Editorial: Un beato en mangas de camisa

Editorial: Un beato en mangas de camisa

Monseñor Óscar Romero es una figura de culto en El Salvador, a casi 35 años de su asesinato.

05 de febrero 2015 , 07:55 p.m.

“Al padre lo halló la guerra un domingo de misa dando la comunión en mangas de camisa. En medio del padre nuestro entró el matador y, sin confesar su culpa, le disparó”. Así reconstruye el cantautor Rubén Blades, en su recordada canción El padre Antonio y el monaguillo Andrés, el homicidio de monseñor Óscar Arnulfo Romero a manos de la extrema derecha salvadoreña. La bala asesina impactó su corazón cuando levantaba el cáliz durante una misa, el 24 de marzo de 1980, en San Salvador, ciudad de la que era arzobispo.

Una muerte que, valga recordarlo, fue el detonante no solo de un conflicto que se prolongó por 12 años y que dejó más de 80.000 muertos, sino también de una intensa devoción por su figura, que trascendió incluso la Iglesia católica. Haber perdido la vida de esa manera, “por odio a la fe”, 34 años después le permitió ser declarado mártir. Ahora se apresta a ser beatificado, según lo establece el decreto firmado este martes por el papa Francisco.

Pero más que una beatificación es una refrendación. Y es que su figura se ha convertido en objeto de culto en su país, donde ya es llamado San Romero de América. Semejante fervor nace del compromiso que asumió con quienes eran víctimas de los abusos del Gobierno, de los paramilitares y de la guerrilla del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional.

Sus homilías fueron canal de denuncia y tribuna para pedir el cese de atropellos. Aunque nunca la acogió formalmente, terminó ejerciendo una labor pastoral muy en la línea de la Teología de la Liberación, que tanta ampolla levantó en la jerarquía eclesial durante la década de 1970. Rezagos del rechazo a esta corriente dieron pie a una fuerte presión, que logró congelar la causa de su canonización.

Hizo falta que al solio de San Pedro llegara un papa como Francisco para que este proceso retomara su curso. El cariz que el argentino le ha querido dar a su pontificado no está muy lejos del que marcó la obra de Romero. Es una forma de asumir el apostolado que –sin demeritar el misticismo– cree que darles voz a los oprimidos y poner el dedo en la llaga de las injusticias y en evidencia a los déspotas son pasos de un camino igualmente válido hacia la santidad.


EDITORIAL
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