¿Qué hay en Medellín que no tengamos en Bogotá?

¿Qué hay en Medellín que no tengamos en Bogotá?

No es que los paisas no critiquen, pero rara vez insultan con nombre propio a su ciudad.

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24 de enero 2015 , 08:20 p. m.

He visitado varias veces la capital antioqueña, por trabajo. Y como les prometí, este fin de año preferí hacerlo de turista, para contarles la impresión que genera una ciudad que, de tiempo atrás, muchos ponen como ejemplo de buen gobierno, con visión de futuro y que ha sido rotulada como una de las más innovadoras del mundo.

Que a un ‘rolo’ como yo, bogotano hasta la médula, le estén restregando esto cada tanto no deja de ser jarto. Por eso me fui a recorrer sus calles y parques; sus espacios públicos, sus museos y montañas, a ver si en poco tiempo lograba descubrir el motivo de tanta fascinación. Lo hice a pie, en metro, en cable, en taxi y en carro. Desprovisto de cualquier regionalismo, aunque las comparaciones eran inevitables.

Para comenzar, sentí que el tiempo rendía. Desplazarse a cualquier lugar no tomaba más de 20 minutos. Claro, había olvidado que Medellín tiene 2,4 millones de habitantes y que su área urbana es de 105 kilómetros cuadrados; en cuestión de minutos se conecta con importantes municipios vecinos, gracias a su ubicación –eje de un área metropolitana perfectamente ensanchada y comunicada–, mientras que Bogotá la triplica en población y su área urbana supera los 300 kilómetros cuadrados.

Ya es lugar común decir que el estado de la malla vial de Medellín es envidiable. Y no es que no exista uno que otro hueco, pero hay que buscarlos para encontrarlos. O que su sistema metro funciona como un relojito. O que la gente hace fila sin agredirse, sin avivatadas. La larga cola que me tocó para subir al cable fue otro ejemplo de civismo: en ella se mezclaban la señora de rulos y chancleta de las comunas con turistas gringos, franceses y brasileños que querían gozar de la panorámica de la ciudad y del parque Arví, al final del recorrido.

Y lo que ya es como un sello particular: la pulcritud y el aseo en los sistemas masivos de transporte: sin basuras, ni venteros ambulantes, ni indigentes; nadie osa colarse, por pura vergüenza con los demás, y el día que un violinista quiso tocar en el metro, lo bajaron. Y hubo protestas por el hecho, pero nadie volvió a hacerlo.

Desde el tren elevado se aprecia la ciudad. Era uno de mis planes favoritos: ver las cúpulas de las iglesias, los tejados, las terrazas de las casas con su ropa extendida, la copa de los árboles, la intimidad que dejaban traslucir las ventanas abiertas, las calles de abajo, los avisos de arriba... Los policías bachilleres no son convidados de piedra. Están pendientes de todo. Lo mismo sucede con los auxiliares del sistema metro, con el uniforme blanco y verde.

Pero la ciudad no está libre de problemas. Y problemas serios. En homicidios, que, si bien tuvieron una reducción histórica en el último año (29 por ciento, la mejor cifra en 35 años), la tasa sigue siendo alta: 26,7 muertes por cada 100.000 habitantes; en Bogotá es de 17,4 por 100.000.

El microtráfico y la miseria se evidencian en lugares como el barrio Antioquia, una de las principales ‘ollas’ para el expendio de drogas. O los desposeídos que deambulan a orillas del río, por la autopista Regional. “Y esta es la ciudad innovación”, ironizaba el columnista Fernando Velásquez en El Colombiano.

El otro problema grave es el desplazamiento intraurbano, familias obligadas a cambiar de lugar de residencia por presión de bandas criminales, un fenómeno que, si bien se redujo un 40 por ciento en el último año, siguen padeciendo hoy unas 4.000 personas.

Con el pasar de los días, quise descubrir qué era lo que me generaba tanta zozobra desde el día en que llegué. Y lo descubrí: las motos. Temerarias. Imprudentes. Pueden aparecer por cualquier costado sin avisar. Serpentean por laderas y avenidas en un frenesí que nunca pude entender. En Bogotá son mansas palomas, al lado de estos fugaces personajes.

La reflexión final que uno suele hacerse es la misma con la que se llega: qué hay en esta ciudad que no tengamos en la nuestra. Y la respuesta puede parecer obvia: pertenencia. Una frase expuesta en un centro comercial ayuda a aclararlo: ‘Paisa consume paisa’. O esta otra: ‘Medellinnovation, regálale una idea a tu ciudad’. Siempre se está convocando a la gente para algo. Y en ello ha sido clave la permanente alusión de la Alcaldía en torno a valores que simbolizan la convivencia: vida, equidad, justicia, libertad, responsabilidad...

No voy a caer en la tentación de hacer comparaciones odiosas. Habría muchas cosas para destacar también de Bogotá, lo que sucede es que aquí cualquier idea buena se pierde en la inmensidad de una capital que solo ha encontrado tiempo para quejarse o reprocharse. En cambio, puedo decirles que parte del encanto de Medellín es que la gente, si bien reclama, se ofusca y critica lo malo de su tierra, lo hace con nombre propio: responsabilizan al Alcalde, al secretario, al policía, al vecino... pero rara vez se les escuchará maldecir a su ciudad con nombre propio.

Les cumplí, amigos lectores, aquí está mi mirada particular de una gran ciudad. Y que conste que no me dejé deslumbrar, como decía otra columnista del diario local, Adriana Cooper, del efecto Navidad, cuando todas las ciudades lucen su verdadero resplandor.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
@ernestocortes28

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