Comunidad LGBTI se suma a la celebración del Carnaval de Barranquilla

Comunidad LGBTI se suma a la celebración del Carnaval de Barranquilla

Este espacio atrae la atención de toda la ciudad y derriba prejuicios.

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10 de febrero 2015 , 02:53 p.m.

El reloj marca la 1:00 a. m. de un sábado en Barranquilla. La música suena a todo timbal. Estoy sentado en un sofá rojo circular. Me acompaña Laura Branigan y obvio que no hablo de la desaparecida cantante neoyorquina, ícono de la década del 80, cuyo tema 'Self Control' fue un himno de esa generación. La chica a mi lado es la actual reina del Carnaval Gay.

─¿Entonces eras fan de Laura Branigan? ─le pregunto.

─Así es, querido, y al igual que ella, soy una mujer con control sobre mí misma ─dice la reina y luego sorbe un poco de agua mineral.

Aunque el dueño de Amnesia, el bar donde nos encontramos, dispuso unas botellas de licor y el resto de la comitiva que le sigue bebe como una cuba, ella no toma un solo trago. Dice estar cansada y no es para menos: ha recorrido media ciudad a bordo de una carroza, ha bailado en estaderos, se ha tomado fotos y todavía le quedan cosas por hacer, como imponer algunas bandas a los reyes del Carnaval de algunas discotecas gay de la ciudad.

Un grupo de voluptuosas chicas ‘trans’, a las que no les cabe un mililitro más de silicona, ha llegado desde Europa para hacerle la corte a Branigan. Son antiguas exreinas y estrellas del show travesti.

─¡Quítate del lado de la reina, impides que la gente se le acerque! ─me dice altanero uno de los que conforman su comitiva.

Visiblemente fastidiada, Laura se levanta y sugiere irnos para atender los compromisos que tiene en otros bares. El retumbar de la música de los Gaiteros de San Jacinto queda sonando mientras abandonamos el lugar y alguien a nuestras espaldas grita: “¡Laura, no te vayas!”. Y ella, divertida, dice al paso, “¡Laura no está!”, haciendo referencia al estribillo de la famosa canción del cantante gay italiano Nek.

Barrio los Nogales, tres horas antes

Son las 7:00 p. m. de un viernes. La ciudad está de fiesta, la reina del Carnaval de Barranquilla hará la lectura del Bando en unos momentos. Un buen número de personas yacen en la plaza de La Paz esperando a su soberana oficial.

De este lado de la ciudad, en el barrio Los Nogales, donde queda La Corporación Autónoma del Carnaval Gay, otra multitud se aglomera. Acá, otra reina no menos importante espera también. Un grupo de carrozas aguardan en las afueras de la Corporación para emprender el recorrido de la toma del Carnaval Gay, una ruta asignada que recorrerá puntos clave de la rumba barranquillera, como las calles 84 y 72, y la carrera 8.

Desde los días previos al Carnaval, la fiesta ya se toma Barranquilla; a la celebración se le suma la comunidad LGBTI.

Encuentro a Laura en la puerta de la corporación. El equipo de producción de un programa de Telecaribe la asedia con fotos y graban sus movimientos. Está espléndida, lleva un ajustado vestido de congo, una fantasía en lamé negro rebosante de piedras multicolores y un alto tocado que la hace sobresalir entre el resto de los mortales. Es el centro de todas las miradas. Un grupo de andróginos la azuzan como malcriados french poodles que se pelean a dentelladas la bellota y la polvera para corregir el sudor de su majestad.

─¡Yo le corrijo el maquillaje! ─dice uno cuyo rostro parece empañetado de arcilla.

Recuerdos

Pero las cosas no siempre fueron así, no siempre hubo fieles seguidores o reflectores y flashes que iluminaran los inicios del trasegar travesti, en una ciudad que fue tomada poco a poco desde los bares clandestinos de finales de los setenta y las callejuelas de la prostitución ‘gaysha’, donde todo el año la vida es un agitado carnaval.

