Carnaval: fiesta de la vida

Carnaval: fiesta de la vida

Palabras para la inauguración del Carnaval Internacional de las Artes, en Barranquilla.

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01 de febrero 2015 , 10:40 a.m.

Mis primeras memorias del carnaval están asociadas con esa comparsa que, en la madrugada de un martes, se tomó la casa de mis abuelos en el viejo barrio del Prado. “Ay Jose”, lamentaban en coro las viudas carnestoléndicas, disfrazadas de luto. “Ay Jose, por qué te fuiste”, repetían una y otra vez con genuino desespero. “Ay Jose, regresa pronto”, era el canto esperanzador de aquel funeral festivo, al ritmo de cumbia marcado por flautas y tambores, que despedía con un hasta luego a Joselito, el símbolo del carnaval de Barranquilla.

No deja de ser paradójica la asociación del carnaval, fiesta de las fiestas, con la muerte. No solo en el entierro de Joselito. La muerte vestida de esqueleto es un disfraz popular, terror de la imaginación infantil con su aparición durante las fiestas.

En una de nuestras danzas más tradicionales, la del garabato, su protagonista central es la muerte que con su guadaña se va llevando, uno a uno, a los bailarines que la enfrentan. Y en la literatura inspirada en nuestros carnavales suele predominar también la muerte, casi como obsesión. Así lo ilustra muy bien un ensayo de Ramón Illán Bacca, donde se preguntaba ¿por qué no se había escrito “la gran novela sobre el carnaval entre nosotros”? Cuentos y novelas con “fondo de carnaval” no han faltado, aunque no parecen abundar, pero en ellos se impone la muerte en sus diversas formas: el suicidio de un desempleado un lunes de carnaval, en el cuento de Olga Salcedo de Medina, Desolación; o en Algo tan feo en la vida de una señora bien, de Marvel Moreno, donde quien se suicida es la “señora bien”; o el asesinado a cuchillazos en Domingo de carnaval de Nestor Madrid Malo. Hay parricidio en el Cadáver de papá de Jaime Manrique Ardila, y asesinato equivocado a balas en La última batalla de flores de Hipólito Valencia. La misma novela de Ramón Illán Bacca, Disfrázate como quieras, es una historia policíaca alrededor de los misteriosos crímenes en el hotel Alhambra durante los carnavales de Marta Ligia Primera.

Por supuesto que la asociación entre carnaval y muerte no es única de Barranquilla. En La Paz, Bolivia, por ejemplo, despiden el carnaval con el entierro del pepino, como símbolo de la fertilidad. “Las máscaras confrontan la muerte” es el título del cuadro en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, de James Ensor, el pintor Belga cuya casa era también un almacén de máscaras para el carnaval y quien llevó como pocos el carnaval a las artes plásticas en su época. En Mardi Gras, recordaba Carlos Monsiváis al inaugurar este evento aquí en 2007, “el demonio siembra cadáveres como si diera autógrafos”.

La asociación del carnaval con la muerte es además parte de su esencia alegórica, un festival que, como lo definen Victor Stoichita y Anna Maria Coderch en su fascinante estudio sobre Goya, El último carnaval, un festival (repito) que “celebra el periódico renacimiento del tiempo”. Joselito en realidad no representa la muerte del carnaval en Barranquilla, sino su anticipada sobrevivencia o, mejor aún, la suspensión de las fiestas hasta el año venidero. Goya pintó el “Joselito” del carnaval madrileñó a comienzos del siglo diecinueve en uno de sus cuadros más famosos: El entierro de la sardina. En vez de un martes, ocurría el miércoles de ceniza. Y en vez del muñeco de la parranda, la muerte del carnaval era simbolizada por una sardina. (Aunque lo que se enterraba no era una sardina sino medio cerdo en forma de sardina).

Pero al enterrar un pescado (aquella sardina), el día mismo en que se iniciaban el ayuno y la abstinencia, el funeral pintado por Goya adquiría todo el sentido inverso del carnaval. Era, como lo observan Stoichita y Cordech, como si el carnaval hubiese triunfado sobre la cuaresma, como si “el principio de la ‘carne’ triunfara en el mismo momento en que debía ocurrir su entierro”.

