San José (Antioquia), el 'pueblito' que lleva una década sin violencia

San José (Antioquia), el 'pueblito' que lleva una década sin violencia

Desde 2004 en este municipio solo se mueren las personas de longevas o enfermas.

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01 de febrero 2015 , 09:49 a.m.

El silencio es lo único que asusta en el municipio de San José de la Montaña.

Hace 11 años sus pobladores no escuchan el sonido de las balas, ni el ruido de los vehículos de los grupos armados. El toque fúnebre de las campanas es una novedad y el sepulturero y la administradora de la sala de velación viven de cualquier cosa, menos de los muertos.

Desde las 3:00 a. m. los hombres salen al campo a ordeñar y, a la par con las campanadas para la misa de 6.00 a. m., los más longevos se sientan con sus ruanas a cuidar las bancas del parque. Allí permanecen, impávidos, durante el día.

Antes de las 8:00 a. m. se escucha un leve murmullo de los escolares que salen de sus casas, cruzan las pocas calles del pueblo y arriban al colegio, ubicado al lado del templo parroquial.

En las cuatro cantinas solo ponen música los fines de semana y desde cualquier barrio se escucha el sonido de los vehículos que salen o llegan de Medellín, ubicado a 128 kilómetros.

Son ya las 10:00 a. m. y ni siquiera dentro de la Institución se siente ruido. Cuando nadie habla se escucha en la lejanía el sonido de una motosierra que proviene del bosque, en la parte baja del pueblo. Si no fuera porque la Gobernación realiza trabajos en una calle para optimizar el sistema de acueducto y alcantarillado por valor de 686.000 millones de pesos, el mutismo sería total.

Después de 20 años de conflicto, extorsiones, desplazamientos y muertes selectivas, primero a manos de las guerrillas y luego de los paramilitares, este municipio lechero, de 3.300 habitantes, ubicado en el norte de Antioquia, se convirtió, en palabras de su alcalde, Edison Mauricio Correa, en modelo de paz y convivencia para el departamento y el país.

“Todos nos conocemos y nos protegemos. La confianza de la gente en las instituciones se recuperó y cuando detectan un problema lo comunican y actuamos con prontitud. La Policía hace trabajo comunitario y trabajamos de manera articulada con el colegio, el hospital y la Iglesia”, dice Correa, mientras exhibe la revista conmemorativa que publicaron el año pasado con motivo de las bodas de oro de la población.

El año pasado hubo 11 muertes y de estas 10 fueron por causas naturales. La otra se trató de un accidente de tránsito.

Incluso, según Egidio de Jesús Mesa Arboleda, el sepulturero del pueblo, varios de esos difuntos fueron de veredas cercanas de otros municipios.

Mesa tiene las manos untadas de pintura porque, a falta de difuntos, se dedica a los oficios varios, pero eso sí, siempre tiene las llaves del cementerio listas, por si algo.

“Si fuera por la gente que se muere en San José, el muerto sería yo, pero de hambre”, dice en tono jocoso este hombre moreno de 64 años y fornido, que se gana 35.000 pesos por entierro y entre 70.000 y 120.000 pesos por sacada de restos.

Pero si la preparación de bóvedas es escasa la de los osarios no se queda atrás. En palabras de Mesa, hay 37 huecos disponibles y como no hay demanda, la gente no se afana por sacar los restos de sus difuntos, que se hace a los ocho años de enterrados, ni la parroquia los acosa. Cuando superan el tiempo y no aparece ningún doliente son movilizados a la fosa común.

En el cementerio no huele a muerto, sino a establo. Está rodeado de vacas, caballos, terneros y cabras.

La última exhumación fue en noviembre pasado y precisamente se trató de la última víctima por violencia que hubo en esta población de arraigo católico. El sepulturero señala la bóveda y acomoda sobre una piedra las flores que le dejó un primo, el único familiar que vino al rito: “El viento tumba las flores y al pobre Hildebrando Velásquez lo ‘tumbaron’ los paramilitares”, afirma.

Velásquez era un comerciante de 41 años. Por el conflicto toda su familia había abandonado el pueblo, como lo hicieron unas 200 familias entre 1997 y 2004, cuando el bloque Noroccidente de las AUC expulsaron a los grupos insurgentes y se hicieron con el control total de la región.