En palabras de Jairo Polo, director de la corporación, la génesis de esta fiesta ‘transgresora’ se remonta a 1976, cuando él y otros amigos decidieron salir a las calles del barrio Simón Bolívar enfundados en polleras y bailando al compás de tamboreros, hasta llegar a la discoteca Juan Jerónimo, uno de los primeros bares de homosocialización de la ciudad. Otros, remontan el origen del espectáculo al interior de diversos clubes gay, donde estrellas del transformismo se reunían cada Carnaval, al son de los millos, para lucir sus más rutilantes trajes de fantasía; muchos de ellos, según cuenta la leyenda, ya habían sido lucidos en Cartagena por algunas candidatas del Reinado Nacional de Belleza. Cada bar elegía a su reina.

La 'belle époque', así recuerdan algunos viejos travestis aquellos años. Como si se tratara de un nostálgico tango, evocan el pasado derramando lagrimones que se deslizan apagados por sus ajadas mejillas, como queriendo traer desde el pasado aquel transatlántico fantasma que conducía a la ciudad travestida. Aunque también rememoran la represión, el temor de que en cualquier momento la Policía hiciera alguna redada y las sacaran a punta de bolillo del interior de las discotecas para embarcarlas en los camiones policiales, como un cargamento de aves exóticas a las que tenían que podarles las plumas.

─Nos decían que éramos una peste que había que detener a tiempo.

Quien desempolva el recuerdo es Cristal, o Antonio, como prefiere que lo llamen ahora. Un travesti retirado que ha llegado hasta Los Nogales atraído por el redoble de los tambores, por la cumbia, por esta nueva generación gay que, en palabras de Cristal, dista mucho de las grandes vedettes de su tiempo.

─Pero a esa sí se le ve el glamur por encima ─dice Cristal señalando a Laura, quien me hace una seña de que en breve podrá atenderme.

─¿Y las otras no tienen? ─le interrogo mostrándole un ramillete de nuevas chicas trans, casi todas delgadísimas y muy jóvenes.

─Para mí no; pero debo admitir que hay que tener coraje para salir vestidas tan simple. Bueno, hay una que otra que luce aceptable, pero no mentiré, las admiro. Aunque se exponen a ciertas burlas, están armadas de valor. Se necesita de este para salir a la calle a desfilar y se necesita más que la represión para detenernos. Eso está más que comprobado. Algo de peste teníamos en el fondo; nos multiplicamos cada día ─comenta Antonio y desaparece entre la multitud de disfrazados que esperan el inicio de La Toma.

Biografía real

Laura nació en el seno de una familia de clase media alta barranquillera. A los siete años viajó a Bogotá donde cursó estudios básicos y con el tiempo se hizo maquilladora para televisión. Fue propietaria de una agencia de modelos y finalmente se marchó a Europa 'ad portas' del nuevo milenio. A Suiza, para ser precisos, donde posee un lujoso spa. No es una jovencita, pero tampoco es tan mayor. Es alta, sus ojos son negros al igual que su espesa cabellera. Es el prototipo de lo que se denomina una belleza latina. Ha estado casada dos veces, lo cual no fue impedimento para ser nombrada reina. De cerca sus movimientos son delicados, su voz, a pesar de lo afectada, resulta cálida, más cuando habla de su padre, quien estuvo hace poco delicado de salud.

─Lo de mi padre me tenía sumida en un terrible grado de estrés, pero ya las cosas van mejor ─dice Laura.

Antes de embarcarse en su carroza, el director, Jairo Polo, les da instrucciones a ella y a su Rey Momo. Decido acompañar a Laura hasta el camión-grúa que la empresa de energía de la ciudad le ha cedido para la caravana. El vehículo está decorado con globos de colores que imitan la bandera arcoíris del movimiento LGBTI, también lleva una gran pancarta que reza su nombre, pero más que una carroza alegórica resulta ser una trampa mortal. El ajustado vestido de la reina le impide moverse libremente e introducirse en el contenedor en lo alto de la grúa. Laura ríe nerviosa, el chico que la ayuda desiste de la idea al igual que ella. Otro inconveniente es lo alto del tocado y lo bajo de los cables de luz y teléfono que están dispuestos a lo largo de las estrechas callejuelas del barrio Los Nogales. Así que decide prescindir del tocado y hacerse en una esquina del auto, en donde es apenas visible. Al rato es conducida a la carroza donde van las directivas de la corporación, y se forma la parranda.

