El drama de la 'Vendedora de rosas', una colombiana que no tuvo niñez

El drama de la 'Vendedora de rosas', una colombiana que no tuvo niñez

Extractos del libro del fotógrafo Édgar Domínguez sobre el regreso a casa de Lady Tabares.

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04 de febrero 2015 , 10:30 p.m.

El pasado

Leidy era tan pequeña como vivaz. Siempre tuvo el cabello largo y muchas pecas, como chispas de oro, en la nariz. Muy rápido se cansó de los estrujones y regaños de su mamá y empezó a buscar otras compañías, o salir sola a trabajar.

A los 4 años y medio, las calles son inmensas y la orientación se pierde unas cuadras más allá del hogar. La norma era no pasar las fronteras de Niquitao, un barrio repleto de inquilinatos y callejones, donde florecen las plazas de droga y reinan los jíbaros. El sector en algunas partes amenaza ruina y en otras alberga talleres de mecánica y negocios de pintura en screen.

Salir de allí podría ser un viaje sin regreso. Por eso, Leidy se quedaba en El Palo, una carrera que atraviesa el barrio de sur a norte, transitada a diario por miles de carros con destino al centro de la ciudad. En un semáforo trataba de vender una rosa o algún dulce, mientras distraía sus ímpetus infantiles tarareando alguna ronda o jugando a la comidita, con piedras y palos pequeños que conseguía en la calle.

Más allá de Niquitao, la ciudad pasa de los senderos miserables a la opulencia alucinante con solo caminar algunas cuadras.

Por la Magdalena, abajo de la avenida Oriental, se llega a Guayaquil.

Veinte años antes el sector era el punto de acopio de los buses de la flota Magdalena, que descargaban en ese lugar a los viajeros de todo el país. Allí abundaban los burdeles, en donde las prostitutas daban rápidamente placer a los borrachos.

Por muchos años, Guayaquil fue el centro de la ciudad. El sitio del mercado, las flotas, los bares, las tertulias y los negocios.

También el del rebusque, las bandas y las grandes ventas de droga.

En primer plano, Leidy en 'La vendedora de rosas' (1998), del antioqueño Víctor Gaviria.

A finales de los 80, algunos locales aledaños a San Diego se transformaron en clubes de striptease. En ellos, muchas niñas de Niquitao aprendieron a vender su cuerpo.

—La plata está en San Diego —le repetían a Leidy sus compañeros de semáforo. Niños que la doblaban en edad y le contaban historias mágicas, de personajes repletos de dinero que andaban en carros lujosos repartiendo su riqueza. Estos comentarios iban minando su pequeña voluntad, y cada vez era más difícil negarse a seguir a los muchachos, quienes la convidaban a aventurarse fuera del barrio.

—¿Entoes qué pelaíta...? Si quiere, véngase conmigo que yo le pongo cuidado —le dijo una mujer que vivía en el inquilinato, mientras le extendía la mano ofreciéndole protección.

Para Leidy fue una oportunidad única de ampliar sus fronteras y conocer todas las fantasías que le habían relatado. Entonces, por primera vez, tomó una decisión.

Caminaron rumbo al sur, hasta llegar a la glorieta de San Diego. Solo habían avanzado 5 cuadras y atravesado una calle, pero para ella fue como traspasar un umbral y sumergirse en un túnel del que tardaría varios años en salir.

La mujer desapareció sin que Leidy tuviera claro por dónde quedaba su casa.

Leidy empezó a extrañar a su mamá mientras caminaba sin rumbo, por la misma acera en que desapareció la mujer. Nunca tuvo el valor de atravesar la avenida. Un rato después se encontró frente a una caseta de hojalata, en donde una señora servía cervezas a un grupo de obreros. Allí se declaró perdida.

El presente

Parece que la vida da otra oportunidad Leidy no sabía qué pensar. Le era difícil saber si estaba feliz por el regreso a su hogar o asustada por su repentina salida de la cárcel. Esperó tanto ese momento que ahora descubría que no estaba preparada para afrontarlo.

En las afueras del Pedregal, sus amigas hacían una vigilia esperando su salida. Estaban Johan, quien disfrutaba ya de algunos meses de libertad; Oriana y Gloria, una mujer menuda que conoció a Leidy mientras iba a visitar a su hermana al penal y se convirtió en su gran amiga durante los últimos años de prisión. Incondicional con Leidy y empeñada en su libertad, fue ella quien la contactó con el padre Rodrigo.

Esperaron afuera durante todo el día, mientras en el patio cuatro había fiesta por la despedida de Leidy. “Todas las internas se alegraron con mi salida, y muchas me hicieron fila para que les firmara autógrafos. Decían que tenían que aprovechar porque yo ya me iba, para llevarles el recuerdo a sus familiares”.

“Algunas me entregaban mensajes o se me acercaban y me hacían confesiones que jamás me imaginé. Decían que gracias a mi aprendieron muchas cosas buenas, que les enseñé a luchar por sus derechos, a respetar y exigir respeto".
Al caer la tarde, dos guardias la subieron a una camioneta blanca, con un furgón a manera de calabozo en la parte de atrás. Allí confinaron por última vez a Leidy, en un cubo metálico que le impidió saludar a sus amigas en la puerta del penal.

“Yo sabía que estaban afuera porque me llamaron varias veces ese día, preguntándome a qué hora iba a salir, y cuando iba en el furgón lo único que escuché fueron los voladores que tiraron saludando mi salida”.

