Hurtado

Hurtado

Fue la enésima protagonista de la tragedia del funcionario servil que deja la ley para otro día.

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05 de febrero 2015 , 07:26 p.m.

Qué celebridad tan triste la suya: por pervertir al envilecido DAS, por perseguir sin tregua a la oposición de su Presidente, por complotar sin pausa contra los magistrados de la Corte, por enlodar a quien fuera necesario cuando fuera inevitable, por guardarse en la conciencia el miedo de los hijos de los asediados, por servirle de chivo expiatorio a quién sabe qué culpable, por llevar a cuestas una penosa inhabilidad de 18 años para ejercer cargos públicos, por huir de una justicia que cojea cuando no está en huelga, por poner en jaque una democracia que ha dependido siempre de un par de enemigos, por disfrazarse de coneja en la peor hora del peor momento, por asilarse hasta el último minuto en una trastienda en Panamá, por terminar una carrera seria convertida en otra colombiana encerrada en una circular roja, por ser capturada días después, por traicionar, en fin, una hoja de vida que alguna vez valió la pena.

Su apellido sería un craso error en la fachada de un negocio: Hurtado. Pero esto tampoco es su culpa. Desde hace más de cinco años, en el final agónico del gobierno anterior, sus subalternos en el DAS han estado repitiendo que ella abusó de su poder –y que les ordenó espiar a piedras en el zapato como Antonio Navarro, Piedad Córdoba, Gustavo Petro, Yidis Medina o Daniel Coronell, en busca de un estigma– como quien piensa que nadie la verá pues nadie la está viendo, como quien ama a Colombia pero desprecia a los colombianos. Pensó que ese era su trabajo. Fue la enésima protagonista de la tragedia del funcionario servil que “por el bien de la patria” deja la ley para otro día, y procede, y todo vale, y es temible y temida por el bien de nosequé. Y la pregunta entonces es quién es ella hoy. Y quién va a ser mañana.

Estoy viendo en el periódico la fotografía estremecedora en la que Hurtado, con una cara que significa “esta pesadilla va a acabar conmigo”, avanza por el pasillo del tribunal escoltada por cinco impasibles agentes del CTI. Quién aquí tiene el hígado para alegrarse por lo que está pasándole a la vil espía: esa mueca. Quién es capaz de gritarle “¡así la quería ver!”, “¡que pague su desvergüenza!”, “¡que se pudra!”, como enfrente del patíbulo, sin sentir que está haciendo el ridículo y que algo no le cuadra. Y a quién le sirven esos gritos si de nada les sirven a los periodistas ni a los opositores ni a los magistrados espiados en la cacería de brujas del gobierno pasado: este capítulo de nuestra historia es demasiado definitivo para perderlo celebrando la desgracia ajena.

Tampoco es la escena para lanzar acusaciones calumniosas e impunes, “¡escala la tortura!”, “¡medios!”, “¡izquierdismo!”, aunque de ellas algo quede. La moraleja de la fábula es, precisamente, que ha llegado la hora de tener escrúpulos. Y cuando el líder de un partido de oposición que no solo tiene veinte senadores, sino toda la libertad para gritar la primera barbaridad que le venga a la cabeza, tiene el descaro de hablar de “persecución política”, y de portarse como si la justicia fuera a hacer su trabajo, es claro que somos testigos de una farsa. Y lo más triste no es él, que percude lo que toca, sino que los personajes secundarios de su trama –los una vez prometedores Restrepo, Arias, Hurtado– parezcan condenados a imitarlo: a jugar a su trastorno, a contagiarse.

Yo no quiero para él ni para ellos, que recuperaron el territorio para explotarlo, un pelotón de fusilamiento. Para qué gritar. Para qué pedir sangre. Si millones de colombianos pragmáticos los animaron a que hicieran lo que tuvieran que hacer en nombre de todos sin que se supiera. Y se hará justicia en este caso si poco a poco va cercándolos una sociedad que prefiera los medios a los fines.


Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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