'Me cabrea que me presenten como una mujer que cambió el mundo'

'Me cabrea que me presenten como una mujer que cambió el mundo'

Habla Jody Williams, la nobel de Paz que logró que las minas antipersonal fueran prohibidas.

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31 de enero 2015 , 07:36 p.m.

“Si quisiera ser diplomática, habría sido embajadora o cónsul. No mido las palabras”. Así se presenta Jody Williams. La ganadora del Nobel de Paz 1997, por su papel en la prohibición internacional del uso de minas antipersonal, se sienta para la entrevista con una advertencia: “Hablemos, pero debe saber que maldigo como un leñador”.

Williams sorprende por su vitalidad. Habla con las manos y, efectivamente, dice groserías a menudo. La energía que transmite hace que uno entienda a qué se refieren quienes citan su presencia “electrizante” cuando se dirige a miles de personas en eventos por todo el mundo. Es difícil creer que cumplió 64 años en octubre.

Aún es embajadora de la Campaña Internacional para la Prohibición de las Minas Terrestres (antipersonal), con presencia en más de 70 países. Además, alterna su lucha contra los “repulsivos” robots asesinos (armas letales autónomas, capaces de ubicar y eliminar a sus blancos sin intervención humana) con su papel en la Iniciativa de Mujeres Nobel, donde ha tomado un rol muy vocal para denunciar el uso de la violencia sexual en el conflicto, siendo ella misma sobreviviente de un abuso en El Salvador. Para hablar de ese tema visitará Colombia esta semana, por invitación de la periodista Jineth Bedoya y EL TIEMPO.

¿Cuál es el punto de vista que aporta usted a la discusión sobre la violencia sexual en el conflicto?

Hemos tratado de dejar claro que la violencia sexual en el conflicto es una continuación de la violencia contra las mujeres, no ocurre de manera aislada. Pasa porque las mujeres son tratadas como ciudadanos de segunda, tercera o cuarta, dependiendo de dónde viven.

Nunca he tratado de hacer que esto sea un asunto de hombres contra mujeres, pero la realidad es que son ellos los que en una vasta mayoría cometen la violencia sexual. Y tal vez por eso los hombres, en general, se ponen nerviosos al oír hablar del tema y muchas veces quieren volver la espalda. Es más fácil decir que es de esas cosas que pasan pero que no me afectan, porque yo nunca sería un violador.

Usted ha sido sumamente crítica de la manera en que las naciones más ricas abordan este tema…

Una de las cosas que detesto es eso de “las naciones civilizadas deben unirse…”. ¿Qué es una nación civilizada? ¿Has visto las cifras de violaciones dentro del ejército de EE. UU.? Enormes. Así que cuando hablan de cómo las ‘naciones civilizadas’ debemos entrenar a las fuerzas de otros países es como: “Espera un minuto. ¿Vamos a enviar a nuestros perpetradores de violencia sexual a entrenar a estos otros perpetradores?”. En serio lo odio.

También ha dicho que si el mundo está comprometido, tiene que “mostrar la plata”.

Cuando se hizo la primera conferencia mundial sobre el sida creo que comprometieron algo así como mil millones de dólares. Si en serio quisieran enfrentar todos los aspectos de este problema, tendrían que comprometer al menos la misma cantidad de dinero que entonces. Cuando comprometes dinero muestras intenciones. Pero solo hay cinco o seis países que han comprometido recursos y el resto se limita a ‘aquí estamos’ y a ‘es necesario enfrentar…’ Muchos de los sobrevivientes han dicho: “¿Saben qué? Basta de palabras”. Y así me siento yo: las palabras sin acciones son irrelevantes. Se necesita un grupo de gobiernos comprometidos y eso puede empujar a otros. Eso hicimos con las minas. Si eso sucede, y se suma la sociedad civil, hay posibilidades.

A menudo ha rechazado ser etiquetada simplemente como ‘la ganadora del Nobel de Paz’. ¿Cuál es hoy, 18 años después de recibirlo, su relación con ese galardón?

Cuando recibí el premio no esperaba ser individualizada más allá de la campaña. Creía entonces, y lo creo ahora, que la campaña merecía de sobra el Nobel porque, por primera vez en la historia, logramos que se dejara de usar un arma convencional (…) No me afanaban los medios. Y de pronto, cuando me dan el premio, todos querían hablar solo conmigo. Desde el punto de vista de un introvertido lo consideré ofensivo, pero desde el punto de vista de un activista lo hallé fenomenalmente ofensivo.

¿Qué le resultaba ofensivo?

Antes de que me laurearan, la prensa estaba feliz de hablar con quienes hacían desminado o asesoraban a las víctimas. Y súbitamente solo existía yo. Me niego a aceptar que de un día para otro una persona sea el repositorio del trabajo de tantísimas personas. Es lo que pasa con la lucha contra el racismo en EE. UU.: pensamos en Martin Luther King y en Rosa Parks… Lyndon B. Johnson hizo mucho… Pero, esperen un minuto. ¿Qué pasó con los millones que salieron a marchar, que trabajaron por la misma causa? Desaparecieron de pronto. Y eso me enfurece. Por eso, a menudo me rehúso a las entrevistas. “¿Quieres hablar de desminado? ¡Ve y habla con los que desminan!” Me cabrea que la gente me presente como ‘una mujer que cambió el mundo’. Yo no cambié el mundo, no sola. Jugué un papel importante en movilizar la campaña y fui una buena coordinadora, pero si nadie hubiera venido a trabajar nada habría pasado.

