Abismos de extremismo

Abismos de extremismo

Algo democrático sería equilibrio de la libertad entre deberes y derechos.

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06 de febrero 2015 , 07:51 p.m.

Como en situaciones parecidas, la masacre de ‘Charlie Hebdo’ dio aquí más para predicar que explicar, si eso supone que la opinión pública dé causas e implicaciones del terrorismo, sin justificación siempre. La ciencia lo estudia como instrumentalización de personalidad elemental resentida (se la compara con un dron) por parte de intereses de cualquier orden, en este caso los del encarnizamiento religioso y geopolítico regional con todos sus matices, en parte rezago de imposición colonial étnica y territorial, además acumulada explosividad psicológica y sociológica de la marginalidad de migración a metrópolis.

Un criterio occidentalista apunta a sociedades feudales oprimidas por teocracia y satrapía, sin acceso a ilustración, reforma, industrialización, la modernidad que supuestamente induce Estado de derecho. Irak ha sido despedazado por una arremetida con la excusa prepotente del ‘nation building’, otra colonización en contrasentido con su objetivo, con resultado en vez de primaveral, la tempestad de terrorismo y guerra fratricidas de nacionalismos malheridos a los que es difícil pedir buenas maneras. Sobre extremismo de toda índole y sus causas remotas e inmediatas la historia desperdicia experiencia, sobre el ‘no matarás’ para empezar.

Suscitado al tiempo debate sobre libertades, las liberales mal entendidas que han dado tanto para tolerancia como para reacción fanática contra el sectarismo anterior. Para la ilustración libertad es sometimiento voluntario a la ley como consenso sobre derecho y deber, los comunes limitación a los propios, ninguno absoluto, aunque se lo tolere por ejemplo al leseferista contra derecho laboral o ambiental. De algún modo derecho supone deber, pero lo frecuente el individualismo desbordado, el “muerto Dios, todo está permitido’ de Karamasov, o el ‘aplastad la infame’ de Voltaire, o perlas premonitorias de Nietzsche a la bestia rubia de Auschwitz y su apología patética del superhombre, la vacilación de Lukacs sobre la mentira camino a la verdad aplicada en el Gulag, la justificación bélica o de la razón de Estado del medio por el fin a costa de inocentes que recompone la ética arrasada por el positivismo.

Es irresponsable decir lo que se antoje en situaciones como la colombiana por encima de tranquilidad y vida ajenas.

Y la religión por supuesto, su identidad tergiversada en su utilización o institucionalización por el poder, su fundamentalismo propicio para extremismos, confundido su carácter más publicano que fariseo, la negación del ojo por ojo acogida por filantropía y altruismo laicos, sin olvidar caballerosidad, compasión, comprensión, respeto, tolerancia, de la que se burlaba France porque “había casas para eso”. El fanatismo denota humillación y frustración, la iniquidad del desarreglo cultural de la cadena de atropello y reacción que termina en asesinato, guerra, terrorismo, cuando aparece la brutalidad de que se desentiende la politiquería, tan lista para lo suyo.

Jorge Restrepo

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