La historia de tres 'familias Bélier' de la vida real en Colombia

La historia de tres 'familias Bélier' de la vida real en Colombia

¿Cómo operan los grupos familiares con miembros no oyentes, de nacimiento o por accidente?

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04 de febrero 2015 , 10:31 p.m.

La familia Bélier, una comedia-drama del director Eric Lartigau, sobre las vivencias de puertas para adentro de las personas sin audición, puso sobre la mesa un tema muy poco conocido.

Hasta el fin de semana pasado, 344.048 personas la habían visto, en cuatro semanas de exhibición. Y entre esos asistentes hay familias Bélier a la colombiana, para las que la cinta es una muestra bastante cercana a su realidad en cuanto a relaciones se refiere. Tres de esas familias, los Gordillo, los Ulloa y los Ospina nos contaron su historia. En Colombia, según cifras del Censo del 2005, hay 455.718 personas con discapacidad auditiva, es decir, 1,02 por ciento de la población. La norma de incluir en la televisión intérpretes y 'closed caption' no se cumple a cabalidad.

Según Henry Mejía Royet, director general de la Federación Nacional de Sordos de Colombia, la población discapacitada tiene poco acceso a la educación en general. Muchos se forman como técnicos o en oficios.

Igualmente, su condición socioeconómica tampoco es la mejor. Según el censo citado, en el estrato uno está el 43,8 por ciento; en el dos, el 35,8 por ciento; en el tres, el 14,9 por ciento. Mientras los estratos cuatro, cinco y seis, sumados, no llegan ni al 2 por ciento.

‘La cinta es la realidad’

Carolina, una mujer muy elegante, y Felipe, los dos hijos de los Ulloa, son oyentes. Estudian Economía e Ingeniería Industrial, respectivamente.

La mamá, María Eugenia Suárez, profesora del colegio Manuela Beltrán, perdió la audición a los 18 años, por una fiebre muy alta.

El papá, Jorge Ulloa, de La Vega (Cundinamarca), nació sordo y él y su familia desarrollaron un lenguaje especial, pues no conocían el de señas.

“Por ejemplo, que para referirse a la abuela hacían la forma de una moña, pues ella se peinaba de esa manera –interpreta Felipe de lo que dice su papá–. Para hablar del abuelo hacían una seña en la cara, pues tenía una cicatriz. Cuando alguien se moría, estiraban el brazo, para decir ‘estirar la pata’ ”.

Jorge trabaja para una compañía telefónica en el área de facturación. Ël y su familia, como dice Carolina, hacen parte de una minoría en el mundo de los no oyentes, pues su situación económica es muy buena.

Viven en un apartamento, en conjunto cerrado. “Pero es que la han guerreado mucho”, dice Felipe.

La conversación fluye gracias a que parecen tener un acuerdo tácito: mientras uno responde las preguntas que les hago, le da al otro un toque suave en la pierna para que les traduzca a sus papás.

Jorge cuenta cómo ha luchado por tener buenos trabajos y su hijo lo sigue.

“Hizo cursos de computación y cuando se enteró de que había una vacante en Colseguros, donde había tenido algunos empleos temporales, pidió hacer los exámenes, pero de las 100 palabras que tenía la prueba, él no conocía algunas.

Entonces, alguien que estaba en el salón le pasó un diccionario. Se ganó el puesto. Allí estuvo 18 años. Todo ha sido sudado”, dice con señas y Felipe traduce.

Luego de unos segundos, el joven, sorprendido, comenta: “Yo no sabía nada de esta historia”.

Con su mamá es diferente, debido a que ella tuvo audición y la perdió. Por eso, es capaz de leer los labios.
María Eugenia cuenta, con una voz muy suave, que es difícil a veces reunirse con el resto de la familia, pues es complicado seguir las conversaciones. Pero con sus hijos habla.

“Colombia tiene problemas de inclusión. La valentía de mis papás y de sus familias nos tiene en una buena posición, pero eso no es nada común”, afirma Felipe.

Ellos, además, están más relacionados con la tecnología que otras familias.

Para María Eugenia incluso hay posibilidades de tener una aplicación para cuando se va al médico, tener una traducción exacta de lo que este le dice al paciente.

Pero no siempre es posible, porque si hay un cambio de doctor es complicado el manejo.

Papás e hijos se fueron juntos a ver la película La familia Bélier y aseguran que es un buen retrato de lo que es su realidad.

Algo que la mayoría de la gente no conoce. “Pero en nuestro país hay muchas falencias todavía. Para ellos, la vida sigue siendo muy difícil”, concluye Carolina.

‘Sin apoyo estatal’

De pie, Néstor Álvarez, Francy, Christian y Tatiana Gordillo junto con Léster Delgado. Sentados, José y Luz Stella, y sus dos nietos, Ivanna y José. Foto: Ana María García /

Luz Stella Segura, sorda de nacimiento, mueve las manos y cuenta, con señas, cómo se conoció con su esposo, José Gordillo.

Dice que cuando él la vio, en el centro de Bogotá, en un grupo de danza y teatro para no oyentes, la saludó y le alabó sus pestañas largas y crespas. Que ella lo vio muy elegante y que las cosas se fueron dando y se enamoraron. Pero hubo muchos problemas con los papás de ella.

Tatiana, una de las hijas del matrimonio, le traduce a la madre: “Nos volamos para Melgar y yo quedé embarazada de Francy”.

José, hombre de ‘pocas palabras’, agrega, por señas, que finalmente se casaron. No dice más.

