Margoth Leongómez de Pizarro, una madre coraje

Margoth Leongómez de Pizarro, una madre coraje

Su vida estuvo ligada a acontecimientos históricos dolorosos de la segunda mitad del siglo pasado.

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21 de enero 2015 , 10:06 p. m.

Sin haber sido nunca titular de primera plana, Margoth Leongómez de Pizarro sí fue sombra de los hechos de las portadas de los medios de comunicación en varias ocasiones.

Como habitante de este país, en cuyo largo y violento conflicto armado tres de sus cinco hijos son considerados por unos héroes y por otros villanos –víctimas o victimarios–, la suya fue una existencia en la que tuvo que tomar decisiones radicales y afrontar situaciones difíciles y siempre lo hizo con valor, dulzura y, sobre todo, sin juzgar los motivos de los otros: tolerando las diferencias.

No voy a hablar de sus hijos aquí, porque se ha escrito mucho sobre ellos y sus circunstancias, mientras que de ella poco se sabe.

Si tuviera que buscarse una asociación, en nuestro medio, como la de las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina, de inmediato se recordaría la que lideró Margoth de Pizarro con Leonor de Duplat y otras madres de presos políticos, sin personería jurídica ni estatutos, por allá a finales de los años setenta y comienzos de los ochenta y a la que muchos hombres y muchas mujeres le deben la vida, como lo han narrado algunos exguerrilleros del M-19.

Margoth no se cansaba de decirles a sus familiares militares y a quienes la entrevistaban, en esa época, que si sus hijos y los miembros de la guerrilla habían delinquido que los llevaran a la cárcel, los juzgaran, y que no los torturaran.

Lo que vivió y cómo lo vivió se corresponde con la existencia de cientos de mujeres a quienes la violencia golpeó con furia, pero que fueron capaces, y siguen siéndolo, de sobreponerse, de trocar su drama en fortaleza.

Vale la pena recordar, en su nombre, a las madres de los secuestrados, de los desaparecidos, de los jóvenes de los falsos positivos (las madres de Soacha, por ejemplo), los heridos y muertos por las minas antipersonas, los niños y niñas arrancados de su hogar para engrosar las filas de los grupos armados.

El hoy y el ayer

En una época en la que poco se hablaba de los victimarios y menos de las víctimas, en los inicios del siglo XXI, Margoth le hizo una conmovedora confesión a la periodista Patricia Lara, para su libro Mujeres en la guerra: “Todos los días le pido al Señor perdón porque si yo siento tanto dolor, me duele mucho más el dolor que a esas mamás les hayan causado mis hijos”. No era la primera vez que expresaba esos sentimientos de manera tan cruda.

En una entrevista con la revista Semana, en los años noventa, se refirió a la detención de sus tres hijos, Carlos, Nina y Hernando, en 1979: “Nunca supe que mis hijos eran del M-19 hasta lo del Cantón Norte, a partir de ese momento todo ha sido sufrimiento. Sufro mucho con la guerra, con lo que les pasa a esos muchachos y a esos pobres soldados”.

Nunca olvidaba la contraparte. Padecía con el dolor de quienes estaban en el bando opuesto al de sus hijos.

Y fue desde ese momento que Margoth pasó a ser parte del nutrido destacamento de familiares, sobre todo madres que, sin apoyar de manera expresa a sus hijos, sí hacen largas filas y se someten a lo que sea para entrar a las cárceles del país cuando son detenidos; están todos los días con su noches en los hospitales cuando son heridos; no descansan un segundo y tocan las puertas que haya que tocar para que aparezcan con vida o les entreguen sus restos, y son las primeras en llegar a las instalaciones de medicina legal para reclamar sus cadáveres y darles sepultura.

Margoth Leongómez de Pizarro no solo acompañó a sus hijos sino también a compañeros de ellos.

Por ejemplo, hizo guardia en el Hospital Universitario de Cali, los días en que Antonio Navarro Wolff se debatía entre la vida y la muerte, después del atentado que sufrió y del que salió vivo, sin una pierna y con las esquirlas de granada en su garganta.

Margoth estuvo, también, al lado de decenas de mujeres a las que no conocía pero con las que terminó emparentada por la tragedia y el dolor. Su rostro sonriente, su abrazo fraterno y sus palabras dulces ayudaron a pasar horas de inagotable incertidumbre a mujeres de distintos lugares del país y de procedencias diversas.

También alzó su voz, con energía, ante las autoridades en favor de todos los presos políticos.
Pero tal vez su mayor victoria, de la que se enorgullecía y daba gracias a Dios –era muy creyente– cada vez que se acordaba era de haber salvado a Nina de las torturas, su hija menor y la única mujer: la detuvieron embarazada, en 1979.
La intervención de sus parientes militares, sin que ella hubiera tenido que rogarles, fue definitiva para que no le tocaran ni un pelo. No paso lo mismo con su hermano.

Un mundo militar

El ámbito de las armas, de las órdenes, de los grados, de la obediencia, fue, durante la mitad de su vida, el suyo.
Margoth nació en Chile y luego se fue a vivir a Estados Unidos. Su padre, el coronel Eduardo Leongómez Leyva, edecán de los presidentes liberales Enrique Olaya Herrera, Alfonso López Pumarejo y Eduardo Santos, fue Agregado Militar de la Embajada de Colombia en Santiago y en Washington.

Por el lado materno también se oían los sables y se veían las charreteras.

El primo de su madre fue el ministro de Defensa, 1984-1985, Gustavo Matamoros D’Acosta, así como otros parientes, de esa rama de los Matamoros, se cruzaron con su familia hasta encontrar parentesco con un conspicuo general de la guerra de los Mil Días, Carlos Matamoros Sánchez.