“Velásquez era muy querido por la gente porque vendía casi a precio de costo. Era barbado y peludo y atendía de a una persona. Los demás tenían que esperarlo sentados afuera de su negocio. Dicen que lo mataron porque no quiso pagar extorsión o porque denunció a los ‘paras’ ante la Fiscalía. Lo asesinaron el 4 de marzo de 2004 en las afueras del pueblo”, expresa el joven alcalde, psicólogo de profesión.

El mandatario local recuerda que ese homicidio fue el principio del fin de la invasión paramilitar, que dejó cerca de 100 muertes y una población aterrorizada. Después de eso la Fuerza Pública dejó de estar coaptada por los ilegales y empezó a perseguirlos. Otros se desmovilizaron con la Ley de Justicia y Paz.

Recuerdo no grato

Cuando recuerda todo lo que le pasó a Hermilda Pino, que vive hace 47 años en el barrio contiguo al cementerio, le da escalofrío. Abre un solo ojo, el otro lo perdió por un derrame, y dice que ahora siente mucha alegría de vivir en un pueblo pacífico y cordial.

“Salimos tranquilos en las noches y donde hay fiesta ahí estamos. Antes no podíamos salir ni en el día, solo brujeábamos por las ventanas. Ahora hasta se pueden dejar las puertas abiertas en las noches. Hay tanta calma que los niños hacen las tareas en las aceras y se quedan jugando en la noche por la calle”, dice Pino.

Andrés Rojas, secretario de Gobierno, corrobora esta versión, pese a que reconoce que hay un pequeño microtráfico de consumo, que se ha controlado mucho. “Hace meses no hay registros de peleas con arma blanca. La gente es fiestera, pero responsable. Ahora no podemos bajar la guardia. Hay que aumentar la confianza en las autoridades y los controles”, sentencia Rojas.

A veces llega el mediodía y la neblina aún se posa sobre la zona urbana del pueblo, que tiene parque nuevo hace cuatro años y estrenó casa de la cultura el año pasado. Para el alcalde, algo que fortalece la convivencia es la oferta institucional que se tienen los josefinos.

“Acá ya no están los grandes ricos, porque la mayoría arrendó sus tierras, pero no hay necesidades básicas insatisfechas. En las siete veredas hay escuelas y vías de acceso a todo el territorio. La oferta educativa y en salud es amplia y hay cobertura universal de servicios públicos. Todo esto desincentiva el delito”, afirma Correa.

Ahora todos en San José, rodeado por el páramo de Santa Inés y la cultura lechera, añoran que la gente los visite más y conozcan sus encantos naturales.

La Alcaldía y el Colegio trabajan en la construcción de la cátedra de la paz y la convivencia. Todos quieren seguir viviendo en el pueblo más pacífico de Colombia.

25 años con una pesadilla

Según el alcalde, Edison Mauricio Correa, cuando estaban los paramilitares había que pedir permiso para todo. “Patrullaban camuflados a cualquier hora del día y sacaban a las víctimas de sus casas sin que nadie se opusiera. En los 80 y 90, en cambio, el terror fue perpetrado por las guerrillas. En 1988 el pueblo fue semidestruído por el EPL y en 1994 hubo otro intento por parte de las Farc”, recuerda el mandatario local.

En la actualidad no hay presencia de grupos armados ni bandas criminales, en parte, según el alcalde, porque en la zona no hay proyectos económicos atractivos.

El abigeato, el único punto negro

Pero nada es perfecto y en los últimos dos años ha venido en aumento un delito que preocupa a las autoridades y campesinos de San José de la Montaña: el abigeato.

El año pasado se presentaron 14 denuncias de hurto de ganado ante la Policía, todos ocurridos a la medianoche y en la madrugada, y este año ya se presentó el primer caso. Para atender el único flagelo en seguridad de los josefinos, el secretario de Gobierno de Antioquia, Santiago Londoño, visitó la población el mes pasado y planteó medidas para desmantelar estos grupos.

Ya tienen radios en todas las veredas y se creará un grupo de investigación especial para este delito. De igual manera pondrán un puesto de control del batallón que hay en la Hacienda La Carolina, en los llanos de Cuibá, en la vía entre Donmatías y Yarumal.

ÓSCAR ANDRÉS SÁNCHEZ
Enviado Especial de EL TIEMPO
San José de La Montaña

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