De esa Bogotá

De esa Bogotá

Cada vez queda menos de esa Bogotá de mi infancia y de mi juventud.

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09 de febrero 2015 , 08:05 p.m.

Mensajero de mi propia casa, como suele corresponderle al hijo menor, no fueron pocas las veces que fui a comprar hierbabuena o cilantro, guascas o tomillo, a bordo de aquella bicicleta que fue la primera.

Me encantaba ese tipo de encargos, no solo por la aventura de recorrer otros mundos y cruzar fronteras en bicicleta, sino también por la visita a una imponente casa de hacienda en cuyos jardines crecían las hierbas y las especias que requería mi madre para el almuerzo.

Con los años, aquella casa hermosa se convirtió en un supermercado, y en el solar de la albahaca y el orégano construyeron estrechos locales que hoy le dan forma a un centro comercial que nada conserva de la belleza de ese paraje que tantas veces visité en mi infancia.

Recordaba aquella hacienda en estos días, mientras caminaba sin prisa por una calle que desciende hacia el barrio El Lago. Había en la esquina una casa blanca que había cedido el lugar del garaje a una panadería en donde no fueron pocos los sábados que fui a desayunar después de jugar al fútbol. En los cajones secretos de mi memoria conservo aún el olor a pan recién horneado que anunciaba la cercanía de aquella casa.

A pocos pasos de la esquina, hacia el occidente, hubo hasta hace un par de semanas un edificio de ladrillo y madera que siempre llamó mi atención. Tanto así que varias veces, cuando decidía cambiar de residencia, pasaba por allí con la ilusión de encontrar un apartamento disponible. Nunca se dio la oportunidad, pero el edificio se fue volviendo icónico para mí.

Era un edificio típico de la arquitectura bogotana de los años ochenta, y este alboroto de recuerdos y de reflexiones lo desató la escena de su demolición.

Ya sé que esta ciudad a la que le sobran tantos millones de personas no deja sin embargo de recibir gente, y ya sé que no tiene hacia dónde crecer, como no sea hacia el cielo. Lo sé, pero eso no significa que no me golpee saber que cada vez queda menos de esa Bogotá de mi infancia y de mi juventud.

Allí donde había casas señoriales levantaron hace rato edificios de cuatro pisos, y ahora están tumbando los edificios de cuatro y de cinco pisos para construir torres de diez o de doce, casi todas brillantes y con vidrios de colores. No me quejo: ya sé que son los tiempos modernos. Pero de vez en cuando me da nostalgia por esa Bogotá que ya no es.

Fernando Quiroz
@quirozfquiroz

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