El síndrome de Kanye

El síndrome de Kanye

En él se dan cita la patanería y el delirio; rasgos cada vez más celebrados en nuestra sociedad.

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11 de febrero 2015 , 08:26 p.m.

Dice Wikipedia que Kanye West es un “rapero, cantante, diseñador y productor musical estadounidense”, aunque él se define a sí mismo en términos mucho más modestos y realistas: “Yo soy Disney, yo soy Picasso, yo soy Miguel Ángel...”. En otra ocasión quiso reivindicar su verdadera misión en esta sociedad carcomida por el consumismo y la falta de valores, y entonces se proclamó como “un soldado de la cultura que lucha contra las injusticias en el mundo del arte”. Todo un vanguardista (o bueno: al revés en este caso), Kanye West es también el esposo de Kim Kardashian.

Y una vez, hace unos años en unos premios MTV, protagonizó uno de los momentos más bochornosos de la historia universal. ‘Nuestra Shakira’, como le decimos aquí a Shakira, le acababa de entregar un premio de no sé qué a Taylor Swift, quien ni siquiera pudo terminar su discurso de agradecimiento porque cuando lo hacía un jayán saltó al escenario y le quitó el micrófono: era Kanye, tan valiente, que se atrevió a gritarle en la cara a este mundo corrompido una profunda y reveladora verdad. ¿Cuál? Que el video de Beyoncé, ¡ah!, era mejor que el de Taylor Swift.

Dicen muchos que Kanye West es un genio, un gran músico, un extraordinario productor; Disney, Picasso, Miguel Ángel. No lo sé, ni me importa: solo sé que en un concierto colectivo y benéfico al que fui hace unos años, el 121212 –Sandro Romero también estaba allí; todavía lloramos al recordar a The Who–, tuve que oírlo durante casi media hora con sus canciones repetitivas y monocordes, su strober de miniteca, su voz y su música por computador, en fin: todo eso que a tanta gente le parece tan maravilloso, y así debe ser. Por los gustos no se pelea, decía Tristram Shandy.

Solo que West acaba de librar una nueva batalla en su cruzada contra la putrefacción y la venalidad del mercado y las injusticias de la civilización del espectáculo –él, el señor Kardashian–, y en los Grammy del domingo pasado se fue lanza en ristre contra el ganador de un premio, el del álbum del año, que a su juicio se merecía Beyoncé. ¿Quién fue esta vez la víctima del reclamo inquebrantable y justiciero del gran Kanye? Casi nadie, solo Beck Hansen: un tipo que es capaz si quiere de tocar como un maestro todos los instrumentos del álbum que esté grabando, nada más.

Pero el argumento de Kanye fue inobjetable y lo expuso con su elocuencia iluminada en una entrevista justo al salir de los Grammy: Beck debería respetar el arte de Beyoncé y debería entregarle ese premio que se ganó de manera tan amañada y fraudulenta. O como lo sintetizó con sabiduría en Twitter @DrewsThatDude: “Kanye West le dijo a un tipo que toca como catorce instrumentos que necesita respetar el arte de una vieja que necesita cuatro escritores para una sola canción...”.

Dirán ustedes que es una lejana anécdota sin importancia; o que es un debate sobre algo que no podrá tenerlo nunca, los gustos de cada quien. Y es cierto. Pero también lo es que uno podría tipificar como un perverso síndrome, muy difundido, el de Kanye West: un síndrome en el que se dan cita la patanería, la soberbia y el delirio, y que consiste en dos rasgos terribles y cada vez más comunes y celebrados en nuestra sociedad: el primero, el de ir por el mundo diciendo en público y a las patadas todo lo que uno piensa, como si eso fuera muy sano y muy inteligente y muy gracioso. Y no siempre lo es.

Y el segundo, quizás el peor, el de invertir los valores de las cosas para que al final sean los mediocres los que decidan con su furia y su atrevimiento qué vale la pena y qué no, dónde está el arte.

Pero el arte es eliminar lo innecesario, como decía Picasso. O tal vez fue Kim Kardashian quien lo dijo.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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