Editorial: Ucrania, la última oportunidad

Editorial: Ucrania, la última oportunidad

Alemania y Francia deben persuadir a Putin y Poroshenko para lograr un acuerdo.

06 de febrero 2015 , 08:35 p.m.

La ofensiva diplomática emprendida anoche en el Kremlin por la canciller alemana, Ángela Merkel, y el presidente francés, François Hollande, parece ser la última desesperada oportunidad para frenar un conflicto que en 10 meses ha dejado 5.300 muertos en Ucrania y que se parece peligrosamente a los enfrentamientos de la Guerra Fría.

La crisis, en la que grupos prorrusos separatistas, con la connivencia de Moscú, quieren independizarse de Ucrania a sangre y fuego en las regiones del este del país, tiene el angustioso antecedente de la anexión de la península de Crimea por tropas rusas en marzo del año pasado, un modelo que de reproducirse abriría las puertas a una redefinición de las fronteras europeas, un escenario indeseado por los múltiples conflictos que llegaría a generar. Eso lo saben bien Merkel, Hollande y el mismo presidente ruso, Vladimir Putin, que como protagonista de excepción ha impulsado a los prorrusos en su obsesión postimperialista. Pero las cosas han cambiado y la marcha de los acontecimientos ha llegado a tal punto que las partes podrían querer, más que profundizar el conflicto, buscar una salida digna que puedan vender a sus opiniones públicas internas como una victoria o, al menos, como un arreglo beneficioso.

En ese sentido, la propuesta de París y Berlín para conservar la ‘paz europea’, aunque no ha trascendido en su totalidad, se basaría en los pasados acuerdos de Minsk, que impusieron un alto el fuego más o menos respetado. En principio, conservaría intacta la integridad territorial ucraniana, pero el gobierno de Poroshenko se comprometería a reconocer los territorios conquistados por los rebeldes en la forma de profundizar su autonomía, descentralizar el poder y permitir la organización de elecciones regionales. A esto se sumaría la llegada de cascos azules para garantizar el silenciamiento de los fusiles. Por supuesto, esto no le gusta del todo a Kiev, que, de no aceptar, estaría exponiéndose a una muy posible y humillante derrota militar.

Del lado ruso, aceptar un acuerdo significaría no avanzar en su proyecto de consolidar una zona de influencia o de anexión en el este ucraniano, pero se podría liberar de las sanciones que vinieron a empeorar la situación de su economía en recesión. Se esperaría su compromiso de convencer a los prorrusos para que detengan su accionar militar, pero sobre el terreno hay dudas de si serían capaces de frenarlos, tan animados que están. Estas fueron las cartas que ayer estuvieron sobre la mesa en las negociaciones de los tres líderes en el Kremlin, que, pese a ser calificadas de constructivas y sustanciosas por Hollande y Merkel, no se tradujeron aún en un documento con la aprobación de Kiev y Moscú.

Será vía telefónica que se hará el último intento por llegar a un acuerdo antes de que EE. UU. ceda a la tentación de enviar armas pesadas a los ucranianos, algo que cambiaría el equilibrio bélico de la zona, pero que significaría un retroceso a los tiempos de la Guerra Fría. Por eso, el gobierno de Obama habla ya de ‘paciencia y persistencia estratégica’, algo que probablemente no asuste a Putin ni a los terroristas del Estado Islámico, pero sí podría constituir una novedosa forma de abordar las crisis de parte de Washington y una oportunidad final antes del desastre de una guerra total.

EDITORIAL
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