De 'Novecento' a 'Juegos del hambre': un reflejo del antes y el ahora

De 'Novecento' a 'Juegos del hambre': un reflejo del antes y el ahora

Desde estas dos producciones, David Roll hace un análisis del totalitarismo de ficción y el real.

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02 de febrero 2015 , 09:25 p.m.

La Era de la información se llama uno de los principales libros sobre globalización que se han escrito. Pero Manuel Castells se equivocó de nombre, pues es la ‘Era de la desinformación’ o de la sobredimensionada información innecesaria e inútil.

Hay tanto acceso a conocimiento de manera caótica, que ya casi nadie sabe nada del pasado y muy poco del presente, especialmente las nuevas generaciones, por lo menos a primera vista.

Lo digo porque dicto hace años una asignatura sobre la Guerra Fría y las guerras del siglo XX, e invariablemente la mayoría de mis alumnos, aunque con brillantes excepciones, asisten a ella con el entusiasmo de quien va a una película de estreno en la que no se saben el final.

Es como un amigo cubano que asistió a una presentación de la versión de la vida de Jesucristo de Franco Zeffirellí y se impresionó cuando vio que al protagonista principal lo terminaban matando los poderosos. Algo así esta pasando con la historia del siglo XX, no se diga de ahí para atrás.

Totalitarismo de ficción

Un ejemplo de ello es la popular película Sinsajo (Mockingjay), la última de Los juegos del hambre, que habla de totalitarismos de ficción, como si estos no hubieran existido, y sucedieron no hace tantas décadas. Pienso que antes veíamos películas para recordar el pasado, como sucedió con Novecento respecto del fascismo, pero hoy con tanta información desbordada el efecto parece ser el contrario, ignorar lo que pasó, como si el nuevo milenio fuera un borrón y cuenta nueva.

De hecho, es como si hubiese pasado un meteorito magnetizado y nos hubiera borrado a todos el disco duro donde estaban registrados esos hechos no tan lejanos que sucedieron en el mundo en los últimos 100 años. Los más dramáticos en la historia de la humanidad en términos de desastres, muertes y dolor humano, pero también de heroísmo, triunfo y liberación.

En efecto, el siglo pasado fue una superpelícula de héroes, villanos, victimas e indiferentes imposible de convertir siquiera en una megaserie.

Pero las nuevas generaciones no parecen interesadas en conocer esto y prefieren sumergirse en totalitarismos futuristas de ficción, con ninguna referencia a los totalitarismos de derecha e izquierda reales y casi triunfantes que padeció el mundo en el siglo pasado. Quizá sea porque estos ya no existen como amenaza global, al mejor estilo de un buen final cinematográfico, gracias a los reales superhéroes de la historia que acabaron con ellos.

Pero como persisten conflictos y peligros serios, y guerras y autoritarismos locales cruentos, aunque nunca de esa magnitud, sería importante que quienes habitan el planeta Tierra desde hace pocos años y les espera una larga permanencia en él conozcan este pasado terrible y glorioso del que es heredero el presente.

No parece que sea así, pues la Era de la información mezcla la ficción y la realidad, lo falso y lo que en efecto sucedió, de tal manera, que las mentes jóvenes parecen estar siendo rediseñadas al mejor estilo de los libros como Un mundo feliz, de Aldous Huxley, a partir de las excentricidades maravillosas de YouTube y las películas magníficas como Los juegos del hambre y sus secuelas.

Totalitarismo real

No se trata de que exista esta sobreoferta, sino de la manera como se consume, que ha variado en una sola generación radicalmente como lo demuestra la diferencia de concepción del mundo entre los que vimos Novecento hace unas décadas y quienes ahora atestan las salas para ver Sinsajo.

En el parque de El Poblado de Medellín, que era como las afueras de la ciudad, existía cuando tenía 14 años un cine independiente llamado El Subterráneo, en el que solo había películas del tipo denominado hoy cine arte.

Era barato, no tenía límite de edad, ni por supuesto tampoco crispetas o sushi o algún tipo de tecnología 4D o 5D, como no fuera un molesto tufillo de marihuana que se sentía cuando proyectaban 2001: Odisea del espacio.

En una de sus incómodas sillas cayó un día desde el techo el propietario, acomodador, vendedor, reparador y único empleado, sin que milagrosamente le pasara nada y nos diera 10 años más de buenas películas no comerciales.
Y en una de esas sillas, a esa edad, supe por la película Novecento que había existido algo llamado fascismo, que se había desarrollado en Italia a principios de ese mismo siglo, y había fracasado como proyecto político mundial a Dios gracias.

