Editorial: Repudio

Editorial: Repudio

La violencia contra menores es un flagelo de una magnitud tan preocupante como inaceptable.

06 de febrero 2015 , 08:36 p.m.

Conmocionado está el país con la noticia de la salvaje masacre de Samuel, Juliana, Xiomara y Deiner Vanegas Grimaldo, de 17, 14, 11 y 4 años de edad, respectivamente, en zona rural de Florencia (Caquetá). Escalofriante fue la manera como se ejecutó el cuádruple homicidio: con un tiro de gracia, luego de ser obligados a tenderse boca abajo en el piso.

Las autoridades deberán, a la mayor brevedad, esclarecer el crimen y dar con los responsables, sobre los que tiene que caer todo el peso de la ley. Se habla de un conflicto por unas tierras que involucra al padre de los menores. Una recompensa de 50 millones de pesos se ha fijado para quien dé información que conduzca a los criminales.

Detalles aparte, hay que detenerse en la desolación que produce saber que vivimos en una sociedad donde ocurren hechos de tal nivel de barbarie. Es un tema que trasciende, y de lejos, coyunturas como la del proceso de paz o la de los serios problemas de criminalidad urbana que hoy azotan a nuestras ciudades. Es un asunto relacionado con cuestiones mucho más profundas y complejas, y que lleva a la pregunta de qué se debe hacer para que los niños y niñas de Colombia estén protegidos de personas capaces de ejecutar un acto de tal grado de sevicia.

No podemos decir –ya quisiéramos– que es un caso aislado. La violencia contra menores es un flagelo de una magnitud tan preocupante como inaceptable. Hace apenas quince días, una madre asesinó a su criatura de 5 años a golpes en Tenjo (Cundinamarca). Y 1.115 niños y niñas fueron asesinados el año pasado en el país.

Cifra que, aunque inferior a la de otros años, no por ello deja de ser motivo de vergüenza y escozor. Hecho tan penoso como que a estas alturas de nuestra trayectoria como nación tengamos que reconocer que no hemos avanzado lo suficiente en ponernos de acuerdo sobre algo tan básico como el respeto y la protección de la infancia.

Arrebatarle la vida a un niño es destruir con cuentagotas el futuro de todo un grupo humano. Por eso hay que decir con toda contundencia: todos somos los Vanegas Grimaldo.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

 

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