Ser hincha del América de Cali se volvió casi un acto de fe

Ser hincha del América de Cali se volvió casi un acto de fe

Una periodista narra sus pesares tras el partido que dejó al club otro año en la B.

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22 de enero 2015 , 09:33 p. m.

La horrible noche de noviembre del 2013 en que el América de Cali se quedó un año más en la B, juré nunca jamás volver a sufrir por ese equipo. Cerré las cortinas y apagué la luz, como diría Charly García.

Estaba sola, en una noche bogotana tan triste que ni siquiera era capaz de llorar. Recordé a Cerati y a su adorado Racing; en una entrevista en televisión, había dicho: “Mucha decepción durante mucho tiempo, a lo mejor la recupero ahora”. Claro, Cerati hablaba de la fe, esa fe de los buenos hinchas que, a la larga, jamás se pierde. Pero esa noche yo no estaba para tener fe. Prometí no volver a sentirme así. Hasta que llegó el domingo 26 de enero del 2014 y el balón, en el Pascual Guerrero, de Cali, volvió a rodar.

Hoy, finales de enero del 2015, y con la última posibilidad que le quedaba al equipo de ascender, la frustración vuelve a hacer de las suyas. Y el sentimiento vuelve igual. Pero esta vez sin el juramento. ¿Para qué jurar su Santo Nombre en vano si ya sé que sufro y voy a seguir sufriendo por este equipo? (Lea también: América ni siquiera tuvo su despedida triunfal)

El América es como un mal amor. De tantas decepciones, uno termina siendo indiferente. Como diría un gran amigo caleño: “Lo peor que le puede pasar a uno en el amor no es el odio, sino la indiferencia”.

Mis papás me llevaron por primera vez al estadio olímpico Pascual Guerrero cuando yo aún no tenía uso de razón. Me sentaban en un asientico de bebé, debajo de las sillas de ellos. Siendo ya una niña, a los 6 o 7 años, el recuerdo que tengo es el de mi papá, un tipo flaquísimo, vestido con un bluyín gastado y la camiseta del América, haciendo la fila conmigo para entrar al estadio. En esa época íbamos a oriental. Y yo alucinaba con las tribunas repletas de banderas rojas.

Los clásicos contra el Deportivo Cali eran lo mejor. Siempre han sido lo mejor. Y la pólvora. Esa explosión que teñía la noche caleña de rojo cuando quedábamos campeones y la ciudad se paralizaba.

Mi papá me habló de la historia. Cuando el equipo se fundó, en los años 20, entró a competirle al Deportivo Cali, el equipo de las élites, que existía desde 1912.

Al comenzar el campeonato profesional, ya en 1948, ambos equipos estaban. Pero el Cali siempre iba en la punta y el América, en la cola. Luego vino la gloria del Deportivo Cali, en los sesenta. Y después, la desgracia del 74, cuando nos enfrentamos por el título y otra vez se lo llevó el Cali.

“Siempre perdíamos”, me contaba mi papá. “Y solo en el 79 rompimos el hechizo. El año en que nació tu hermana”. Seguro para él, el 79 ha sido uno de los mejores años de su vida. El América ganó su primer título y su segunda hija, que es como la luz de sus ojos, nació. Por eso, cuando en mi casa suena la famosa canción Aquel 19, es como si sonara un himno. Siempre, aún hoy, se levantan las copas y se brinda. Es la canción del América. Sí, definitivamente los clásicos contra el Deportivo Cali siempre han sido lo mejor.

Crecí oyendo los partidos por radio (cuando no me llevaban al estadio) y peleando con todos mis tíos y primos, porque mi familia está dividida y la mitad es hincha del Deportivo Cali y la otra mitad, del América de Cali. Mi abuela, que era una racista horrible, era del Cali, porque, según ella, los del América eran “todos negros” (como si los del Cali fueran daneses). Así que –quizás por llevarle la contraria a la vieja, y ya bajo la influencia de mi papá– me volví hincha del América y seré hincha hasta que me muera.

