Se inició el Hay Festival 'al son' de Juan Luis Guerra

Se inició el Hay Festival 'al son' de Juan Luis Guerra

Historias llenas de sabor compartió el cantante al público cartagenero en la charla inaugural.

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29 de enero 2015 , 08:37 p. m.

La metáfora más conocida de las canciones de Juan Luis Guerra se la regaló un humilde campesino de su tierra natal: “Yo quería trabajar en el folclor de República Dominicana –reveló este jueves Guerra, en la charla inaugural del Hay Festival, en Cartagena–. Y tengo un tío en Santiago que decía que el verdadero merengue estaba allá. Así que me voy para Santiago, llego a la casa de un hombre que era un gran bailador y le pregunto si tenía algún poema bucólico campesino para verlo. Y la verdad era que tenía muchos, pero, entre ellos, uno que decía ‘Ojalá que llueva café’ ”.

Con esa mezcla de poesía y sabor caribe, Guerra cautivó al público asistente al teatro Adolfo Mejía, en un conversatorio de una hora con el director de EL TIEMPO, Roberto Pombo, que dio inicio a cuatro días de fiesta cultural.

Vestido con su habitual gorra de cantautor, chaleco negro y camisa blanca, el autor de La bilirrubina desnudó los secretos de sus canciones, que con frecuencia salen de las ocurrencias más comunes y cotidianas.
“Eso me pasó con La bilirrubina. Yo caí enfermo, me llevaron al hospital, me puse amarillo y el doctor entró al cuarto y me dijo:

-– Juan Luis, no puedes irte de gira.
-– ¿Por qué?
– Porque te subió la bilirrubina.
-– ¿La qué?
– La bilirrubina.
– Yo le voy a sacar un merengue a la bilirrubina”.

Y así fue. En 1991, La bilirrubina no solo se le subió a Juan Luis, sino a todo un continente que bailó hasta la saciedad este merengue que ya forma parte de los clásicos en las fiestas familiares. La sola mención de este término médico remite a pensar en bailar antes que en visitar el hospital.

A pesar de la sonoridad de sus palabras, en los discos de este gigante de la cultura popular (mide más de dos metros, incluso sin su gorra) siempre estuvo primero la música, antes que la letra. “Normalmente, arranco de una melodía. Yo compongo de una manera muy especial: lo último que termino es la letra. Es muy raro, hay muchos compositores que hacen la letra primero. En mi caso, no. Yo hago la orquestación, yo hago el arreglo, y al final, cuando está completa la canción, comienzo a pensar en la letra”.

El énfasis musical de Guerra proviene de sus orígenes y de su formación. En el comienzo de todo estuvo la percusión, una especie de batería que recibió a los 8 años, compuesta por un bombo y un tambor. Pero un día se ganó a pulso la única guitarra que había en su casa, propiedad de su hermano, pues se pusieron a sacar canciones de los Beatles y el pequeño Juan Luis demostró mayor habilidad.

De allí nació un gusto que se fue afianzando luego de que entró al Conservatorio Nacional de música, en Santo Domingo. Sin embargo, la posibilidad de que el mundo hubiera conocido éxitos inmortales como Burbujas de amor o Bachata rosa pudo haberse truncado por la influencia materna: “Mi mamá insistía en que estudiara una carrera paralela. Yo le decía ‘Pero yo soy músico’ y ella respondía ‘Yo sé. Pero estudia otra cosa’. Así que empecé a estudiar contabilidad. Y duré dos días”.

Luego de otra breve visita a la facultad de Filosofía y Letras, Guerra emprendió su sueño de convertirse en guitarrista de jazz. Llegó al frío de Boston, en 1979, a la prestigiosa universidad de Berklee, y conoció la teoría de los arreglos de este género norteamericano. Un día, en una fiesta, con otros músicos, tomó la guitarra y nadie se impresionó con lo que tocaba. Pero de pronto, alguien sacó un güiro y Guerra empezó a tocar como quien no quiere la cosa este instrumento, menos sofisticado, más rústico y popular: “Empecé a soltar un patrón de merengue y se detuvo la fiesta. Todos me miraban y uno de ellos me preguntó: ¿Tú me puedes escribir eso en música?’.

El entonces futuro rey del merengue aprendió que en lo sencillo siempre hay mucha complejidad y reconoció el folclor que llevaba adentro. Desde entonces, su mundo ha sido un lugar mejor. O al menos, más sabroso.

‘Yo sé que soy de su agrado…’

En Boston no solo encontró su propio ritmo, sino alguien con quien compartirlo. “Salí premiado en Berklee porque conocí a mi esposa. Ella estudiaba Diseño de modas y una amiga nuestra me dio una carta para que yo se la llevara, yo creo que con segunda intención. Ella era muy alta, y cuando la vi yo dije ‘¡Wow, qué buen regalo!’ ”.

