Editorial: La capital del egoísmo

Editorial: La capital del egoísmo

En últimas, quien viola la norma se perjudica a sí mismo al menoscabar lo público.

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29 de enero 2015 , 03:46 p. m.

 Fueron varias gráficas las que publicó este diario, el pasado martes, de comportamientos de bogotanos, que van desde la falta de civismo hasta la irresponsabilidad que bordea el Código Penal.

Además del asombro que produce ver a una madre intentar introducir a su criatura a la brava por la estrecha ventanilla del tren de la sabana, o a otra con su hija en brazos, en peligrosísima maniobra, en plena vía de TransMilenio con el fin de ingresar sin pagar al sistema, inquieta, y mucho, el que estas fotos no dan cuenta de hechos aislados. Al contrario, son representativas de las conductas que hoy se observan en el espacio público bogotano, como clara consecuencia de haber perdido el terreno que en cultura ciudadana logró avanzar la capital a finales del siglo pasado.

Los síntomas son de todo tipo. Van desde cuestiones sencillas, como no respetar una cebra peatonal, hablar por celular mientras se conduce un vehículo, transitar en bicicleta por el andén y no por la ciclorruta, hasta las más complejas. Aquí encontramos la violencia interpersonal, que, según el último estudio de Corpovisionarios, presenta un preocupante aumento.

Y si la gente falla, las autoridades no se quedan atrás. De acuerdo con este mismo documento, los bogotanos perciben una menor regulación en el espacio público. Por eso, no sorprende que hoy en calles, parques y otros escenarios rijan la ley del atajo y la del más fuerte. Y es que de él se apropian, por igual, tanto vendedores ambulantes como bares y restaurantes, junto con propietarios de carros y motos. Los postes son soporte de pasacalles y pendones que creíamos de tiempos pasados.

Ni hablar de la agobiante invasión de carteles en muros y puentes, que anuncian eventos. Quienes incurren en estos comportamientos lo hacen a sabiendas de que difícilmente serán sancionados, sin importarles que estas conductas egoístas sean un sensible aporte al deterioro urbano que todos padecemos. En últimas, quien viola la norma se perjudica a sí mismo, al menoscabar lo público. Quien no paga el pasaje de TransMilenio ayuda a que el servicio que este le presta no pueda mejorar. Es un lamentable círculo vicioso que la ciudad tiene que romper.

Lograrlo no depende únicamente de las instituciones. Los bogotanos son corresponsables, y deben entender que las soluciones no caerán del cielo. Que si bien el Distrito está en mora de sacar adelante proyectos como el metro o más troncales de TransMilenio, esto tendrá tanto impacto en la movilidad como conseguir que las calles dejen de ser parqueaderos. Lo primero, lo básico, es asumir que no estamos solos, que nuestras acciones repercuten en la vida de los demás. Esto es, en últimas, lo que busca la cultura ciudadana. Recuperarla no es un capricho, ni una aspiración que debe ser precedida de otros logros, tal y como las últimas administraciones lo han planteado.

Reactivar esta transformación cultural no solo garantizará una ciudad más amable, sino que representará un avance necesario en la construcción de igualdad. Bogotá requiere renovar con urgencia su contrato social para que, como reza el adagio, el vivo no siga viviendo del bobo. Ojalá este propósito haga parte de una suerte de acuerdo sobre lo fundamental entre quienes este año aspirarán a llegar al palacio Liévano.

EDITORIAL

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