Y aunque nunca negó a sus familiares militares, Margoth, cada vez que le daban chance, sacaba a relucir, ufanándose, a sus familiares civiles, como el “tribuno del pueblo” José Acevedo y Gómez, el presidente Ramón González Valencia, tío de su abuela, Virgilio Barco Vargas y muchos ilustres liberales.
Sus novios de adolescencia –tuvo varios que la amaron con locura– no pertenecieron al entorno armado, lo que fue extraño porque los militares suelen emparentarse entre ellos, ya que viven en un circuito muy cerrado: van a los mismos colegios, frecuentan los mismos clubes sociales, su servicio de salud es distinto al de resto de los colombianos, y habitan viviendas construidas solo para ellos.

Su destino estaba marcado y pronto un militar llegó a su vida.

Lo raro fue que ella, de familia liberal, de la “revolución en marcha”, se casara con un conservador laureanista. Sin embargo, el “almirante” o “Johnny”, como lo nombraba, se destacó por un pensamiento y una actuación liberales, muy en contraposición con las de sus correligionarios.

Amor a primera vista

Margoth Leongómez y Juan Antonio Pizarro, nacido en Palmira, se conocieron en Cartagena y se gustaron.

Para ella, según lo relata en el libro que escribió Patricia Lara, fue amor a primera vista porque era muy bien plantado, muy “chusco”, aunque un poco tacaño. Fue el único defecto que le encontró.

Sin embargo, la timidez de él impidió que el romance cuajara, así que Margoth tuvo que esperar una fiesta en Buenaventura para conminarlo y, casi, obligarlo a que la pidiera en matrimonio. Los primeros años de casados los vivieron entre Washington, Cartagena y Cali.

Juan Antonio Pizarro comenzó su carrera militar en 1932, como tantos otros jóvenes, en una época en que el nacionalismo llegó al paroxismo, para defender al país en la guerra contra el Perú.

Luego, sus superiores lo enviaron a Cartagena a fundar la Armada Nacional.

Doña Margot (segunda de izquierda a derecha), con su esposo (primero de la derecha), el almirante Juan Antonio Pizarro, quien llegó a ser comandante de las Fuerzas Armadas.

El almirante Juan Antonio Pizarro llegó a ser el primero y único marino que alcanzó el cargo de Comandante de las Fuerzas Armadas, en el gobierno del liberal Alberto Lleras Camargo, en 1958.

Su carrera fue brillante, llena de hechos y gestos de hombre honesto y recto que nunca cohonestó con conductas irregulares. Su salida de las fuerzas militares lo retrata.
Estando en una especie de exilio en Washington, bajo la dictadura de Rojas Pinilla, ya que el General lo había enviado como delegado ante la Junta Interamericana de Defensa, los hechos de sangre ocurridos en la plaza de Toros de Bogotá en 1957 lo llevaron a renunciar.

Caída la dictadura se reintegró a la Armada.

Debates ideológicos

A su regreso al país, Margoth retomó su carrera como maestra que comenzó en el Colegio Nueva Granada de Bogotá. Fue profesora de inglés en el Colombo Británico de Cali, donde se la recuerda con cariño, como “miss Pizarro”, una de las más lindas profesoras que ha tenido ese centro educativo.

La pareja Pizarro Leongómez se estableció, finalmente, en Bogotá, cuando los hijos entraron a la universidad.
Fue famoso el reclamo que Margoth le hacía al padre Javier Giraldo de la Javeriana: “Yo le entregué a mis hijos conservadores y católicos y usted me los devolvió comunistas y ateos”.

Del mismo modo, han trascendido las periódicas controversias entre Juan Antonio, Eduardo, Carlos, Hernando y Nina con su padre, al calor de unos tragos de ron, en esa época de estudiantes universitarios y de primeras militancias políticas por fuera de los partidos tradicionales.

Discusiones virulentas que, casi siempre, terminaban en carcajadas y cariños de Margoth hacia sus hijos y a su ‘Almirante’, con el que vivió felizmente casada por 37 años.

Una nueva etapa

El entierro del Almirante fue muy triste para Margothh, porque el único hijo que estuvo presente fue Juan Antonio. Vendrían años muy duros para la familia Pizarro Leongómez y por esto, muchas veces, ella, a pesar de la tristeza de estar viuda, se mostraba satisfecha de que su esposo no hubiera tenido que soportar lo que le tocó a ella.

Luego se fue a vivir a una finca, después de haber criado a varios nietos que le fueron encomendados por sus hijos y que ella arropó y protegió mientras sus madres de podían hacer cargo. Fue una época en la que sufrió estigmas y desconfianzas en las instituciones educativas a donde llevaba a los niños, pero a las que plantó cara como siempre lo hizo.

La periodista Patricia Lara escribió un completo y sentido perfil de su vida en Las mujeres de la guerra, editado en el año 2000 por Planeta. El libro presenta cuatro testimonios de mujeres de la vida real, con diferentes experiencias de la guerra, entre ellas el de Margoth.

A partir de la publicación, la consagrada actriz Carlota Llano montó la obra de teatro que lleva el mismo nombre, que le ha dado la vuelta al país. Es un estremecedor monólogo en el se dramatizan episodios de las vidas de colombianas de carne y hueso. Madres, como la Madre Coraje a la que homenajeó Bertolt Brech en su famosa pieza de teatro que estrenó, en 1938, en los albores del nazismo.

Madres, como Margoth Leongómez de Pizarro, símbolo de ese amor materno a toda prueba y qué pruebas las que tuvo que afrontar. Así lo afirma Patricia Lara, quien la trató y conoció en diferentes etapas de su vida: “la guerra le estalló en el corazón a Margoth”.

MYRIAM BAUTISTA
Especial para EL TIEMPO

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