Tuvieron tres hijos: Francy, Tatiana y Christian, todos oyentes. Vivieron en Venezuela varios años, donde José consiguió un trabajo para hacer muebles, actividad con la que levantó a su familia.

Viven en un apartamento en Galerías. Sus hijos son sus intérpretes y, tal como sucede en la película La familia Bélier, les ayudan en todo. Tatiana cuenta que ha ido con su papá al urólogo. Francy y Christian les hacen todas sus vueltas.

Francy, la mayor, recuerda que como a los 3 años ya decía “mamá” en lengua de señas. “Es nuestra lengua natural. De niños jugábamos a ser sordos, utilizando lengua de señas”, complementa Tatiana.

Todo ese entrenamiento llevó a los Gordillo Segura a convertirse en intérpretes. Francy empezó a los 17 años. Su cercanía con este mundo la llevó a no tener ningún tipo de limitación a la hora de escoger a su esposo, Néstor Álvarez, quien es sordo.

Se enamoraron, y cuando ya eran novios, Francy fue su interprete en un proceso judicial contra Álvarez. “El hecho de que sean sordos no los exime de cometer delitos. Él agredió a alguien que lo insultó por su condición”.

Él sigue la conversación mientras Francy cuenta que en el momento de dar el fallo, ella se puso a llorar, pues lo declararon culpable. “El juez me preguntó que por qué lloraba y yo solo atiné a decirle que era muy sentimental y que me parecía injusto”, sigue. La sentencia no se dio porque el agredido desapareció.

La interprete es la mamá de Juan, de 20 años, que también maneja lengua de señas y que se crio con su abuela Luz Stella.

Francy, sus hermanos y su hijo trabajan como interpretes en el colegio Manuela Beltrán y también tienen trabajos particulares con no oyentes.

También afirman que el mundo laboral de las personas sordas no es fácil. “Muchos no aprenden a leer por su misma discapacidad; hay pocas universidades que cuentan con interpretes (entre ellas la Pedagógica, la Nacional y la Distrital), pero en otras instituciones deben pagar su traductor, y hay falta de apoyo estatal”.

“Solo ahora la policía está aprendiendo el lenguaje de señas, eso es increíble”, comenta Christian.

Francy, que vio la película con su esposo, dice que les gustó. Pero tuvo que traducírsela. “En cada país hay una forma de lengua de señas y cambia mucho”.

La casa de los Gordillo es excepcional: hay tres personas sordas y cinco expertos en lengua de señas (con Léster Delgado, esposo de Tatiana). No hay dificultades a la hora de charlar.

Una hija traductora

Custodia, Cindy y Carlos Alberto. Los Ospina perdieron una hija en un accidente y hoy luchan por poder ver al hijo que la joven dejó. Foto: Rodrigo Sepúlveda / EL TIEMPO

Carlos Alberto Ospina tenía 3 años cuando quiso imitar a Supermán, su héroe. Como estaba solo, decidió saltar como el hombre de acero, del segundo piso de su casa. Cayó de pie y eso, según dijeron los médicos en su momento, afectó su sistema auditivo. Custodia Moreno, su esposa, primero sufrió una meningitis y, luego, un gusano se le metió en uno de los oídos y le devoró el oído interno.

Pero, a diferencia de quienes han nacido no oyentes, ellos sí aprendieron español, que maneja más Custodia que Carlos. Según su hija Cindy, quien traduce en muchos momentos lo que sus padres dicen, estas personas tienen otra forma de ver la vida.

“Mi mamá es más central, más visual. Mi papá, por ejemplo, tiene mucho sentido de orientación”.

Carlos Alberto cuenta que cuando acompañaba a su papá, que manejaba camión, a largos viajes, él le indicaba el camino de regreso. Tiene una licencia de conducción que muestra con orgullo y que debe cambiar cada cuatro años. A sus dos hijas les enseñó a manejar.

Su oficio es encuadernador y tiene contratos con entidades. Con orgullo, muestra cómo se organizan los papeles de una empresa. “Porque los papeles no se pueden botar, deben guardarse entre 10 y 20 años”, traduce Cindy.

Los Ospina Moreno viven en el barrio 20 de Julio, de Bogotá, y acaban de pasar por una dura prueba. La hija mayor, Yuli Tatiana, murió en un accidente causado por un conductor borracho.

Custodia, que utiliza audífonos, pero que prefiere estar con no oyentes y emplear lengua de señas, la llora. Pero llora más porque no puede estar con su nieto de 2 años.

El timbre de la casa suena y las luces se encienden. Así o por los ladridos del perro, Custodia y Carlos Alberto saben que alguien llegó.

Cindy, de 19 años, trabaja como interprete de lengua de señas en el colegio distrital Manuela Beltrán, donde apoya la educación de unas 200 personas sordas, como traductora. Recuerda que cuando tenía 3 años se dio cuenta de que sus papás tenían discapacidad auditiva, “pero mi mamá nos enseñó a leer y a escribir, así como los colores, y también la lengua de señas”.

Agrega que su mamá lee muy bien el periódico porque tiene en la mente las palabras que aprendió de niña.

Igualmente, cuenta que para muchas personas es muy difícil leer porque la lengua de señas no tiene artículos ni conectores, “es preciso, exacto con sus palabras y frases”.

¿Entonces –le pregunto– cómo les cuenta a sus papás que hay un nuevo iPhone? “Les hago el símbolo de teléfono y el de la manzana, que es Apple”.

Olga Lucía Martínez Ante
Cultura y entretenimiento

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