El regalo respondía al nombre de Nora Vega y cuatro años después, se casaron en Santo Domingo. Su influencia en él es innegable, como lo hizo notar Pombo cuando afirmó que en cada frase menciona a su mujer, a lo que Guerra contrapunteó con una sentencia que parece sacada de la Biblia: “Voy a decir algo: el que ama a su esposa, se ama a sí mismo”.

Esa manera de hablar, como de predicador, conduce inevitablemente a su faceta religiosa. Luego del éxito de sus álbumes Ojalá que llueva café y Bachata rosa, a comienzos de los noventa, tuvo una crisis personal.

“En ese momento de mi vida, yo vivía muy ansioso y pensaba ‘es una falta de Grammy, cuando obtenga mi Grammy este problema se me va a pasar’. En el 92, tuve el Grammy y el problema fue peor. No tenía paz en mi corazón, tenía ansiedad. No podía estar tranquilo en ningún sitio y por más éxito que tenía, mi vida era triste”.

En 1994 se convirtió al cristianismo y su música giró hacia los temas religiosos, aunque en sus últimos discos ha moderado la temática espiritual. Como si la alegría del cuerpo se hubiera impuesto a la armonía del alma. O al menos, esta anécdota que contó así lo sugiere: “Estaba en un estudio bíblico de mi pastora, que tiene 82 años y parece de 37, y comenzó a hablar de Deuteronomio y de Éxodo (dos de los libros de la Biblia), donde decía que el Señor enviaba avispas delante de su pueblo para cuidarlo. Cuando yo oí eso dije: ‘Aquí hay un merengue’ ”.

La paz de su espíritu, no obstante, se revela todo el tiempo, como le sucedió alguna vez a bordo de un avión, al regreso del concierto Paz sin fronteras, en marzo de 2008, celebrado en Cúcuta para renovar los lazos entre Colombia y Venezuela. Volando con Alejandro Sanz, Miguel Bosé, Julio Sánchez Cristo y otros tantos pasajeros, el avión comenzó a estremecerse en medio de una tempestad, y ante el pánico general, el único calmado era Juan Luis Guerra, quien les recitó un versículo de la Biblia que hablaba de la fe. Tras invocar la protección divina, el ánimo se calmó, el avión retornó a la normalidad y todos los ojos volvieron al gigante dominicano, quien ayer concluyó: “Es que a 35.000 pies de altura, casi todos somos creyentes”.

Una historia similar está relatada en su más reciente álbum, Todo tiene su hora. Se trata de la canción El capitán, en la que un barco también debe sortear la adversidad, y en el coro, la voz nasal de Guerra canta “Jesús está en el bote”.


En ese mismo disco, sobresale una canción inédita en la carrera del ídolo dominicano: un homenaje a un país.

Nosotros tocamos mucho aquí, y luego de presentarnos hicimos una escala en Panamá, y cuando yo entro en el avión, me siento y comienzo a tararear una melodía que viene a mí. Así que saco mi celular (ahora todo se hace con el celular) y la grabo. Me gustó mucho la melodía y me di cuenta de que venía con una palabra: Colombia”.

Canto a Colombia es una manera de agradecer la fidelidad del público de nuestro país, pero además es un tributo a los ritmos nacionales, ya que está escrita en clave de cumbia. Y, por si fuera poco, utiliza expresiones inconfundiblemente criollas como “Y qué pena con usted”, “A la orden, sumercé”.

Su admiración por los aires colombianos no es gratuita, ni reciente, pues hace muchos años, un compositor le sugirió un álbum del estadounidense Charles Mingus, titulado Cumbia & Jazz Fusion y grabado en 1977. Guerra compara el trabajo de Mingus con los de Duke Ellington o John Coltrane.


Y desde hace varios años, los músicos de Juanes (“Por si no lo sabían, Juanes es mi pana”, advirtió) le recomendaron inspirarse en las canciones de Lucho Bermúdez. Y sus descubrimientos son cada vez más frecuentes. “El ritmo en Latinoamérica es un ritmo muy fuerte –explicó–, cada vez que escucho los ritmos de ustedes, la cumbia, el vallenato, me llaman muchísimo la atención. Hace un tiempo, estaba aquí y me recomendaron escuchar un grupo llamado Los gaiteros de San Jacinto. Impresionante. La forma de cantar, las melodías, en fin”.

JULIO CÉSAR GUZMÁN
Editor Cultura y Entretenimiento

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