Editorial: Ninguna intromisión

Editorial: Ninguna intromisión

El respeto por los asuntos internos de un país no excluye una postura firme frente a agravios.

27 de enero 2015 , 07:50 p.m.

No es cosa habitual presenciar a dos expresidentes discutir con un oficial de mediano rango en un país que no es el suyo.

La hostilidad del gobierno de Nicolás Maduro frente a la presencia en territorio venezolano, el pasado fin de semana, de los exmandatarios Andrés Pastrana, de Colombia; Sebastián Piñera, de Chile, y Felipe Calderón, de México, incluyó –además de epítetos y acusaciones muy en la línea de las que usa la revolución bolivariana para descalificar a quienes gradúa de enemigos– el impedirles a los dos primeros visitar al líder opositor en la cárcel militar de Ramo Verde, en Caracas. Tal prohibición, la cual solo les fue comunicada en las puertas del penal, dio pie a la insólita escena.

Pero el diálogo entre los encargados de custodiar la puerta del centro de reclusión y los dos exdignatarios no fue la única consecuencia de la reacción de Miraflores ante la invitación que la oposición les hiciera a estos personajes para participar en un foro y conocer de primera mano la realidad que hoy vive el país hermano. Las relaciones binacionales ya se vieron afectadas luego de un cruce de comunicados entre Bogotá y Caracas.

Acerca de este rifirrafe, hay que comenzar por reconocer que en un momento de crisis como el actual la posibilidad de que el Gobierno vecino apele a una amenaza externa que toque la fibra del nacionalismo es mucho más probable que en tiempos de mayor estabilidad. En esa medida, era predecible que el aterrizaje de estos invitados de tan alto perfil causara malestar en las filas oficialistas y que este alimentara un rabioso discurso, tal cual sucedió.

Sin embargo, hay que ser claros en que, primero, las acusaciones que este incluyó contra los tres citados visitantes son más delirios que realidades. Y segundo, en que participar en un foro en el que se formularon ideas que no son del agrado del oficialismo y querer ver a quien hoy es evidente que está detenido por causa de sus ideas –decisión que tiene más de gesto humanitario que de acción provocadora– bien podría haber valido una nota diplomática, pero en ningún caso los agravios escuchados.

Así, pues, hizo bien la Cancillería en rechazar los señalamientos contra Pastrana y en pedir para él un trato acorde con su investidura. Era lo que le correspondía. Y es que por más incómodo que sea el hecho político de su visita para el régimen, lo de Pastrana en Venezuela está lejos de ser la intromisión que insiste en presentar Maduro. Algo va de conspirar para derrocar a un gobierno a hacer un llamado respetuoso para que a una persona no le sean violados sus derechos fundamentales.

Así mismo, es verdad que el Gobierno había mantenido una posición de respeto hacia los asuntos internos del país vecino. Pero esta postura no tiene por qué reñir con los principios de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Por tanto, expresar rechazo frente a una situación en la que es clara su violación, así corra el riesgo de ser tachada de intromisión, es un gesto que se espera no solo de un Estado sino de toda una región. En esa medida, tal vez el curso ideal de este asunto pase por instancias multilaterales en las que, tarde o temprano, se tendrá que poner sobre la mesa la situación de Venezuela, incluida la injustificada detención de Leopoldo López. 

EDITORIAL

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