Estuve en varios desfiles en la 5.ª, viendo pasar el carro de bomberos con los jugadores saludando a los hinchas con la mano. Vi mil veces al famoso diablo llevando en alto una bandera roja gigante con todas las estrellas del equipo. Y, como todos, me aprendí las canciones de las barras populares.

La primera camiseta oficial del equipo que tuve me la trajo el Niño Dios cuando yo aún creía en su existencia. Desde entonces, siempre la he tenido. La más reciente la compré para la temporada pasada. Sí, ya estábamos en la B. Y sí, a pesar de eso la compré. Y aún hoy sigo caminando por las calles de Cali con mi camiseta puesta.

Lo que sufrí cuando perdimos contra Peñarol la Copa Libertadores en 1987 no está escrito. Yo era muy niña, pero lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Ya el carro estaba listo, lleno de banderas para el desfile, y hasta mi abuelo materno –que odiaba el fútbol– estaba dispuesto a celebrar el título. Pero ya todos sabemos bien lo que pasó aquel día. Creo que es la peor sensación de derrota que he tenido en toda mi vida. Peor que cuando nos fuimos a la B. Peor que todas las veces que he terminado relaciones con novios o prospectos de novios.

Es la maldición del ‘Garabato’. Por eso no ganamos. Por eso estamos en la B. Por eso hemos quedado cuatro veces subcampeones de la Libertadores.

La maldición del ‘Garabato’ cuenta que en 1948, cuando el equipo entró al fútbol profesional, el odontólogo palmireño Benjamín Urrea, socio fundador del equipo, conocido con el apodo de ‘Garabato’, maldijo al equipo, por estar en total desacuerdo con que el América pasara de ser aficionado a profesional. Luego de varios choques con sus directivos, ‘Garabato’ lanzó la que se convertiría en la peor maldición de nuestra historia: “Que lo vuelvan profesional, que hagan del América lo que quieran, pero juro por mi Dios que nunca serán campeones...”. Esa fue su sentencia. Por eso siempre estamos a un pelito de ganar. Por eso perdemos los partidos en el último minuto. Por eso nos meten goles en el minuto 49. Es como si ‘Garabato’, allá en el cielo (o en el infierno), tuviera en sus manos un muñeco, de esos con los que la gente mala hace vudú, y les clavara agujas a los pies para que los jugadores jueguen mal. Y agujas al corazón, para que los hinchas suframos como condenados. ¡Que en paz descanse ‘Garabato’!

Otros dicen que la culpa es del diablo. Ese diablito que ha estado en el escudo del equipo desde 1940, como símbolo de la fiesta y de la alegría del pueblo. “El América no va a volver a la A hasta que no quiten ese diablo de la camiseta”, me dijo mi jefe, hincha furibundo de Santa Fe.

Con maldición o sin ella, con diablo o sin él, la pasión de los caleños por el América tiene mucho que ver con aquello de que es el equipo del pueblo. ‘La pasión de un pueblo’, dice el eslogan conocido. No es gratuito que la gente le haya puesto la Mechita, apodo que se ganó en la época gloriosa del Deportivo Cali, que ganó en el 65, el 67, el 69 y el 70, y a los hinchas americanos no les quedó otra que el amor por el desvalido. La Mechita. La que jamás ganaba.

Es por eso por lo que el América no es solo un equipo de fútbol. El América es uno de los símbolos de Cali. Y Cali... ¡Ay, Cali! Cali es como poder comer de todo y no engordar; Cali es como estar ligeramente alicorado y feliz; Cali es como el mejor de los amigos de la infancia; Cali es como salir a bailar con el campeón mundial de la salsa; Cali es como el amor afortunado. Cali, con su río, con su olor a flores, con su luz amarilla de las tres de las mañana; con sus hombres, que son los más papacitos de toda Colombia, y con sus mujeres, locas y apasionadas. Y Cali, con su América de Cali.

