El hombre que se casó para ser libre

El hombre que se casó para ser libre

Lucila, el gran amor de Livardo, pidió que le aplicaran la ley a su novio si no se casaba con ella.

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11 de febrero 2015 , 05:37 p.m.

“Ya estoy listo a casarme con la muchacha por la cual estoy detenido”, escribió Livardo a quien fue el alcalde de Andes, Antioquia, en julio de 1943. En la misiva, el soltero de 21 años rogaba por su libertad, la que le arrebató su gran amor, Lucila.

La joven de 16 años instauró una denuncia en su contra porque no cumplió su promesa de matrimonio. “Formulo este denuncio para que se case conmigo o le apliquen la ley”, afirmó Lucila ante la justicia. Ese día presentó la carta que se exhibe como prueba a su favor.

Lucila y Livardo se conocieron en la casa de Alejandro Restrepo, donde ella trabajaba como sirviente. “Empezó a pretenderme como novio (…) Me hacía todas las noches manifestaciones de amor y me decía que se casaba conmigo. Al principio fue muy delicado, pero después de dos meses de tener nuestras relaciones empezó a tocarme y a exigirme que me le entregara (…) Estuve unos tres meses en la casa de Restrepo y Livardo conversaba conmigo de siete de la noche a las nueve o diez muchas veces y esto lo hacía todos los días”.

Otra casa, en la que también laboró Lucila como empleada doméstica, fue testigo del enamoramiento. En ese lugar, la pareja tuvo relaciones íntimas por primera vez.

“En las conversaciones que tenía conmigo aprovechaba (…) para tocarme por todas partes, besarme y exigirme que me le entregara, que vería que sí se casaba conmigo. En vista de lo que me decía, yo me dejaba tocar sin reprochar sus caricias y así continuamos unos días sin que yo me le entregara (…) Una noche bajé al subterráneo de la casa de Ángel M. Rendón, porque así me lo exigió mi novio Livardo Restrepo, y allí me perdió con palabra de matrimonio, pues usó de mi cuerpo carnalmente”, relató la joven ante la justicia.

Frente a los tribunales, Livardo se presentó como jornalero y detalló que ganaba 80 centavos a diario. Se describió de una forma particular. “En mi casa no ha habido locos, ni dementes, ni sifilíticos; yo sí hace mucho tiempo sufrí una enfermedad venérea; estudié en las escuelas del municipio, pero poco tiempo, pero siempre aprendí a leer y a escribir”.

El hombre soltó un dato curioso al contar que ser vago le costó la libertad. “No he sido sindicado por ningún delito, pero sí me tocó purgar en la cárcel de este circuito la pena de treinta días de arresto por vagancia”.

Luego, sin pausas ni rodeos, reconoció que le pidió a Lucila que se le “entregara carnalmente”, pero aclaró que jamás habló sobre matrimonio. “Al mes logré alcanzar el logro de mis pretensiones; yo desfloré a la Marín (…) Cuando usé de la Marín se encontraba virgen; después de esto seguí cohabitando con mucha frecuencia con Lucila, pero la Marín no llegó a decirme que nos casáramos”. Enseguida, aceptó que la carta sí la escribió él. “La firma que aparece al pie de ella es la mía”.

Lucila consiguió lo que se proponía, así lo evidencia la última hoja del expediente: “El responsable de los delitos de que tratan los dos capítulos anteriores quedará exento de pena al contraer matrimonio con la mujer ofendida”.

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