Turquía, más cerca de Asia que de Europa

Turquía, más cerca de Asia que de Europa

A pesar de los intentos de occidentalización, los turcos se apegan a su cultura y religión.

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10 de febrero 2015 , 07:49 p.m.

Pensar en Turquía es traer a la memoria la caída del imperio otomano en 1915, las novelas de Orhan Pamuk, el puente Gálata sobre el Bósforo, las ruinas arqueológicas de Pérgamo, Éfesos y Troya, Piri Reis y la cartografía otomana, las iglesias coptas en Capadocia y, por supuesto, las efigies del líder histórico nacionalista Kemal Ataturk, quien en 1923 intentó dejar atrás los vestigios otomanos que aún se vislumbran en Sultanhamed, corazón de Estambul.

El palacio Topkapi, las mezquitas a granel, el majestuoso Museo Arqueológico son testigos de ello, entre muchas cosas.
Ataturk trató de morigerar el islam con el principio de laicidad y con la introducción paulatina de costumbres occidentales. Sin embargo, esa iniciativa no se concretó. Turquía ni es occidental, ni es laica ni, mucho menos, dejó de ser imperial.

La occidentalización

Frente a la idea de una occidentalización creciente de Turquía, debe indicarse que la sociedad turca comulga con valores esenciales del islam en torno a la manera de comportarse frente a sus vecinos. Compartir frontera con Irak, Irán y Siria plantea una lógica geopolítica que los turcos no pueden obviar. Sus lazos culturales y religiosos son evidentes. Por eso, creer en la idea de la occidentalización de Turquía o en una concepción similar en torno a los derechos humanos es de una ingenuidad rampante.

Es cierto que Kemal Ataturk, durante su gobierno (1923-1938), intentó alterar a través de disposiciones jurídicas la cultura de su país. Era un desafío. Un imperio no se borra de un plumazo. De hecho, no existe la palabra prescripción en la memoria de los pueblos, tal como nos lo recuerda Amin Maloof. Todo sigue presente. En esa lógica jurídica, Ataturk proscribió la existencia de las madrazas (escuelas coránicas), adoptó un código civil a la usanza del existente en Suiza y en parte del mundo occidental, y estableció un código penal y comercial traídos de Italia y Alemania.

En el código civil se eliminaron la poligamia y el divorcio por repudio, al igual que se le otorgó el voto a la mujer, permitiéndoles ser elegidas en el Parlamento.

Las mujeres fueron consideradas seres libres, quedando exoneradas de usar velos. Se introduce para los hombres la vestimenta occidental, dejando de lado el uso del fez. Se modificó el calendario turco por el gregoriano, se introdujo el alfabeto latino. El líder nacionalista prohibió el uso de palabras árabes en las lecturas públicas del Corán, en los llamados a los fieles desde las mezquitas y concibió el domingo como día de descanso, entre muchas otras reformas.

El choque fue muy importante. De la noche a la mañana, Turquía pasaba a remplazar seis siglos con un cúmulo de reformas legales que convertían a ese antiguo imperio mutilado en una sombra de Occidente.

Lo ocurrido tiempo después se explica a través de su actual realidad. La religión musulmana se integra en la población y los gobiernos se sujetan cada día más a su pasado imperial. La melancolía, la nostalgia por el tiempo pasado, lleva a la gente a vivir en un hoy de remembranzas y en un constante cuestionamiento entre sus referentes occidentales y su naturaleza imperial. Esta amalgama hace de Turquía algo más que una nación o un compendio de normas jurídicas.

Turquía es un imperio que intenta rehacerse con principios y valores distintos a los que Occidente preconiza. Por esta misma razón es probable que lo que identifica Occidente en este país no sea, en sentido estricto, la imagen fiel de su esencia. No en vano la visión del otro parte de nuestros referentes y estos, por obvias razones, pueden ser un filtro que distorsiona la realidad y esencia del otro.

Laicidad

La laicidad –neutralidad del Estado frente a las cultos religiosos– es propia de los libros de historia nacional turca, no de la realidad actual. Aunque existe una tolerancia frente a otras manifestaciones religiosas, es evidente que el gobierno turco tiene una íntima relación con la religión islámica. Miles de mezquitas lo prueban, a más de la proliferación de fieles que materializan su fe en diversos espacios de la vida urbana. Occidente ha recurrido de forma descortés a exigirle a Turquía que recuerde los postulados de Ataturk en cuanto a la laicidad mientras mantiene una postura engañosa.
Un ejemplo es la ley sobre laicidad francesa de 1905, a través de la cual se logró desmontar la idea de financiar a la población judía que exigía igual trato.

No obstante, el país encontró la manera de camuflar el financiamiento al culto católico a través del Ministerio de Educación Nacional.

