El triunfo del lenguaje diplomático, primer logro entre Cuba y EE. UU.

El triunfo del lenguaje diplomático, primer logro entre Cuba y EE. UU.

En la isla ya no se habla del 'imperio', ni del 'criminal bloqueo'. Esperanza de los cubanos.

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24 de enero 2015 , 06:59 p.m.

“Llegó el comandante y mandó a parar”, coreaba una canción de Carlos Puebla sobre el papel de Fidel Castro en la Revolución cubana, cuya subsistencia organizó tras la ruptura de relaciones con Estados Unidos en torno a una confrontación que duró más de 50 años.

En 2014 llegó el general y mandó, seguramente con el conocimiento del primero, a restaurar los lazos rotos. Y como por algún lado hay que empezar, lo primero fue desescalar la guerra dialéctica. (Lea también: Al exilio cubano de Miami lo tomó por sorpresa diálogo Cuba- EE. UU.)

El 3 de enero de 1961, Washington rompió relaciones con el gobierno de jóvenes barbudos que se declararon comunistas en Cuba. Desde entonces en la isla, al referirse al Gobierno estadounidense de cualquier color se hablaba del “imperio”, del “criminal bloqueo”, de la lucha de “Goliat contra David”, de “invasión”, de políticas “genocidas”, de ser “la tiranía mundial”, entre otras. Y así más de 50 años.

Desde que Raúl Castro y Barack Obama sorprendieron al mundo, incluyendo a muchos cercanos colaboradores, con el anuncio del proceso de normalización de relaciones diplomáticas está triunfando el lenguaje diplomático. Primero, las formas de anunciarlo: los dos a la misma hora y por televisión nacional. Como tanto reclamaba Cuba, fue un trato entre iguales. (Lea también: Esperanza y humor, común denominador en Cuba para que la vida cambie)

El alcance, el tiempo será quien lo diga. Pero en la ronda conjunta sobre asuntos migratorios, de cooperación bilateral, y por primera vez para restablecer lazos diplomáticos, quedó clara la voluntad de ambas partes para avanzar como buenos vecinos, cada uno con sus peculiaridades y “diferencias”, pero con “respeto”, “profesionalidad” y sin condiciones ni injerencias. Se expresaron posiciones divergentes en temas como el de los derechos humanos. Pero las dos experimentadas diplomáticas al frente del diálogo, Roberta Jacobson, subsecretaria de Estado estadounidense para América Latina, y Josefina Vidal, directora general para Estados Unidos de la cancillería isleña, se mostraron satisfechas del alcance de lo tratado.

No se esperaba que décadas de enfrentamiento se solucionaran de un plumazo. Pero fuentes cercanas a las delegaciones anticipan que el restablecimiento de embajadas podría concretarse antes de la cumbre de las Américas que se celebrará en abril en Panamá. (Migración sigue separando las posturas entre Cuba y EE. UU.)

Si así fuera, el secretario de Estado John Kerry viajaría antes a La Habana para inaugurarla. Y los presidentes Castro y Obama podrían reunirse oficialmente en la cita panameña.

Sin embargo, eso no implica la normalización plena. Esto es otra historia. Cuba reclama el levantamiento del embargo, la exclusión de la lista de países promotores del terrorismo y las compensaciones para las víctimas de atentados al pueblo y al Estado cubano.

Estados Unidos quiere una democracia participativa, movilidad para sus diplomáticos sin restricciones y compensaciones por las nacionalizaciones.

Mientras eso llega, y puede tardar mucho, los contactos se profundizarán en otras muchas áreas de interés, como el intercambio comercial, el aumento de remesas, la llegada de turistas, la expansión de las telecomunicaciones –mejorando el acceso a la telefonía y a internet– y la solución del problema de las cuentas bancarias del consulado cubano en EE. UU., entre otros asuntos.

El proceso será largo y no estará exento de zancadillas. Palabra Nueva, la revista editada por el arzobispado de La Habana, alertó que “mientras en el exilio hay amenazas de entorpecer el proceso, en la isla no faltarán los ideólogos que continuarán levantando el fantasma del enemigo que nos quiere destruir, ahora con su ‘poder blando’, y tratarán de mantener el pie detrás de la puerta para, al menos, frenar el proceso”.

Lo cierto es que no todos los cubanos están felices. Todavía quedan algunos que dicen desde EE. UU. eso de “No vuelvo mientras viva Fidel” o “por mí que se hunda la isla”.

A esos les molesta que Obama “levante la presión”. Desde dentro del aparato, asusta que de un golpe desaparezca el enemigo eterno sobre el que giraba la existencia. Según la revista católica, el “empoderamiento” que busca EE. UU. debería lograrse “desde adentro, y esto no se logra con arengas anacrónicas, sino con las necesarias reformas internas, ofreciendo desde ya mayores oportunidades, de modo que estemos mejor preparados económica, social y psicológicamente para no tener que poner todas las esperanzas en esas relaciones”.

El camino será largo, pero el disparo de salida está dado. Los cubanos que viven en Cuba dicen con los ojos chispeantes de alegría que no quieren hacerse ilusiones, por si se tuerce, pero que esperan que no sea así y la mejoría se note pronto.

MILAGROS LÓPEZ DE GUEREÑO
Corresponsal de EL TIEMPO
La Habana.

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