El cuento es la moraleja

El cuento es la moraleja

El Corán es inocente. El peligro está en los políticos secacerebros y los tóxicos clérigos.

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02 de febrero 2015 , 09:39 p.m.

Entré en el baratillo en busca de un narguile, un pebetero y un sahumerio. Una mesa encarpetada hasta los tobillos de terciopelo verde. Encima, una botella llena de bolas de cristal. Una mujer con el pelo del color del vino tinto revolvía cajas con pashminas, bufandas de seda dorada y zapatillas de lentejuelas. Tres muchachos de chalecos azules caminaron hacia mí. Entonces oí la música. Flautas del desierto donde nacieron los más peligrosos de los dioses. Tanbures, sitares de imanes en cuyas lenguas a veces una sola voz designa la palabra y el agua.

El bazar era una copia, para los pobres que podemos pagarla, de los lujos de Las mil y una noches. Todo, entre diez mil y cincuenta mil pesos. Aunque había cosas más caras. Pregunté cuánto valía la tetera de cobre, el precio del elefante arreado con diademas de rubíes de pacotilla, por los chocolates y la bandeja donde estaban, y cuánto costaban los dátiles con el frasco y sin el frasco.

En el plácido mediopalo, venía de un almuerzo de amigos con coñac en la sobremesa, quise enterarme del origen de todo. Todo venía de todas partes. Y algunas artesanías kurdas podían ser hechas en Nueva York. Y de tanto preguntar acabamos los tres muchachos y yo hablando de religiones, pueblos, geografía. Todos conocían Bagdad antes de la última demolición militar. Uno era judío; otro, turco, y el otro, palestino. De estos, uno era musulmán. El otro, nacido bajo el ala de Alá, se había convertido al catolicismo después de leer una biografía de santa Helena que alguien olvidó en un tren en Istria. Extrañé que no estuvieran de los pelos en vez de estar trabajando juntos. Les pregunté cómo conseguían compartir la tisana de yerbabuena. Y pegaron los hombros a las orejas en un rictus escéptico. Y sonrieron.

El coñac de la sobremesa estimuló mis centros cerebrales del habla, que tengo demasiado sensibles. Y me puse a perorar sobre mi admiración por Rumi. Hablé de profetas bíblicos, de anacoretas sirios alimentados por cuervos, de san Juan de la Cruz y el sufismo en Granada, de la crucifixión de Hallaj y de la arquitectura musulmana como expresión de generosidad. Y de damascos y aceros toledanos.

Y entonces un hombre que escuchaba en la trastienda salió detrás de una cortina de tela. Traía con andar solemne de camello un libro en edición de lujo con cantos dorados que me extendió como una ofrenda con ambas manos: yo lo vendo aquí por doscientos cincuenta mil pesos. Aclaró. Pero se lo regalo. Me gustó lo que piensa del carácter generoso del islam desmentido por tantas personas, incluso musulmanas. Se presentó. Estaba recién llegado de Irán.

Tomé el libro. Pesa una barbaridad. Lo abro. Es un Corán impreso en El Cairo en papel marfil con las márgenes con arabescos. Y yo solo supe agradecerle al hombre el don del tesoro de su fe recordando que todos los pueblos producen grandes santos que a veces son grandes asesinos y que el catolicismo es el terror de Santo Domingo y el manso Francisco de Asís. Para que no se sintiera culpable.

Al salir del almacén llovía. En las aceras brotaban los hongos de los paraguas. Y me pregunté por qué a veces los hombres se convierten en fieras por un libro. Y cada uno hace una lectura distinta de cada libro. Y por qué ese grupo de gentes de libros distintos trabajaba en armonía. Pensé en Daniel Baremboim y su orquesta el Diván, que merece hace tiempos el Nobel de la Paz. Tanto como ese bazar en Bogotá. Al llegar a mi casa caí en la cuenta. Había olvidado comprar el narguile, el pebetero, los sahumerios. Pero tenía un Corán con señaladores de seda. El Corán es inocente. El peligro está en los políticos secacerebros y los tóxicos clérigos. En la profundidad de esas personas que convierten la profundidad en la más superficial de las palabras. 

Eduardo Escobar

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