Trabajos aborrecibles

Trabajos aborrecibles

A los 18 años, gracias a una jefe, me di cuenta de que vender cuerpo a cuerpo nunca sería lo mío.

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04 de febrero 2015 , 06:37 p.m.

Alguna vez, en una sobremesa, pregunté a los que estaban conmigo cuál era el trabajo que más habían aborrecido. Coincidieron en aquellos que involucraban actividades mecánicas. Cuando me devolvieron la pregunta, inmediatamente recordé mi viaje temerario a Nueva York cuando recién cumplí 18 años. Mientras trataba de “comerme el mundo”, este, indigesto al fin y al cabo, me asestó la primera bofetada cuando me vi obligada a buscar trabajo. Un “contacto” me recomendó ante el dueño de una tienda de ropa ubicada en lo más intrincado del downtown.

Contra la idea glamurosa que yo me había hecho, el almacén resultó ser una especie de pasadizo con ropa colgando en ganchos a lado y lado y de techo a piso. Solo había espacio para el pequeño vestier y la gran máquina registradora con todo y supervisora, mujer pelirroja de claros rasgos judíos, acento pesado e imponente contextura de boxeadora, encuadrada en sus 1,85 metros de estatura. Ella, Mrs. Elek, muy seria, me recibió y de una vez me indicó mi obligación. Vender. Si vendía algo, debía tratar de vender más. El horario era estricto. Las otras dos dependientes y yo teníamos 45 minutos para almorzar y volver dispuestas a seguir aguantando de pie, por supuesto, lo que quedaba de la jornada de 9 horas. Acepté el compromiso como vino. No pensé que podía aspirar a algo mejor, incluso me sentía en desventaja con respecto a mis compañeras de ascendencia puertorriqueña, extrovertidas y completamente familiarizadas con el slang de nuestra clientela, principalmente de raza negra y raíces latinas.

El lugar tenía mucho movimiento; todo aquello era un sofocante laberinto de bulla y sudores ambientado con el chirrido de la máquina que campanilleaba anunciando cada venta. Muchas veces, por encima de ese galimatías se escuchaba la voz atronadora de Mrs. Elek atropellando mi nombre, “¡MARJRITE!”, exasperada ante mi falta de rapidez para atender a tres clientes hambrientos al mismo tiempo. Me despidió a los pocos días.

Sin embargo, no conseguí odiar a la terrible Mrs. Elek, quien cumplía apasionadamente con su rol de capataza, cosa que lejos de agredirme, me conmovía. Gracias a ella me di cuenta de que vender cuerpo a cuerpo nunca sería lo mío. Ese esfuerzo extra que era necesario hacer para convencer a otro de comprar cosas que en el fondo despreciaba hizo de ese trabajo el más aborrecible de todos.

Margarita Rosa de Francisco

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