Homenaje a Gabo en Aracataca transcurrió entre aplausos y risas

Homenaje a Gabo en Aracataca transcurrió entre aplausos y risas

Guillermo Angulo, Santiago Gamboa y Roberto Pombo compartieron sobre la vida y obra del Nobel.

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28 de enero 2015 , 07:40 p.m.

El tren de Macondo no llegó este miércoles a la estación ubicada en el remate del Camellón 20 de Julio, sino que se detuvo en la Casa Museo Gabriel García Márquez, en la calle Monseñor Espejo, donde por 82 minutos, desde las 11:35 de la mañana, se recordó al colombiano más universal de todos los tiempos. (Vea en imágenes: 'Regreso a Macondo', el conversatorio para recordar a Gabo)

El periodista Roberto Pombo -director de EL TIEMPO-, el fotógrafo y cineasta Guillermo Angulo y el escritor Santiago Gamboa, moderados por la periodista Margarita Vidal, bajaron del tren y, en el fondo de la casa de los Buendía, la misma que sirvió de inspiración para Cien años de soledad, descargaron su óptica personal en varios temas sobre la vida y obra de Gabo.

El salón Ramón Vinyes, ese español que en pocas semanas en la Barranquilla de 1950 fue fundamental en la carrera literaria del hijo de Aracataca y que este a su vez inmortalizó al europeo en su pieza cumbre como El Sabio Catalán, fue insuficiente con sus 125 sillas del auditorio para el conversatorio de esta segunda edición de ‘Regreso a Macondo’, parte del programa de Hay Festival 2015, primero desde la muerte del escritor el 17 de abril pasado en Ciudad de México.

Rico en anécdotas, Angulo -que anunció que pondrá en venta el original de El coronel no tiene quien le escriba- dijo que lo conoció cuando se había cansado de buscarlo, y se instaló por tres meses en la pieza más barata de un hotel de París, a mediados de los 50. “Como a los dos meses, llegó y me dijo: ‘Maestrico, ¿qué hace en mi cuarto?’ “, manifestó el fotógrafo, en medio de aplausos.

Pombo aseguró que García Márquez se instalaba con facilidad en el alma de la gente y que como periodista, compartiendo el oficio en la revista Cambio, era apasionado, participando de manera extraordinaria en el consejo de redacción.

“El siempre al final proponía un tema original, tenía una visión diferente… Podemos decir que tenía el contraplano… Era detallista: le daba un valor enorme al detalle particular”, dijo, evocando que con lápiz rojo corrigió una edición completa de la revista, incluyendo un tema suyo y dijo que era indigno de un ganador de Premio Nobel y Premio Rómulo Gallego.

El director de EL TIEMPO contó que a la entrevista con Marcos, el insurgente líder mexicano del Movimiento Zapatista, llegaron los dos en una noche y el único que preguntaba era él, mientras el Nobel permanecía callado.

“Cuando agoté las preguntas -acepta Pombo-, Gabo le dijo al guerrillero qué relación tenía con la enseñanza y la literatura… Marcos respondió que era hijo de una maestra. La parte buena de la entrevista es cuando Gabo habla de literatura. Al final, Marcos muestra su admiración por García Márquez”.

Gamboa reconoció que no fue ni pretendió ser amigo de Gabo, pero reafirmó el concepto de Pombo sobre lo experto que el hombre caribeño era con los detalles, tanto que una vez le preguntó a qué escritor del siglo 20 hubiera querido conocer y respondió que a Albert Camus.

“Cuando le pregunté la razón, dijo que era para preguntarle si había caído en cuenta del error en tiempo que hay en El extranjero, cuando habla de la muerte de su madre”.

Un trabajo periodístico sobre Hugo Chávez, titulado ‘El enigma de los dos Chávez’, mortificó al venezolano, según Pombo, porque remataba diciendo si Chávez sería el gran libertador o un dictador latinoamericano. “Chávez se lo hizo saber”, apuntó Pombo.

Las anécdotas con Angulo siguieron sacando más de una carcajada, como la vez que el Nobel le dijo que antes no comían por no tener dinero y ahora no comían para no engordar.

“Fidel Castro nunca lo llamó Gabo -evocó Angulo-, y de un momento a otro lo hizo. Los cubanos se preguntaron el por qué. La razón solo era una: Castro nunca pudo decir Gabriel, sino Grabiel. Por eso, prefirió cambiar a Gabo”.

La fascinación de los personajes, más que el mismo poder, es para Pombo, “en mi ingenuidad”, la razón de la cercanía de Gabo con dictadores como Fidel Castro y el desaparecido Omar Torrijos. Y recordó, tras la crítica a su novela El Otoño del patriarca, que el miedo con que lo controlaron en su casa era el mismo miedo de los dictadores.

Para Gamboa, Gabo abrió todos los caminos a los escritores colombianos, pero esas autopistas gigantes él mismo las agotó.

La moderadora Margarita Vidal recordó parte de su mundo mágico durante una estadía en Cartagena, llevando a unos amigos, a bordo de un viejo jepp prestado, a desayunar a casa de su madre Luisa Santiaga.

-Luisa Santiago: venimos a que nos prepare desayuno, pero bistec a caballo -dijo Gabo.

La madre, que regaba con manguera el jardín, respondió: -Hace rato que tu no mandas para la carne.

- Al mundo, al demonio y a la carne -ripostó Gabo-: vamos a comer arepa de huevo.

Angulo relató que una de las respuestas de García Márquez, siempre mamandogallo, molestó al Nobel mexicano Octavio Paz, que terminó odiándolo. “Gabo dijo que el mejor poeta mexicano era (el cantante Armando) Manzanero”.

Gamboa recordó que el creador de Macondo, que tenía terror a volar, fue invitado especial dentro del servicio de avión El Concord. Al bajar le preguntaron la sensación y su respuesta fue: “Es un DC-4, pero a toda mierda”.

La pérdida de la memoria paulatina del hijo de Aracataca fue el tema de despedida. Cada uno de los participantes recordó el instante en que se percató. Pombo dijo que en una ocasión de regreso de México, Gabo le dirigió la palabra: “es mejor despedirnos porque la próxima vez que te vea de pronto no te reconozca”.

El director de EL TIEMPO manifestó que en una oportunidad posterior, Mercedes, la esposa del novelista, los juntó. Y Gabo le aseguró que “Yo sé que te quiero mucho, pero no sé por qué”.

Gamboa sostiene que fue una vez en un hotel de España. “Ese día le vi hacer la cosa más bella. Una joven se acercó a pedir autógrafo y él dijo que lo hacía en libros, aunque no fueran suyos. La muchacha, que estaba allí porque le regalaron una noche ya que al día siguiente se casaba, se retiró porque no tenía libro. Gabo llamó a un empleado del hotel, le dio la llave de su habitación y le dijo que le trajera un libro que estaba encima de su cama. Luego llamó a la muchacha y a su novio, preguntó los nombres y puso la dedicatoria sobre el primer regalo de matrimonio en Cien años de Soledad. Al retomar la conversación repitió todo lo que me había dicho…”.

Angulo remató con su chispa que prendió el tren para salir de Macondo, con el realismo mágico, sacudiendo de risas al auditorio: "Él estaba leyendo Cien años de soledad y no sabía que él era el autor. Dijo: ‘Ese man sabe escribir’ ".

ESTEWIL QUESADA FERNÁNDEZ
Enviado especial de EL TIEMPO
Aracataca (Magdalena)

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