Gran página de sociales

Gran página de sociales

Ya desaparecimos. Solo somos nuestras tristes imágenes en Facebook, pobres pensamientos en Twitter.

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10 de febrero 2015 , 07:29 p.m.

Es como una nata que va cubriendo nuestra sociedad visible y nuestras vidas. Las cosas no son lo que son o lo que valen, sino cómo se muestran. Según Byung-Chul Han, si no se expone no existe. Y a eso es a lo que hemos venido a reducirnos. A simples imágenes, que se cultivan, se cuidan, se adornan, y necesariamente con ellas se engaña. Nadie es nada, es solo una imagen incierta. El ser humano está reducido a su apariencia.

Todo se ha vuelto una inmensa página de eventos sociales, como las de los periódicos y revistas. La gente muere por aparecer en ellas: su fotografía, su nombre a pie de página y el evento al que asiste. La misma profundidad se ha apoderado de los medios de comunicación del mundo: se hace una pequeña, improvisada e ignorante entrevista, con dos datos biográficos y, por supuesto, una fotografía. Esto reemplaza los verdaderos contenidos. Usualmente son fragmentos, pinceladas, frases de cajón que han reemplazado a los antiguos textos.

Vivimos en un mundo en el que la imagen lo es todo, el centro de la relación social, por encima del desempeño y la posesión. De ahí la exacerbación de afeites, abalorios y prendas que en la antigüedad fueron símbolo de distinción para emperadores, faraones y nobles. El cuerpo es objeto de culto. Comida sana, “energizantes” y vitaminas. Productos naturales. Se multiplican los maquillajes que embadurnan a hombres y mujeres. Se resaltan pestañas y cejas, el carmín de los labios, el rubor de las mejillas o la palidez del rostro y falsas sombras en los párpados. Las uñas, con esmaltes rojos o multicolores. Ponerse pelucas, también implantes, tintes, rayitos, cortes de cualquier tipo, estrambóticos.

Para que el cuerpo no falle, se llenan las calles y parques de caminantes y corredores en sudadera. Se han multiplicado los centros de ejercicio, con máquinas diseñadas para forzar, reforzar y desarrollar todos los músculos del cuerpo. Los masajistas untan aceites, esencias y tonificantes. Saunas y baños turcos son un plus. Cuando el cuerpo ha decaído (las fajas son mal vistas), se acude a la cirugía estética para eliminar arrugas, estirar la piel. Liposucción, a pesar de sus riesgos. Hay “bótox y peeling”, se corrigen párpados, se levantan senos y nalgas. No solo cuando estas se caen, sino también cuando no se tienen. Los senos turgentes son un imán para la vista de los hombres, que recurren a prótesis que corrijan sus presuntas deficiencias de tamaño. Se ha extendido la depilación total. El viagra.

En la despersonalización, ya no se bordan monogramas en camisas y pañuelos. Las personas se identifican con la marquilla de la ropa que compran. Pero se marcan con tatuajes, que son el logotipo con el que quieren hacernos creer que la persona es otra. Es su símbolo y su despersonalización.

Los movimientos de la moda crean la necesidad de que transformemos nuestra apariencia. Ya no somos nosotros, sino lo que nos dictan las olas de producción de las casas de moda. Por ese disfrazarse, ese no resignarse a lo que se es, se ha multiplicado la industria del vestir y sus aditamentos. No olviden el reloj. Y para convencernos hay miles de revistas, fashion shows. Nos fabrican personajes públicos que producen la corriente y que todos deben imitar. No somos nosotros, somos un remedo. Programas como Yo me llamo nos estimulan a no ser. Ya desaparecimos, solo somos nuestras tristes imágenes en Facebook, nuestros pobres pensamientos en Twitter, nuestra corta visión en Instagram. Estamos desapareciendo, destruyendo nuestro yo para cambiarlo por una fantasía. Pertenecemos a unas redes, supuestamente sociales, que solo son el agregado desorganizado de nuestra vida etérea y fantasmal.


Carlos Castillo Cardona

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