Editorial: Este año sí fue

Editorial: Este año sí fue

Así, el triunfo de la barranquillera fortalece ese renovado sentimiento nacional.

26 de enero 2015 , 08:42 p.m.

Era una alegría por décadas prometida, pero que fue más de cincuenta veces esquiva: 57 años esperó Colombia para ver de nuevo a una compatriota luciendo la corona que se le otorga a la mujer más bella del mundo. Ese fue el tiempo que transcurrió entre el triunfo de Luz Marina Zuluaga en Miss Universo (1958) y el de Paulina Vega, alcanzado el pasado domingo.

Cada vez que el cetro se le escapaba de las manos a la representante colombiana, aparecía una nueva conjetura fantasiosa que permitía paliar una comprensible decepción. Sobre todo a comienzos de los 90, cuando Paola Turbay, Paula Andrea Betancur y Carolina Gómez ocuparon de manera consecutiva el segundo puesto, que parecía escriturado al país. Seguidilla de virreinas que hizo muy difícil la tarea de contradecir a los que sostenían que a Colombia siempre le faltarían cinco centavos para el peso, sentencia que en ese tiempo fue mantra nacional.

Pero ya no es así. Uno tras otro, están esfumándose esos focos de frustración: Colombia regresó a un mundial, y de qué manera; un ciclista colombiano volvió a ganar una gran vuelta, y ahora una colombiana es Miss Universo. Además de la natural satisfacción que estos logros hacen sentir a los colombianos, es un hecho también que las nuevas generaciones, al acudir a su identidad nacional a ver qué tiene para ofrecerles, encontrarán modelos ganadores en los cuales inspirarse, antes que eternos y recurrentes desengaños que terminaban siendo un serio lastre sicológico.

Y aunque se trata de campos muy diferentes, sí es posible rescatar cómo Paulina, al igual que James, que Nairo y que Mariana Pajón, llegó a la competencia segura de sí y con mentalidad ganadora. Lo que fue, a la postre, uno de los factores que incidieron en la decisión del jurado.

Así, el triunfo de la barranquillera fortalece ese renovado sentimiento nacional. No resolverá los problemas que aquejan al país, pero sí ayudará a que eche raíces un nuevo imaginario, en el que ser colombiano ya no implica arrastrar una pesada carga de nocivos complejos.

EDITORIAL

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