A Colombia le faltó precisión y empató 1-1 contra Argentina

A Colombia le faltó precisión y empató 1-1 contra Argentina

Jarlan Barrera, de penalti, anotó para la 'tricolor'. Lucio Compagnucci hizo el tanto del empate.

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29 de enero 2015 , 06:55 p. m.

Un fantasma se le apareció este jueves a la Selección Colombia Sub-20. De apellido impronunciable, Compagnucci, salió de la nada. Nadie lo veía, nadie lo esperaba. Solo hizo presencia para anotar el gol del empate de Argentina, el 1-1, al minuto 88, justo cuando Colombia ya celebraba, cuando parecía haberse reencontrado con la alegría, cuando solo esperaba el fin de una batalla que no tuvo final heroico; más bien, un desenlace terrorífico. (Reviva la crónica interactiva del partido.)

Fue un descuido. Una jugada infortunada del destino, y de la defensa. El empate revivió recientes amarguras, como la derrota frente a Uruguay, en el inicio del Suramericano, que sufrió en el último instante de juego. Esas acciones llevan a recordar que el último minuto todavía tiene 60 segundos. (Vea aquí: Galería de fotos del partido.)

Colombia tenía una premisa: reencontrarse con el gol y con la alegría. Definir alguna, unita, de las muchas opciones que crea era su obsesión. Y si de paso lograba los tres puntos, lotería. Pues no le importó que al frente estuviera Argentina, una de las favoritas. Colombia no tuvo complejos, asumió el partido con entereza. Encontró el golecito que buscaba, y qué importaba que fuera de penalti, en los pies de Jarlan Barrera. Ese gol parecía suficiente. Parecía.

Colombia se le había plantado a Argentina durante todo el juego. No se derrumbó ni cuando al minuto de juego se salvó, en una jugada que rescató con el hombro un defensor. Por el contrario, debió sentir que tenía la suerte, la fortuna y los astros de su lado. Se lanzó al ataque.

Quería tener otras opciones ofensivas. Quizá por eso incluyó para este partido al volante Jarlan Barrera y al atacante Otero, pero, hasta el penalti, seguía sin encontrar el gol, que ya se le había refundido frente a Paraguay, en el empate 0-0.

En esa primera parte buscó y buscó abrir el marcador. Casi siempre con la fórmula conocida: buscando a Santos Borré, y ya se sabe que Borré amaga, engancha, se perfila, lo hace casi todo bien, pero sus remates siguen sin puntería, o se los detienen las manos milagrosas de un arquero inspirado o lo desarman en el momento justo.

Así le pasó este jueves. Muy temprano pudo haber definido, solo, cuando Mammana, el tibio defensor argentino, se asustó con su presencia, casi en la mitad de la cancha, y perdió la pelota, y tuvo que correr una maratón para evitar, con una pierna reivindicativa, el remate que ya alistaba Borré.

Pero Borré sigue siendo el más peligroso. Tuvo un remate con efecto, previo enganche, y la pelota pasó cerca. Contagió a Otero, que quiso ser el héroe, pero la opción que le quedó, después de un toque-toque mortal, en un pase atrás de Lucumí, terminó en un remate muy predecible.

Para la segunda parte, Colombia mantuvo su dinámica y dejó el pesimismo en el camerino. Volvió a tejer, paciente, la jugada que definiera el partido. El feliz reencuentro con el gol que se hacía tan esquivo.

Fue entonces cuando Lucumí se entusiasmó. Emprendió su habitual ruta hacia la última raya y cruzó la pelota atrás, no podía buscar a otro que a Borré, quien fue al encuentro y si no remató a gol fue porque un argentino lo desplazó, lo sacó de carrera. Penalti.

Jarlan Barrera cobró con una serenidad de curtido artillero. Acomodó la pelota contra un vertical. Golazo, gritaron. Iban cinco minutos de esa parte final. El maleficio se había roto, pero faltaba mucho tiempo.

Sin embargo, el ritmo siguió siendo colombiano. Incluso, el arquero argentino evitó más goles: primero al de siempre, a Borré, al atajarle un remate cruzado, y luego a Barrera, que lo fusiló de media distancia.

La victoria parecía consumada, sobre todo porque lo de Argentina fue algo insulso. Fue un equipo tímido. El balón que les sacaron en la raya comenzando el juego pareció desmoronarlos. Pero es Argentina.

Fue entonces cuando la pelota, a falta de dos minutos para encontrar descanso, se paseó por el área, de derecha a izquierda, ante las miradas angustiadas de los colombianos. Un pesimismo lúgubre se apoderó de los estáticos defensores y, en medio de ese sórdido instante, apareció el fantasma impronunciable para empatar el juego, para dar un epilogo de pesadilla.

PABLO ROMERO
Redactor de EL TIEMPO

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