También se proyectaban películas alemanas del este y venían sus directores a darnos charlas al final, y así supimos del Muro de Berlín, y más adelante nos enteramos de que un ruso llamado Aleksander Solzhenitsyn había denunciado cómo la Unión Soviética era una gran cárcel de torturas y el comunismo otro error histórico como el fascismo, que todavía persistía en esos tiempos y parecía que duraría 200 años más, aunque no llegó al siglo XXI como todos sabemos.

De espaldas a lo político

Hoy nuestros hijos adolescentes tienen acceso a estas y muchas más películas de este estilo de manera gratuita, viéndolas por internet incluso en sus propios celulares mientras van de regreso a casa de sus colegios.
Pero no les interesa y no las verán como no los obligue algún profesor de historia, y eso sucede una vez máximo en todo un bachillerato, con suerte.

Parecería que no quisieran saber de temas políticos, pero resulta que la película más taquillera en Colombia en este momento, Sinsajo, la cual han visto casi todos y cuyo libro muchos han leído, es justamente sobre política, y sobre cosas que sucedieron el siglo pasado, que ellos desconocen por inexplicables razones.

En efecto, Los juegos del hambre, la primera película de la serie que le da nombre a la misma, es sobre un régimen autoritario que se impuso por la fuerza en el mundo en un futuro lejano, al cual se oponen heroicamente los casi adolescentes protagonistas, involucrados además en un trío amoroso más platónico que libidinoso, como diseñado por los censores de los años setenta, para tranquilidad de los padres en nada parecido a las escenas más bien pasadas de tono en estos temas de Novecento.

Lo paradójico es que esta nueva generación ve esa situación como una pura fantasía literaria y no saben que en la época en que sus padres eran jóvenes existía la llamada Cortina de Hierro, una frontera invisible en la que fueron encerrados por décadas cientos de millones de personas, y que cuando algunos de ellos se rebelaban eran asesinados, torturados, encarcelados, como los de la película, o invadidas sus ciudades con tanques de guerra (Budapest y Praga), como en Mockingjay son invadidos los distritos con modernas supernaves.

También desconocen que Donald Sutherland, el fascista malo de la serie es el mismo actor del fascista malo de Novecento, lo que indica que no ha transcurrido tanto tiempo desde que se borró como por decreto el pasado en este nuevo siglo.

Sería bueno contarles, porque no verán las películas sobre el tema, que el sueño de Hitler, quien llevó la antidemocrática idea fascista de ultraderecha a su máxima y más terrible expresión, era dominar el mundo muy al estilo de lo que muestra la película, y como casi lo logra, con lo cual seguramente si hubiera ganado hoy Los juegos del hambre no serían una ficción.

Sobre todo hay que explicarles que esos peligros monstruosos ya no existen a esa escala planetaria, aunque persisten localmente en varias partes del mundo de diversas maneras, y que dejaron de serlo porque millones de personas heroicamente lucharon contra eso y vencieron, al estilo de la película, primero derrotando el fascismo en la Segunda Guerra Mundial, y luego presionando día a día desde adentro a la Cortina de Hierro, hasta que cayó como un castillo de naipes.

Es bueno que sepan igualmente que a pesar del triunfo de la democracia en el mundo sobre esos sistemas represivos aún queda un 30 por ciento de países autoritarios en los que vive el 40 por ciento de la población mundial; y que aún en los regímenes no autoritarios hay grandes movimientos de rebeldía al estilo de la serie, aunque los guerrilleros sean ya presidentes, alcaldes o miembros de partidos verdes.

Compartámoslo o no deben saber de los movimientos antiglobalización, del resurgimiento de partidos fascistas, de las reivindicaciones feministas y LGTBI entre muchas otras.

Sería bueno quizá que un día de estas vacaciones desconectemos el wifi en las casas, y les contemos estas historias del pasado reciente, que vivimos nosotros y nuestros padres, no unos ancestros lejanos y sospechosos de armar leyendas.

Hay que reconocer que luego de las sagas de Harry Potter, Narnia o el Señor de los anillos, que despolitizaron a millones de jóvenes espectadores, películas como Los juegos del hambre o Divergente han vuelto a poner en escena el tema político.

Pero un poco de historia universal del siglo pasado no le haría daño a nadie.

David Roll*
Especial para EL TIEMPO
*Profesor titular de la Universidad Nacional

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