Volver en un ataúd

Volver en un ataúd

Pelear con los extremistas, ellos con fusiles y nosotros con lápices, es una batalla perdida.

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25 de enero 2015 , 10:48 p. m.

A lo lejos se ve el valle de la bella Madrid. El avión se dispone a aterrizar. En el aeropuerto lo esperan sus familiares, a los que no ve desde que viajó a cubrir la guerra en Irak como corresponsal de un diario español. Con él van el director del periódico y otro hombre, su jefe directo. A estos dos hombres se les ven grandes ojeras y la mirada perdida, encharcada en lágrimas.

El brillante y valeroso periodista –que llamaremos Joaquín– llega a Madrid en un ataúd. Como corresponsal de guerra sabía que corría grandes peligros, pero siempre, por amor a su profesión y a la libertad de informar –y denunciar a los opresores-– había ido allí, midiendo sus pasos con cuidado y sopesando siempre cada movimiento con llamadas permanentes a su jefe en la sala de redacción en Madrid.

En la última llamada que tuvo con su jefe, le expresaba su temor de hacer una travesía por la zona donde estaba. Le habían informado sobre la posibilidad de un ataque. Su jefe le gritó que fuera, cojones, que necesitaban ese reportaje.

Joaquín obedeció. A las cinco de la mañana del día siguiente salió en el convoy y, tal y como le habían advertido el día anterior, lo mataron.

El desenlace de la historia es fruto de una cadena de malas decisiones con las mejores intenciones. Porque sí, incluso las buenas intenciones pueden derivar en la muerte de inocentes. El hecho fue un triste recordatorio de que los

ideales tienen límites. De que, aunque queramos hacer un periodismo libre al 100 por ciento, muchas veces tenemos que abandonar un tema, una entrevista, un reportaje de guerra porque puede costarnos la vida.

Pelear con los extremistas, ellos con fusiles y nosotros con lápices, es una batalla perdida. Lo vio con dolor la sala de redacción de ese diario madrileño, que enterró al día siguiente al brillante Joaquín, y lo vio el mundo entero con la dolorosa muerte de 12 inocentes en París en la sede de ‘Charlie Hebdo’.

Con la reciente tragedia parisina recordamos que el mundo no es sino una sucesión de frustraciones y muros, frente a los que vemos chocar nuestros más sagrados ideales de libertad, igualdad, equidad. Y no somos bobos por reconocer esos límites. No es bobo el que evita un callejón donde sabe que atracan; no es bobo el que evita irse de excursión a una zona paramilitar; no es boba la mujer que evita pasar por debajo de un puente solitario en la avenida 26. ¿Estamos feriando nuestros ideales, dejando que ‘ganen’ los violadores y los atracadores si evitamos caer en sus garras?

Un episodio similar al de ‘Charlie Hebdo’ ocurrió en los años setenta en Bogotá con un desenlace distinto. La revista ‘Alternativa’ fue víctima de dos atentados –una bomba en su sede y otra en la casa de uno de sus miembros–, y la reacción de su director, Bernardo García, fue resguardar a su equipo en un lugar seguro para proteger sus vidas.

¿Ferió su libertad de prensa? Tal vez puedan preguntárselo directamente a cualquiera de ellos, pues todavía están vivos. Enrique Santos Calderón fue director de ‘El Tiempo’ al menos una década, Antonio Caballero es columnista de ‘Semana’; Cristina de la Torre, columnista de ‘El Espectador’; Jorge Restrepo, editor en jefe de Lecturas de ‘El Tiempo’ y Bernardo García, el director que les salvó a todos la vida.

Creer que Joaquín debía cubrir la guerra aunque su vida estuviera en peligro o que los caricaturistas de ‘Charlie Hebdo’ debían arriesgar sus vidas por hacer reír a sus lectores es tan inhumano como silenciarlos con una bala en la sien.

María Antonia García de la Torre

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