La tormenta perfecta

La tormenta perfecta

Estamos ante una avalancha de amenazas a la seguridad regional, la democracia y el futuro del país.

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01 de febrero 2015 , 10:10 p.m.

Una confluencia global de hechos catastróficos, eventos impredecibles, innovaciones inesperadas, desafíos sociales, frustraciones colectivas, crisis económicas, guerras encubiertas y abiertas, nacionalismos, regionalismos y fanatismos está forjando –local y globalmente– una confusión generalizada. Nadie –ni los académicos, ni los líderes, ni los ciudadanos– sabe a ciencia cierta a dónde conducirá esa matriz de fuerzas, cada vez más caótica y contradictoria.

En Madrid, en la Puerta del Sol, se reunieron el sábado pasado quinientas mil personas para agarrarse de la esperanza que despierta un otrora oscuro profesor con raíces sindicalistas, Pablo Iglesias, quien con decir la simpleza “podemos” ha puesto a tambalear los cimientos de la cómoda alternancia en el poder entre la derecha y la izquierda convencionales. En Grecia, Alexis Tsipras, jefe de Syriza (coalición de tendencias de izquierda), se consolidó en las elecciones aupado por los cinco años de miseria y austeridad que han devastado al pueblo helénico. Ahora su triunfo amenaza con volver pedazos la Unión Europea.

Tres millones de franceses se tomaron a París en una marcha histórica a favor de la unidad y la libertad, después de la masacre de Charlie Hebdo a manos de sicarios del fundamentalismo islámico. La consecuencia de todo eso ha sido un refuerzo de la xenofobia y del nacionalismo hirsuto, que no solo han impactado a Francia, sino a muchos otros países europeos.

En el frente económico, las cosas no son menos asombrosas. El Banco Central Europeo inició operaciones de intervención cuantitativa para tratar de evitar una depresión al estilo de la de los años treinta del siglo pasado. Esas operaciones tienen el significado político de que –por primera vez– se rompe el sesgo profundamente ortodoxo en el manejo monetario de la zona euro. Contra la voluntad de Alemania y de sus ciudadanos. Ya veremos qué opinan en las próximas elecciones.

La caída del precio de los hidrocarburos ha puesto en aprietos a muchas economías, incluida la nuestra. China –que se pensaba sería el motor económico del mundo– mostró deplorables cifras de crecimiento en el último trimestre, que despertaron inmensa preocupación en Pekín y en el exterior.

Las monedas andan enloquecidas: el euro, en su nivel más bajo; el dólar, en su nivel más alto; el rublo –para efectos prácticos– ha dejado de existir, devaluaciones que superan los dos dígitos en muchas economías en desarrollo, amenazas de déficits cambiarios y fiscales sin precedentes... han sacudido lo que hasta hace poco parecía un mundo económico ordenado y predecible. Esta es solo una muestra del inventario incompleto de las circunstancias que nos rodean.

¿Qué significa todo esto para Colombia? Pues que estamos ante una avalancha incontenible y sin precedentes de amenazas a la estabilidad, la seguridad regional, la democracia, el bienestar y el futuro del país. Estos hechos deberían llevar a que se dejen las rencillas, las ambiciones personalistas, los rencores y las actitudes mesiánicas para encontrar un camino de unidad que blinde a los colombianos de las peores consecuencias de un mundo enrarecido. En el último cuarto de siglo –un tiempo corto, desde la perspectiva histórica– no nos ha ido mal como nación, a pesar de lo que dicen las inevitables plañideras. Hay que proteger el progreso alcanzado. Es hora de un nuevo pacto social, donde la paz y el perdón para todos sean el eje de un acuerdo sobre lo fundamental. De lo contrario, el país no podrá resistir con éxito las tormentas que se anuncian en el horizonte.

Díctum. Parecería que quieren dejar a Bogotá por fuera de la asignación de las grandes obras públicas. Eso no puede ser.

Gabriel Silva Luján

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