Vidas que cambian al son de la música en la ladera de Cali

Vidas que cambian al son de la música en la ladera de Cali

Con instrumentos artesanales, Tambores de Siloé pone su propio 'toque' en la vida de jóvenes.

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03 de febrero 2015 , 10:33 a.m.

En las tardes de Siloé lo que más suena no son las detonaciones que traen desgracias. Son las melodías que niños, niñas y jóvenes les sacan a instrumentos hechos del reciclaje.
Esa ladera de calles y gradas empinadas, agobiada desde hace más de un año como el sector de más homicidios en Cali, respira cuando se escucha que hijos e hijas vibran con música, lejos de venganzas y líos.Allí donde no deja de doler la muerte de la bachiller que se había ganado una beca y murió por una ‘bala perdida’ en la puerta de su casa.
Es Tambores de Siloé, donde el sabor de salsas, afrobeat, rap y porros chocoanos se ha impregnado, por ejemplo, en las vidas de los primos Jeison Estiven Angulo, Karen y Hárrison David Castillo, puntuales en las clases. Ellos hacen parte de las ‘otras historias en barrios en conflicto’, que EL TIEMPO quiere contar en esta ciudad.
Tambores nació en septiembre de 2010, como aporte al proyecto ‘Yo amo a Siloé’, promovido por la Fundación Sidoc y que ha pintado de blanco casas del llamado ‘pesebre caleño’.
Moíses Eduardo Zamora Mezú, guía de las clases, recuerda el año pasado cuando recibieron con música a 20 franceses del colectivo Marcho Doryla, que en una caravana de buses enseña a comunidades en guerra, cómo el arte es esencia del espíritu humano.
“Lo que me gusta es que uno no se interesa en nada más que no sea tocar”, dice Hárrison, quien llegó hace cuatro años y luego trajo a sus primos.
La escuela se creó para fortalecer una de las muestras culturales de Siloé: ‘los diablitos’. “Los muchachos tienen unos ritmos y nació Tambores para que tuvieran mejor técnica”, explica Zamora. La filosofía del proyecto se fue creciendo, con padrinos voluntarios.
Así, Tambores ha sido protagonista de eventos internacionales y académicos. Pero lo que deja este taller va más allá del reconocimiento, pues también se les inculcan valores tanto culturales como de comportamiento.

Carolina Araque y Dora Arias apoyan el programa. Héctor Tascón, uno de los líderes musicales del proyecto, destaca muchachos que ya siguen carrera en el Conservatorio ‘Antonio María Valencia’ o en la Sinfónica Juvenil.
Los alumnos de Tambores aprenden a querer el arte desde cuando les toca forjar sus instrumentos a partir de esos elementos que rescatan de la basura. Las ‘Marimbotellas’, entre guadua y botella, llevan la delantera en las canciones.
También los ‘Silocobombos’ de tarros de pintura de alguna jornada de pintura en las calles de Siloé. Los niños los cuelgan a sus espaldas y los ponen a vibrar con los palos de escobas.
La ‘Silococaja’, una batería, también sale del cuñete de pintura más cadenetas atravesadas y un balde.
Anderson Taborda agradece lo aprendido. Jeison dice que “mostramos que se pueden rescatar cosas que otros botan”.
Las clases con una decena de profesores llegan a La Mina, La Estrella y en La Torre, Brisas de Mayo y el colegio Multipropósito.
Entre las canciones creadas con sus herramientas musicales están: Al danzón que me toque el baile, El nene y Soy tambores.
“Entonces, vos podés decir: con la marimba que se toca música del Pacífico, pero nosotros no tocamos solo esos aires, hacemos fusión”, dice Zamora.
Los profesores cuentan que hay ‘pelaos’ que cuando llegan a clases están en etapa de agresividad, pero aprenden a que soy amigo, socio, ‘pana’, parcero, pero ante todo el respeto al otro.
A pesar de los logros de Tambores de Siloé, sus gestores saben que hay trabajo pendiente, que algunos alumnos no han vuelto por las balaceras o las ‘fronteras invisibles’. “Me gustaría que esto se vuelva como una plaga, que vaya al Distrito de Aguablanca y otras partes del país”, dice Zamora.
Las esperanzas también se aprecian en los nuevos músicos y sus familias. “Sería un aporte que quienes están en cosas de riesgo caigan en cuenta que en su tiempo libre pueden hacer música, futbol, arte, tener un nuevo sentido y ser ejemplo”, dice una mamá.
Como David y Andrés, quienes hoy estudian música. Son una prueba de lo que dice Christine Armitage, de Sidoc: “Un niño que toca un instrumento, jamás empuñará un arma”.

 

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