Lo que ocurre después en el popular estadero de salsa La Troja me hace pensar que en realidad las cosas han cambiado. Impensable que algo así ocurriera años atrás. Laura es recibida, aplaudida, aclamada, la gente quiere tenerla cerca, fotografiarse con ella, incluso algún efusivo le roba un beso. Y aunque todo es alegría alrededor, presiento que esta euforia pasajera es producto de ese desdoblamiento moral que el carnaval acredita a quienes lo viven y lo gozan. Por eso me pregunto: ¿en qué radica el éxito que ha obtenido el Carnaval Gay en los últimos 20 años? Me atrevo a decir que el triunfo radica en que hoy en día centenares de barranquilleros acuden en masa cada año para aplaudir y piropear, otros tantos para insultar u observar con cierto morbo a los actores del Carnaval Gay. Situación que, en palabras de representantes de la comunidad LGBTI de Barranquilla, no es motivo precisamente de orgullo, aunque, la verdad sea dicha, quienes desfilan allí parecen inmunes a cualquier insulto y experimentan algo similar al éxtasis, pues al menos esa noche todos se sienten bellos y llenos de gracia.

Laura Branigan, la actual reina del Carnaval Gay, se prepara para comenzar la celebración que captura la atención de millares de barranquilleros.

Si bien es cierto que el desfile se ha esmerado en preservar las tradiciones folclóricas de nuestro Caribe, no es un secreto que la vistosidad ‘trans’ ─desde los plumajes coloridos de los atuendos hasta los desnudos en los que la silicona propone un nuevo discurso de autonomía del cuerpo transgénero─ es el mejor gancho para atraer a la gente, lo que, a manera de ver de los activistas del Caribe, convierte al evento en una baladí propuesta cosmética sin ningún compromiso político. Sin embargo, su director, Jairo Polo, ha sido claro en que este año será prohibida la participación de aquellas chicas que muestren más de lo debido, ya que estas expresiones pueden resultar ofensivas para las familias que acuden a apreciar el evento.

Babylon

Bajo con Laura del auto. La discoteca Babylon queda en un segundo piso. En el primero funciona un billar. Los contrastes hablan de que en realidad las cosas cambian: en el primer nivel, hombres rudos beben cervezas y juegan buchacara, mientras que arriba un enjambre gay vibra al ritmo de Totó La Momposina, que grita: “¡Que te quites, muchachito, que te quites del portón!”.

Laura y yo nos internamos en el espeso humo de la disco, me abandona por unos minutos mientras sube al escenario, es presentada, impone bandas, toma la palabra, danza. Luego más fotos con espontáneos admiradores. Al fin logra zafarse y nos vamos al patio del lugar a fumar un poco, tratando de escapar del asedio, pues más chicos y chicas quieren una selfi, un beso, una piedrecilla de su ajuar.

─¡Vaya!, sí que tu pueblo te quiere, Laura ─le digo.

─Recuerda que este es un país de reinas; pero esta ya no puede más... mi cama me espera  ─dice, y luego me da un abrazo de despedida y la veo alejarse entre el humo que vicia la discoteca.

Son las 4.00 a. m. De regreso a casa veo gente con botellas de licor casi vacías en las esquinas de la calle Murillo, un hombre moreno lleva en los hombros una tambora, alguien le grita: “¡Tócate algo!”, y aunque el taxi en el que voy va veloz, alcanzo a percibir en la distancia el repicar de la tambora, como los latidos del corazón festivo de una ciudad que al menos en esta época resulta diferente.

JOHN BETTER

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