La encrucijada del 30 por ciento

La encrucijada del 30 por ciento

El uribismo y Partido Conservador corren riesgo de una estruendosa derrota en elecciones de octubre.

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29 de enero 2015 , 12:34 a.m.

Lo decía hace algunos meses, al Centro Democrático puede ocurrirle lo mismo que a la Anapo. Después de haber obtenido 38 senadores en las elecciones de 1970, cinco más que los elegidos por el Partido Conservador, para 1972 parecía una coalición de descontentos en desbandada antes que un partido político (El Tiempo, 10-06-2014).

Y es que una rápida retrospectiva muestra que la situación de Uribe y del uribismo es cada día más difícil, una verdadera encrucijada en el alma. Al término de su gobierno lo reclamaban como el segundo Libertador, se pensaba que gobernaría por interpuesta persona, influía sobre varios partidos y gozaba de una popularidad superior al 75 por ciento.

Hoy, apenas cuatro años después, su autoridad se restringe a su propio partido y pierde el pulso histórico de la guerra y la paz en Colombia. Pero lo que es peor y más evidente, su discurso se debilita ante la evaporación de la ‘amenaza castrochavista’ y la necesidad que tienen las Farc de cesar las hostilidades. Era algo, en cierta forma, previsible en el escenario de la consolidación de las negociaciones de La Habana: que los extremismos no funcionan, ni a la derecha ni a la izquierda. Un discurso que se le agota incluso a los columnistas afectos a la causa del expresidente, muchos de quienes ahora abrazan la defensa de la democracia global y toman argumentos de la debacle del régimen opresor venezolano para acomodarlos selectivamente a sus posiciones en Colombia.

Sin embargo, el problema para Uribe y el Centro Democrático no es menor. Si dan una voltereta en favor de la paz, podrían recuperar parte del terreno perdido; pero estarían entrando por la puerta chica, abierta paradójicamente por Santos, un exministro sin carisma, sin fogosidad, que estaba llamado a ser el Medvédev de Uribe. Además, sin que ello signifique que cesen las causas judiciales por las que su entorno debe responder.

Pero si persisten en su posición corren el riesgo de la insularidad política o un pronto fraccionamiento del movimiento. Lo mismo le pasó a la derecha salvadoreña, encarnada por el partido Arena. Mientras era comandada por el carismático, pero extremista, mayor Roberto d’Aubuisson no superaba el estático 30 por ciento. Una vez Alfredo Cristiani asume el liderazgo con un discurso conservador, pero más centrista; amplía la base, gana las mayorías y los sectores radicales se debilitan ante el fin de la guerra y del riesgo de una posible revolución marxista que hasta entonces los había cohesionado.

Una encrucijada del uribismo en la que también los acompaña el partido Conservador. Ambos corren el riesgo de obtener como máximo un 30 por ciento de los votos en las elecciones regionales de octubre próximo, e incluso mucho menos, el porcentaje reservado para los extremos políticos o los partidos que han perdido la creatividad. En el caso del Conservador, y aunque su presidente David Barguil es joven e inteligente, parece sufrir una especie de ‘síndrome de Estocolmo’ de las posturas uribistas. Parece rehén de los Pastrana, de los Gómez y de quienes salieron a entregarle el apoyo del Partido al candidato Oscar Iván Zuluaga en la segunda vuelta presidencial.

No es que Santos las tenga todas con él. Al contrario, tiene el gran reto de consolidar la seguridad, de lograr que la economía no se descarrile, de concluir con éxito las negociaciones de La Habana, de conseguir su refrendación popular y, en últimas, de transitar por la delgada línea entre pasar a la historia como el presidente de la paz o concluir con una gran impopularidad.

Pero si logra encauzar la refrendación de los acuerdos de La Habana estará muy cerca de propinarle una nueva y, esta vez, estruendosa derrota al uribismo. Una refrendación que debiera ser mediante un referendo que se presente al Congreso en marzo próximo, con apenas dos preguntas sobre Circunscripciones Especiales de Paz y penas alternativas a la cárcel para los máximos comandantes de la guerrilla, y, con ello, demostrar que una cosa es el carácter y la consistencia en política y otra el poner al caudillo por encima de las imperfectas instituciones republicanas. Es una lástima que, si el Partido Conservador no se zarandea, esté en camino de ser una víctima colateral de tal encrucijada.

Adenda: salgamos a apoyar la marcha por la vida de Mockus, pero con una meta. Que Colombia tenga menos de 18 asesinatos por cada 100.000 habitantes en el 2015.

John Mario González
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