal de la introspección con que Clarice Lispector alucina con un huevo, una babosa o se identificará con el animal preso en una jaula, pues las mujeres estaban encarceladas entre la voz patriarcal del machismo y las traicioneras deslealtades del matrimonio y sus costos síquicos y sociales.

En cursos y simposios, pequeñas revistas, las poetas como Nancy Morejón, Anabel Torres y Mónica Gontovnik obtenían la recompensa de una lectura profesional e ilustrada, que compartía sus desazones y, en muchos casos, el silencio impuesto que recortaba sus expectativas.

Era la otra voz que surgía, pueril o rabiosa, para declarar su independencia, en textos valientes, que no proseguían o desfallecían, pero terminaban por armar un coro disonante y parcial.

El de la represión militar en el Cono Sur, el de la guerrilla colombiana, el de los exiliados que llenaban Europa con sus peñas folclóricas, en la solidaridad fraterna para recobrar países que ya nunca volverían a ser los mismos, perdidos en las disidencias suicidas de la izquierda.

Con todo ello compartió Helena Araújo batallas y compromisos. Con ellos se opuso a la represión y la tortura mientras seguía la búsqueda de ese ritmo más ondulante y melódico de sus ejercicios narrativos.

Le quedaban apenas la lengua de la infancia y la parodia desacralizadora de las señoras del Chicó, club y té, tal como ella lo había vivido y padecido. Entusiasta, generosa, participativa, Helena Araújo leía y animaba, compartía y estaba alerta a todo cuanto sucedía en Colombia aunque no viviera en ella. Mucho le deben mujeres y hombres a los cuales acompañó con su sensible mirada risueña.

JUAN GUSTAVO COBO BORDA
Especial para EL TIEMPO

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