Otra manifestación de fariseísmo con Turquía es la multiplicidad de decisiones que la Corte Europea le ha dedicado en materia de derechos humanos. En la mayoría de los casos se condena al Estado por violar el principio de laicidad. Pero en hechos similares en donde el acusado es Italia, Francia o el Reino Unido, el Tribunal Europeo les concede un amplio margen de apreciación. Un mismo tribunal, varias interpretaciones. El mundo de la opacidad, diría el filósofo Byung- Chul Han (La sociedad de la transparencia, Herder, 2013).

Un último aspecto que debe tenerse presente es que el islam no tiene una estructura jerárquica, lo que hace difícil que se rompan las líneas de contacto entre el poder político y espiritual. Por esto, las conductas extremas o radicales carecen de límites. En el mundo católico, protestante u ortodoxo, las jerarquías modelan el comportamiento de sus fieles. Así lo han hecho por siglos.

Esa jerarquización producto de la romanización de la Iglesia católica es vital para frenar apetitos vengativos y violentos. En el islam, los grandes califatos desaparecieron justamente por el surgimiento del imperio otomano al tomar a Constantinopla en el año 1453. El sultanato acogió las funciones de los califas y modeló un sistema imperial de poder que permitió, a pesar de su intrínseca relación con el islam, la estructura de un imperio multiétnico.

¿Un nuevo imperio?

Turquía, a pesar de los relatos fundadores de Ataturk, ha recuperado, a través del islam, el rol preponderante que tenían los sultanatos durante el imperio otomano. Ese papel se manifiesta no solo en la magnificencia de su cultura, de su gastronomía, de su entorno espiritual, sino de su nuevo rol geopolítico. Pensar en el imperio otomano es concebir un poder de la dinastía Osmanli, que duró de 1281 a 1923. Turquía es heredera de una manifestación cultural y religiosa que no pudo deshacerse con la idea nacionalista y europea de Ataturk. Los turcos saben que cada vez que se mueven hacia Occidente, puede deshacerse parte de su ser. La batalla de Lepanto de 1571, en donde se frenó la expansión otomana en Europa y, en donde Miguel de Cervantes perdió la movilidad de su mano izquierda, es una evocación permanente de la huella turca.

La historia otomana está en la piel de Turquía y, con ella, intenta hace años ser parte de la Unión Europea. Merced a ello, adquirió su membresía en el Consejo de Europa, lo que implica que la Corte Europea de derechos humanos tenga competencia sobre el Estado turco.

Sin embargo, la “ausencia de valores comunes” sigue siendo la variable de no aceptación por parte de la Unión Europea. Los valores occidentales de libertad, democracia e igualdad no han logrado hacer eco en una nación que deplora y llora el apoyo a regímenes tiranos que someten las naciones árabes. Arabia Saudí es un triste ejemplo de esa torpeza.
En este orden, la crisis económica europea es solo un factor que se suma a la larga lista de razones que movilizan a una Turquía cada vez más cerca del mundo asiático.

Históricamente, persiste la huella de las erradas acciones de Occidente en la región. El rompimiento del imperio otomano incitó, a mediados de la década de los 50 y 60 del siglo XX, el surgimiento de una euforia árabe colectiva y la eclosión de líderes nacionalistas como lo fue Gamal Abdel Nasser, en Egipto.

Los efectos del gusto colonizador occidental y su permanente miopía para abordar los temas en la región persisten. La violenta realidad en el vecindario turco es un reflejo de las soluciones negligentes lideradas por la Unión Europea y Estados Unidos.

Hoy, los valores occidentales se esfuman en la atomización de Irak y Siria para dar paso a un Estado Islámico lejano e incomprensible. Egipto, Libia y Yemen sobreviven en medio de su ruptura institucional mientras se experimenta una reconstrucción política en Túnez y se discute si la guerra en el Líbano, la amenaza del grupo EI a Jordania, de Irán a Israel y la lucha por la construcción del pueblo palestino son un asunto de mera confrontación religiosa o escasa asimilación de los valores rectores de occidente.

En este contexto, Turquía entiende el rol que juega para equilibrar la región y no correr peligro ni desprestigio. Una creciente occidentalización o europeización lo pondría en riesgo. La islamización de Turquía es parte de su garantía de existencia. El antiguo Imperio Romano de Oriente y Otomano sabe que la hipocresía de Occidente está atada al respeto pragmático y condicional de los principios que tanto proclama: democracia, libertad e igualdad.

Turquía es, sin duda, una bisagra entre Europa y Asia. Allí, los principios occidentales de Ataturk comienzan a desvanecerse. Aquellos que ven en este país una extensión de Europa se equivocan.

Ya los gatos, animales puros en el islam, volvieron a ser los reyes del espacio público turco.

FRANCISCO BARBOSA
Profesor e investigador U. Externado de Colombia
Ph. D. en Derecho Público
(Université de Nantes, Francia).

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