En su amable invitación para unirme a este festival, Heriberto Fiorillo me asignó un tema bien amplio: la imaginación y la creatividad. La muerte es todo lo contrario – destrucción y, en cierta forma, hasta la misma negación de imaginar. No abrí esta charla con el tema de la muerte para hacer de “aguafiestas”. Lo hago para reivindicar el sentido profundamente vital del Carnaval de Barranquilla y poder así apreciar su enorme significado frente a la obstinación intelectual de identificar la cultura colombiana históricamente con guerras y violencia, con la muerte; y su significado también frente a la imperiosa necesidad que tenemos, como nación, de reimaginar un país en paz.

Importa por ello entender muy bien el papel alegórico que juega la muerte en nuestro Carnaval. En vez de definir su esencia, sirve de contradictor. El Carnaval es su derrota. La novela de Ramón Illán Bacca lo ilustra estupendamente cuando uno de sus personajes, Freud Silvestre, escribe en un artículo para el Diario del Caribe, “No es una cultura de muerte, sino de vida la que nos rodea”.

Cultura de vida: eso es el Carnaval, derroche de alegría y felicidad, fiesta que desterró desde siempre las manifestaciones de violencia. “Casi todo es permisible, excepto peleas y puñaladas”, observó Goethe, el escritor alemán, en su magnífico testimonio sobre el Carnaval de Roma en 1788. También en Chile, donde el costumbrista José Joaquín Vallejo describió el Carnaval de Copiapó en 1842 como “manantial inmenso de […] vida”.

Este ha sido pues su espíritu universal. Pero entre nosotros dicha expresión genuina y vital del Carnaval tendría que proyectarse mucho más por el enorme valor social que representa, por la imperiosa necesidad de resolver para siempre la verdadera tragedia humanitaria que los colombianos hemos sufrido en las últimas décadas. Cuando Celia Cruz cantaba “la vida es un Carnaval” no se refería a la inversión momentánea del orden social, como se interpreta con frecuencia el sentido del Carnaval por quienes han estudiado el sentido de las fiestas en la Edad Media. No. Para la cantante cubana, en vez de ser la suspensión de la vida cotidiana por algunos días, el Carnaval debía ser la vida misma, un mensaje para enfrentar a “aquellos que usan las armas/ […] 
aquellos que hacen la guerra/ […] aquellos que nos maltratan”. Celia Cruz festejaba entonces la vida como un Carnaval, la vida como “hermosura”, donde “las penas se van cantando”.

“Te jodieron muerte”, celebraba el público al final de la danza del Cipote Garabato en el 2012, cuando el baile triunfaba sobre la muerte, mientras los miembros de la comparsa removían el cadáver al ritmo del canto legendario, “ya me voy a despedir, yo ya me voy despidiendo”. El Cipote Garabato ha sabido reinventar la danza tradicional en forma aleccionadora: la victoria es ahora del baile y no de la muerte con su guadaña.

El video oficial del Carnaval de Cristina es otra expresión fantástica del significado vital del Carnaval. Se abre con la escena que simboliza el fin del Carnaval: con los llantos por la muerte de Joselito, seguidos de la figura amenazante de la muerte que, sin embargo, pronto se ve espantada por los desafíos de Cristina, al son de tambores que anuncian la resurección. “Carnaval”, grita Joselito cuando se levanta, sacudiéndose del entierro, en esa fabulosa alteración del orden carnavalesco: vuelto a la vida, Joselito se ha convertido así no en el símbolo del fin sino del comienzo de las fiestas.

Carnaval, fiesta de la vida: ningún reto mayor para la imaginación que extender esa realidad festiva a todo el acontecer nacional en Colombia. Difícil concebir aquí otro propósito prioritario que el de desterrar para siempre la violencia. En la introducción a su obra de teatro, El Carnaval de la muerte alegre, Carlos José Reyes interpretó de manera fiel al Carnaval como “expresión que rechaza y niega el papel que la muerte intenta asumir una y otra vez como protagonista” en nuestros destinos. En ese propósito, el Carnaval de Barranquilla es una muestra extraordinaria de creatividad y pedagogía para la vida. Que debe servir además para enriquecer la memoria de la nación, revestida a ratos solo de luto.

No todo en el pasado colombiano ha sido de barbarie. También contamos con una historia civilizatoria, de convivencia y tolerancia, que es preciso reconocer como parte integral de la cultura colombiana. Y el Carnaval es tolerancia acompañada de fantásticas manifestaciones de alegría. Hace más de un siglo, recordemos, la respuesta del Carnaval barranquillero a la guerra civil en Colombia fue una Batalla de Flores, hoy su fiesta central.