¿Cómo la afectó en lo personal haber ganado el Nobel de Paz?

Los primeros dos años fueron muy difíciles. Una vez te dan el Nobel, esperan que hables de todo, así esté remotamente relacionado con lo que haces. Eso también me enfurece, porque yo puedo decirte lo que necesites sobre el tema de las minas, pero ahora vienes a preguntarme por refugiados o por armas químicas... ¡Por favor!

Pero también habrá disfrutado los efectos positivos de semejante reconocimiento…

Cuando realmente llegué a disfrutar el premio fue cuando creamos la Iniciativa de Mujeres Nobel. Gracias a eso estoy compartiendo mi premio con mujeres y organizaciones de todo el mundo. Y ahora lo disfruto más que nunca.

En sus memorias, usted recuerda haber sido muy dura con su familia porque sentía que no entendían lo que deseaba hacer. ¿Siente que hoy lo entienden?

Hoy sí. Debes entender que mis padres no acabaron el bachillerato. A mi papá lo sacaron del colegio en octavo para que trabajara y ayudara a mantener a sus siete hermanos. Así que cuando terminé el bachillerato mis papás estaban encantados. Y luego saco el título (en Humanidades) y luego otro de la Escuela de Estudios Internacionales Johns Hopkins. Y luego me voy a Centroamérica, por un sueldo miserable. Claro, mis padres decían: “¿Por qué no te haces abogada, por qué no buscas seguridad financiera?”. No me querían allá porque temían que me lastimaran. Y mi respuesta fue molestarme, porque nadie de mi familia quería hablar de mi trabajo. Todos querían hablar de un nuevo bebé. Lo entiendo, pero me daba rabia.

Y luego le dan el Nobel…

Y luego me dan el Nobel y mis papás como que caminaban sobre el agua.

No alcanzo a imaginar el orgullo de un papá: ‘A mi hija le dieron el Nobel de Paz...’

Mi papá murió hace una década y mi mamá vive. Ambos volaban de la felicidad.

¿Cómo supieron del premio?

Todos sabíamos que estaba nominada. El día antes del anuncio era mi cumpleaños y estuvimos en Vermont (EE. UU.). En la cena, le dije a mi mamá: “No puedes hablar del anuncio del Nobel, es algo que me altera los nervios. Y en todo caso no nos lo van a dar”. Usualmente el comité trata de contactar a los ganadores antes del anuncio, para prepararlos. Nos habían dicho: “La llamada se produce, si se produce, alrededor de las 3 de la mañana”.

Mi esposo y yo nos fuimos a dormir, pero era imposible. A las 3 y 15 seguíamos despiertos. A las 3 y media decidimos tratar de dormir y a las 3:40 el teléfono sonó. Contesto y un hombre me dice: “Esta es la TV noruega. ¿Es Jody Williams?”. Yo digo: “Sí”. Y de inmediato me pregunta: “¿Dónde va a estar en diez minutos?”. Quería decirle: “Son las 3 de la mañana. ¿Dónde demonios voy a estar?”, pero decidí decir: “Aquí”. Él respondió: “Bien”, y colgó. Diez minutos después, llama de nuevo y dice: “Estoy autorizado para decirle que Jody Williams y la Campaña Internacional contra las Minas Terrestres son los ganadores del Premio Nobel de Paz 1997”. Y yo, en vez de celebrar, comienzo a preguntar: “¿Por qué me llaman de la TV? ¿Quién es usted?” Él responde: “Si no me cree, prenda su televisor y escuchará el anuncio en diez minutos”. Le digo: “No tengo televisor”. Me dice: “Encienda su radio”. Le digo: “No tengo”. Me dice: “Entonces quédese en la línea y lo podrá escuchar”. Para entonces, yo le contesto: “¡No, no, tengo que llamar a mi familia!”

Hoy ya tiene un televisor, ¿no? Y celular…

Hay un televisor en mi casa porque mi esposo es fanático de los deportes, pero no suelo ver nada. Tengo un celular inteligente, pero no lo uso para estar todo el tiempo al alcance de un mensaje. No se me ocurre nada, salvo que mi mamá se esté muriendo, que me pueda poner en modo ‘¡Oh, Dios, mi teléfono!’ No me obsesiona la vida online. Si alguien tiene algo importante, ya llamará. No hace mucho vivíamos bastante bien sin la maldita cosa y ahora es indispensable.

A la lucha contra las minas la siguió la lucha contra la violencia sexual y, recientemente, la lucha contra los robots asesinos. ¿Qué ve en el futuro?

Seguir haciendo un buen trabajo. No tengo otra opción. Que yo sepa, a uno no lo dejan devolver un Nobel de Paz.

Un foro de clase mundial

Jody Williams y la abogada iraní Shirin Ebadi, la primera musulmana en ganar el Nobel de Paz (2003), gracias a su lucha por los derechos de las mujeres y los niños, encabezarán este jueves el foro ‘Mujeres nobel y sobrevivientes de violencia sexual, un mensaje de Colombia para el mundo’, en Cartagena.

WILSON VEGA
Subeditor Redacción EL TIEMPO

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