Editorial: Un retroceso que hay que evitar

Editorial: Un retroceso que hay que evitar

Lamentablemente, la época de las vacas gordas es cosa del pasado.

31 de enero 2015 , 08:23 p.m.

Que América Latina ha sido tradicionalmente una región atrasada en materia de indicadores sociales no es noticia para nadie. Así existan casos aislados de progreso, estos son la excepción y no la norma. Por lo general, la falta de oportunidades y la inequidad han condenado a una importante proporción de los habitantes de esta zona a seguir atrapados en las garras de la miseria.

A la luz de ese diagnóstico, lo sucedido en lo que va de este siglo en las naciones del área bien puede describirse como notable. De acuerdo con los cálculos de la Cepal, mientras en el 2002 un 44 por ciento de los latinoamericanos se encontraba en condición de pobreza, al no alcanzar los ingresos requeridos para cubrir sus necesidades básicas, diez años más tarde dicha proporción había caído al 28 por ciento. En números gruesos, más de 60 millones de personas consiguieron salir de dicha categoría.

Semejante mejoría fue atribuible directamente a una baja en los índices de desempleo, hasta un promedio cercano al 6 por ciento. El que tantos hogares pudieran recibir dinero en forma regular, fruto del trabajo de sus integrantes, fue clave para crear un círculo virtuoso. Y es que esos mayores recursos llevaron a que el consumo de todo tipo de bienes aumentara, fomentando el emprendimiento y la ampliación de las nóminas.

Junto a esa mejora en el ambiente, un buen número de gobiernos pudo incrementar sus presupuestos con el fin de destinarles mayores fondos a los programas sociales. De especial importancia fueron los esquemas de transferencias condicionadas, tanto para darles una mano a aquellos en condición de mayor vulnerabilidad como para estimular la asistencia a las instituciones educativas, a cambio de un estipendio entregado a las familias.

Mucho de ese accionar fue posible gracias al auge de los precios de las materias primas, cuyas cotizaciones alcanzaron niveles sin precedentes. Los exportadores de petróleo, oro, cobre o alimentos vivieron una bonanza que algo sirvió para favorecer a las clases populares.

Lamentablemente, la época de las vacas gordas es cosa del pasado. De manera paulatina, las cotizaciones de diversos bienes han descendido y con este bajón, el margen de maniobra, al igual que el nivel de la actividad económica. El Producto Interno Bruto latinoamericano el año pasado tuvo una expansión apenas superior al uno por ciento, una cifra decepcionante.

El giro en el viento tiene consecuencias. Como lo reportó la Cepal a comienzos de la presente semana, la pérdida de dinamismo anotada se ha traducido en un estancamiento en lo que concierne a la pobreza, pues esta completa un trienio en el mismo punto.

Más preocupante todavía es que la indigencia –que aparece cuando una persona no alcanza a cubrir sus necesidades alimentarias diarias– ha comenzado a aumentar. Si en el 2012 la proporción era del 11,3 por ciento, en el 2014 subió al 12 por ciento. Este incremento es aún de décimas, pero el cambio de tendencia debe sonar como un campanazo de alarma. Que uno de cada ocho de los habitantes de la región pase hambre es algo sencillamente inaceptable.

Para ser justos, no todos los países se han comportado en forma uniforme. Por ejemplo, en el 2013 tanto la pobreza como la indigencia disminuyeron de manera importante en Paraguay, El Salvador, Colombia, Perú, Chile y Ecuador.

En contraste, se vio un deterioro significativo en Venezuela en ambos renglones, mientras que en Brasil y Panamá el índice de miseria subió.

Por otro lado, los expertos señalan que una de las peores lacras de América Latina, como es la desigualdad, es ahora menos notoria que antes. En expresión coloquial, la torta está mejor repartida, pues los pobres son un poco menos pobres y los ricos, un poco menos ricos. Dicho lo anterior, estamos a una distancia considerable de otras latitudes en donde las diferencias son menos aberrantes.

Anotados los avances, la pregunta que se hacen los analistas es si van a ser sostenibles. La duda es muy válida, porque las cosas no van a mejorar. El crecimiento proyectado para este y el próximo año es similar al del pasado y la destorcida petrolera golpeará con dureza a más de uno.

Ante esa situación, entidades como la Cepal aconsejan usar el gasto público para evitar un deterioro. El inconveniente es que en un escenario de menores recaudos será difícil preservar los presupuestos asignados, con lo cual una situación que se ha vuelto mala se torna susceptible de empeorar.

La suerte no está echada. Pero el margen de maniobra es mucho más estrecho y se corre el peligro de enfrentar el descontento de vastos sectores que pueden dar marcha atrás.

Tales admoniciones son válidas para Colombia, que ha logrado disminuir en forma sensible la pobreza y la indigencia, especialmente en el último lustro. En tal sentido, es clave conservar la salud del mercado laboral, que tuvo un buen 2014, como lo muestra el descenso en el desempleo.

Sin embargo, ahora que los peligros acechan, hay que extremar las alertas para evitar que lo que tanto costó conseguir se pierda por causa de un clima económico que ha pasado de propicio a tormentoso.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com.co

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.