En 2003, la Unesco declaró al Carnaval de Barranquilla “patrimonio de la humanidad”. Este reconocimiento internacional de nuestra festividad más tradicional debe apreciarse también como un amable desafío a extender sus lazos con la aldea mundial. Es quizás el mejor camino para su nueva reinvención y asegurar así su existencia por los siglos de los siglos.

Algunos carnavales en el mundo han muerto y resucitado, como los de Málaga y hasta en la misma Venecia. Otros languidecen eternamente. No el de Barranquilla, cuya trayectoria bicentenaria de buenos éxitos se explica en parte por su capacidad para reimaginarse, una y otra vez. Desde su nacimiento, su naturaleza híbrida le otorgó significado flexible a su ser autóctono, que le ha permitido transformarse sin perder su esencia. Entiendo así la invitación de Heriberto Fiorillo para que nuestro Carnaval rompa con su “relativo encerramiento como fiesta” y entable “diálogos con otros carnavales del mundo”. Es éste, creo, el sentido que tiene desde sus inicios el Carnaval Internacional de las Artes convocado en buena hora por la Fundación La Cueva. El Libro del Carnaval que registra la inauguración de este magnífico evento, en 2007, destacó en letra de imprenta el origen internacional de quienes atendieron aquella primera convocatoria: Mexico, Argentina, Brasil, Estados Unidos, Cuba, Italia…

En estas y otras partes del mundo, y aquí en Barranquilla por supuesto, el Carnaval ha sido y sigue siendo fuente de inspiración de las artes y las letras, en todas sus manifestaciones. Al querer dialogar con otros carnavales del mundo vale la pena acercarnos también a todas las obras artísticas y literarias inspiradas en el Carnaval. Algunos nombres y expresiones del arte son más obvias que otras.

Para mí la gran sorpresa al preparar esta charla fue el descubrir piezas de música clásica dedicadas al tema (reflejo, claro, de mi ignorancia): Carnaval del compositor alemán Roberto Schuman, La obertura Carnaval del checo Antonín Dvorák, el Carnaval de los animales del francés Camille Saint-Saëns. Les he escuchado fascinado en las últimas semanas, intercalados con la canción de Celia Cruz, tratando de identificar algún espíritu común. Y todos, me parecía, animaban la alegría de vivir: En ellos el Carnaval también se proyectaba como festival de la vida. Alcancé, sin embargo, a dudar del ejercicio y le envié un mensaje a Gustavo Bell: oye, le pregunté, “para inspirarme en mi charla inaugural en el Carnaval de las Artes en Barranquilla me la paso escuchando estas obras de Schuman, Dvorák y Saint-Saëns, ¿tu no crees que ande algo despistado”. No tanto, fue su respuesta alentadora, mientras me sugería: “Dale también una nueva lectura, con banda sonora incluida, a Te olvidé, verdadero himno del Carnaval de Barranquilla”. Y así lo hice.

Cuando en mis épocas de estudiante en Bogotá llegaba a una reunión social, quienes identificaban mi origen costeño me pedían con frecuencia que les echara un “chiste”. Reacciones similares provocó entre algunos de mis amigos académicos en Inglaterra cuando les dije que estaba preparando esta charla para el Carnaval de las Artes: “tienes que soltar algunos chistes”, me observaban. No puede ofendernos ni extrañarnos que se asocie el humor con el Carnaval, parte de su mismo ser y expresión más genuina. Dicen que el compositor francés Camille Saint-Saenz concibió “El Carnaval de los animales” como un “chiste musical”. Tras sus primeras presentaciones, sin embargo, decidió abandonarlo pues temió que arriesgaba su reputación de “compositor serio”. Hoy es su obra más famosa, que le honra como compositor. Hay que tomarse el Carnaval en serio.

Eso es lo que ha hecho Barranquilla por 200 años, de lo contrario el Carnaval aquí habría desaparecido. Hay que tomarse el Carnaval en serio para contraponer a nuestra realidad carnavalesca, en su sentido bárbaro y grotesco, este festival de la vida que es nuestro Carnaval. Y este festival, que hoy arranca en su novena edición, es una prueba más de cómo el Carnaval es cosa seria.

Declaro oficialmente abierto el noveno Carnaval Internacional de las Artes.

Que viva esta fiesta de la vida.

Por Eduardo Posada Carbó

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