Mi celular no ha parado de sonar desde el domingo. La gente que me conoce bien sabe que esto es una tragedia para mí. He sido víctima de un matoneo inclemente. Pero resisto. Porque frente a las grandes tempestades no queda otra que resistir con dignidad y entereza.

Resisto como mi papá –que fue el que me montó en este barco de ser americana– y resisto como mi hermano, el mejor hincha del América y el más fiel que conozco. Resisto como todos mis amigos americanos. Como ‘Chucky’ García, uno de los mejores hinchas que conozco, que caminaba desde Cosmocentro hasta el Pascual Guerrero vestido con el uniforme del América (y hasta con guayos puestos), pues pensaba que en algún momento el técnico del equipo miraría a la tribuna, lo vería a él ahí sentado y lo llamaría para reemplazar a algún titular. Resisto como Santiago Pardo, un hincha común y corriente que desde que el América está en la B compra los abonos cada año y viaja en avión o en bus hasta donde sea necesario para alentar al equipo. Resisto como Carlos Moreno, director de las películas Perro come perro, Todos tus muertos y Que viva la música, que en cada película que hace mete una escena en donde aparece el América. Resisto como Stiven Arce, un hincha que tiene escasos 15 años y que estuvo el domingo pasado en el estadio. Sus papás lo dejaron ir, como premio por portarse bien y por ganar el año. Stiven quiere ser futbolista, y cuando está triste se queda en silencio. Sobre el partido del domingo, solo dijo que le conmovió mucho que Lucho, el amigo con quien fue al estadio, no hiciera sino llorar. Él, en cambio, es de los que lloran para adentro. ¡Pobres!

Y resisto como todos los hinchas del América que ven los partidos en los televisores prendidos a todo volumen en Aguablanca, Siloé, La Alameda, Miraflores, San Fernando, San Antonio, San Cayetano, El Guabal, Vipasa, Guaduales, El Limonar, Ciudad Jardín, Pance, el barrio Obrero, Normandía, Santa Teresita, Santa Rita, El Peñón, Granada, La Flora, en la 6.ª, en el parque de Versalles o en la plaza de Caicedo. Porque en Cali se resiste. Y porque los hinchas de este equipo sabemos lo que es eso.

Después del partido del domingo pasado, los hinchas lloramos igual que el protagonista de Defensa de la derrota, uno de los cuentos más famosos de Roberto Fontanarrosa:

“El vencido sacudirá una vez la cabeza, o dos, en agradecimiento, sin hablar, porque una palabra, un gesto amartillado en falso, puede precipitar el llanto. Y el vencido digno no se permitirá llorar ante terceros. Se marchará solo. Se preparará en su casa un café fuerte, negro, espeso y caliente. Se tomará la cara con las dos manos, para apretarse aun más sobre los párpados esa poesía inútil de las derrotas. Para fijarse sobre los pómulos todo el romanticismo suave e impalpable de las derrotas. Se podrá permitir, ahora sí, un gesto nervioso, un puñetazo corto y duro al aire dulzón de la cocina o bien sobre la mesa. Se podrá permitir, ahora sí, llorar con un llanto comprimido, convulsivo, desesperado y hondo contra el marco de la puerta del comedor. Deberá luego lavarse la cara, secarse los ojos con una toalla. Mirarse al espejo preguntándose si tenía realmente necesidad de llorar. Y se sentará en el sillón de mimbre. Tomará su café. No se sentirá tan mal, después de todo”.

Lloramos igual. Pero también entendemos que la vida sigue. Y en el fútbol siempre hay revancha. Así que, dicho esto, ¡larga vida al América de Cali!. Y que el Señor de los Milagros de Buga se apiade de nosotros.

ALEJANDRA LÓPEZ GONZÁLEZ*
Especial para EL TIEMPO
* @lucreciackerman

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