El viaje se le hizo eterno, y las curvas incesantes de la carretera le generaron un gran mareo. Cuando llegó a su casa se encontró con una cuadra repleta de vecinos y periodistas. Los guardianes la bajaron y se tuvieron que abrir paso entre la gente para dejarla dentro de su hogar.

Los primeros en recibirla fueron sus hijos Julián y Fernando José. También María Magdalena, Angie y su hermano menor, Brian. Allá llegaron las amigas que la siguieron desde el Pedregal, y la casa se llenó de cámaras y micrófonos, todos buscando una declaración de la ‘vendedora de rosas’.

De su casa salió cuando comenzó la pesadilla de su periplo de prisión en prisión. Tenía 21 años, el cabello largo y el rostro de niña que exhibió en la película La vendedora de rosas intacto. Once años, cinco meses y nueve días después, regresó con el pelo corto, unas gafas que le corrigen su miopía y el rostro endurecido por sus pesares.

Próxima a cumplir 32 años, volvió en las vísperas de la celebración del día de la madre, y sus hijos sintieron que en sus corazones revivía la ilusión de tener a su mamá cerca, de compartir con ella sus sueños infantiles y de encontrar en su regazo calor y consuelo, lo que no tuvieron por muchos años.

Le cuesta recordar cuántas entrevistas concedió durante los primeros días de retorno a su hogar. “De mi personaje en La vendedora de rosas me queda la soledad”, atinó a decir.

Poco a poco, esa soledad comenzó a reinar de nuevo en su vida. Los periodistas se fueron con su noticia, los amigos regresaron a sus actividades cotidianas, y su familia empezó a sentir que las cosas eran diferentes y no sería fácil tener ahora a Leidy en casa.

Para Brian es una hermana que apenas conoce. Angie permanece ocupada con sus dos hijos y la atención a su marido. Fernando José estuvo con ella durante los primeros días de su regreso, pero poco a poco se ha alejado y continúa viviendo en la casa de su abuela paterna, como lo hizo desde que Leidy fue recluida en prisión.

Julián recién debutó como actor de televisión y se ilusiona con seguir los pasos de su mamá, mientras María Magdalena trata de comprender lo que siente al tener a su hija de nuevo en casa.

Ella pregona una inmensa felicidad, pero en la intimidad su relación sufre de los altibajos que generan inmensas heridas que se empeñan en no cerrar, dolores de recuerdos que permanecen en sus mentes, luego de una vida llena de vértigo y adrenalina.

Una gruesa tobillera negra le recuerda, con el pito agudo que emite cada 20 segundos, su cuenta aún pendiente con la justicia. En ese nuevo entorno en el que ahora se siente en soledad, Leidy descubre cómo irónicamente la casa que le prometió siendo una niña a su mamá, la misma que recibió de las donaciones de la gente que la admiró por su papel en La vendedora de rosas, ahora está convertida en su nueva prisión.

Ha llorado, y en ocasiones también añorado su vida en El Pedregal. “Aquí sigo sola y dependo de otras personas. No puedo salir ni a la tienda de la esquina y me duele mucho tener que pedir favores para todo”, se lamenta.

En la pantalla del televisor, una Leidy pequeña y vivaz es representada por una singular actriz que no supera los diez años y la lleva a rememorar sus andanzas infantiles. Ella observa callada y expectante. No puede evitar la ansiedad. Se ha propuesto no llorar y su rostro se esfuerza por negar cualquier asomo sentimental.

Ella siente que su corazón está duro. Le cuesta expresar sus emociones y no quiere que nadie se asome a su intimidad. Mira a la ‘vendedora de rosas’ como una persona ajena, la causante de muchos de sus males.

Pero cuando encuentra en esa pantalla el reflejo de momentos fieles de su existencia, los ojos se le encharcan y una cadena de sentimientos afloran. En ese instante, la mujer fuerte y curtida por los golpes de la vida se doblega, y la niña que se robó los corazones de todo un país vuelve a aparecer.

Ahí está Leidy, enfrentada a la ‘vendedora de rosas’, preguntándole todos los porqués de esa vida frenética y descarnada, por qué tantas alegrías y tan desgarradoras tristezas. Reprochándole por todo lo que le ha dado y por las cosas que le ha quitado.

El juicio que Leidy le hace a La vendedora de rosas tiene que ver con las ausencias de las personas que tanto ha querido. Le pregunta por la vida de Ferney, por ‘el Zarco’, por ‘Murdoc’, por Sandra, por los muchachos del elenco que anhelaban vivir. También por el desamor de sus hijos, de su madre, por la indiferencia de sus hermanos, pero sobre todo por la furia de una sociedad que no le perdona su pasado, que le reprocha lo que es y la somete a continuar con una existencia atada a ese collar negro que no para de pitar.

En la pantalla recuerda cómo sus amigos les huían a sus enemigos que se abalanzaban en carreras frenéticas por entre los callejones de los barrios populares de Medellín, y siente que así ha sido su vida, una constante huida, una desesperada carrera contra la suerte negra en donde se pierde toda esperanza.
En sus ojos se retienen las lágrimas que no quiere dejar correr; en su rostro se nota la angustia de no saber qué hacer y en silencio se pregunta si en realidad será muerte vivir tanto.

Édgar Domínguez

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