¿Le robaron el celular? Alístese para una tragicomedia en tres actos

¿Le robaron el celular? Alístese para una tragicomedia en tres actos

¿No deberían las operadoras establecer seguros por robo o apoyar más a la víctima del delito?

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21 de enero 2015 , 03:02 p.m.

“Bienvenido a su nuevo Iphone 6. Entre más lo use, más le gustará”. Así decía un correo que recibí en mi bandeja de entrada el martes. Gracias, Apple, por recordarme que hoy hace 14 días compré tu más reciente versión del teléfono inteligente. Y gracias también por recordarme que hace cuatro días me lo robaron frente al Centro Comercial Hayuelos, en el occidente de Bogotá.

La cosa fue sencilla. Un tipo de menos de 20 años pasa en una bicicleta, te ‘aprieta’, te pide el teléfono y desaparece en segundos sin importarle asustar a una niña de 4 años, mi hija, quien desde ya sabe que vive en una Bogotá que de humana tiene muy poco.

Pero bueno, es un caso más, muy similar a alguno de los 30 robos de celulares que, por segundo, se presentaron el año pasado en el país. Porque a septiembre de 2013, según cifras de la Policía, hubo 775.764 teléfonos que quedaron en manos de delincuentes. Para que se haga a una idea del tamaño de la cifra: es como si le hubieran robado el celular a todos y cada uno de los habitantes de Armenia y Pereira juntas.

Solo en Bogotá, hubo 350.000 casos de robo hasta septiembre del año pasado. El equivalente a la población de Neiva, en Huila. Pero la cosa va más allá. Y es el escenario del que poco se habla: el que vive la víctima luego del robo si ha tenido la fortuna, como yo, de salir ileso. Se trata de una tragicomedia en tres actos: impotencia, abandono y ‘resignada esperanza’.

Los días que siguen podrían definirse como de un patetismo casi risible. Es un partido imposible de remontar. El bandido, obvio, logra su botín. Y algo le ganará, porque de lo contrario no robaría teléfonos. La Policía, poco y nada suele hacer al menos en cuanto a reacción inmediata. Al fin y al cabo nadie les va a reprochar si no hacen algún esfuerzo. Está claro que hay prioridades más altas que el robo de un celular. ¿Y el operador? Bueno, tiene una nueva venta asegurada. Y si no vende un nuevo aparato, siempre podrá seguir cobrando la factura. No hay mucho sacudón para ellos.

Mientras tanto el usuario, asustado, endeudado (como muchos compré mi teléfono a cuotas y no he pagado la primera) ofendido e incomunicado, comienza a recorrer el primero de los tres estados: La impotencia.

Como muchas personas, tengo más o menos claro el procedimiento en caso de robo de teléfono: acudir al operador, bloquear la línea, reportar el IMEI (Identidad Internacional de Teléfono Móvil por sus siglas en inglés), y luego usar una de las muchas aplicaciones que permite ubicar el teléfono, bloquearlo y borrar su contenido para solo dejar solo visible un mensaje: “Perdí este teléfono. Por favor contácteme en este número…”.

Al menos, pensará su lado optimista, el ladrón, al no poder usarlo, lo contactará y seguramente de forma descarada le pedirá una ‘recompensa’ por devolvérselo. Pero su lado pesimista piensa otra cosa: sencillamente lo reprogramarán para dejarlo útil de nuevo o, en caso contrario, lo venderán por partes. Busque “reprogramar Imei” en Google… se sorprenderá.

Pero no solo eso. Con esa aplicación logré la ubicación aproximada de mi aparato hurtado. Y estaba muy cerca, en la localidad de Fontibón, en un punto ubicado en la carrera 112 con calle 56. Estaba encendido, quieto y con batería suficiente. Entonces, con fe en las instituciones, decidí acudir a la Policía.

Los más cercanos, después de rebuscar bastante, eran dos patrulleros motorizados que están en la esquina de la avenida Ciudad de Cali con calle 22, a casi un kilómetro del centro comercial. Les cuento el caso y les señalo la ubicación que tengo. La respuesta es inmediata y contundente: “Esa zona es muy complicada, es una olla. ¿No tiene la dirección exacta?”.

La frase cae como un recto de mandíbula al optimismo. Casi hubiera sido preferible que me dijeran “¿no podría ir usted por el ladrón y traerlo?”. He ahí la impotencia en estado puro.

Luego, viene otra perla: “Sin la dirección exacta es muy difícil ir por allá”. Conclusión: No van a ir por esos lados porque es muy peligroso y porque qué se van a poner a buscar donde nada se les ha perdido… al menos a ellos. La impotencia en clímax.

Y de inmediato empieza el segundo estado: El abandono. La sensación de mirar a todos lados y verse pequeño, muy pequeño, solitario, casi náufrago.

Bueno, por el lado de la Policía no se pudo. ¿Qué hacer? Explorar alternativas, explicar el caso y buscar una posible solución con la empresa operadora. Obviamente, y no es culpa de ellos, no tienen ninguna alternativa en casos de robos, al menos así me lo ‘dejaron claro’ en Claro, mi operador desde hace ya bastantes años.

Sería bueno empezar a discutir la necesidad de que todos los operadores del país ofrezcan un seguro contra robo.

No se trata de regalarlo, sino de compartirlo con el usuario, recargar un poco el costo de la factura a cambio de tranquilidad para el usuario. Obviamente, la compensación se haría efectiva, como en cualquier seguro, llenando requisitos estrictos.

Ahora bien, como eso luce casi improbable, habría que explorar otras posibilidades. No hablo de regalar otro aparato a quien fue asaltado, sino de buscar una alternativa de financiación conveniente que permita reponer el equipo por uno igual sin tanto peso para el bolsillo.

Quizá más plazos o cuotas más cómodas para clientes que, como yo, llevamos muchos años, con fidelidad de perrito criollo, amarrados a nuestro operador. Y que nunca habíamos sufrido el robo de un celular. Por supuesto, hablo desde la tribuna del usuario.

Pero no hay nada, en absoluto. Nada de nada. Si lo compró a cuotas, es al contado o llorar. Si lo compró al contado, es el momento de endeudarse, o pagarlo de nuevo al contado y llorar. ¿No le alcanza la plata? Tranquilo. Compre un teléfono más barato, le sumamos ese nuevo costo al caro que le robaron y problema solucionado. Reactivar la línea, eso sí, es muy sencillo.

Y una vez reactivada sigue corriendo la facturación como si nada hubiera sucedido, así usted no tenga un aparato para usarla. Así que, querido amigo, o compra un teléfono o compra un teléfono. Es el clímax del abandono. Está usted atrapado en una rueda de hamster quién sabe por cuántos años.

Así las cosas, como ni me iba a endeudar más ni tengo plata para pagar ‘chan con chan’ tuve que pedir prestado el teléfono de mi esposa mientras decidimos quién, si ella o yo, se mete a estrenar a la fuerza.

Entonces, se quejará, maldecirá, contará su historia mil veces hasta que nadie quiera oírla (una forma de catarsis, al fin y al cabo), le dirán otras mil veces que pudo ser peor y luego se sentará a esperar ese improbable momento en el que el ladrón, cansado de intentar revivir el teléfono, se decida a llamarlo para devolvérselo. Y entonces, en medio de ese pensamiento casi absurdo, estará usted alcanzando el clímax del tercer acto, el de la ‘resignada esperanza’.

RAFAEL QUINTERO CERÓN
Eltiempo.com

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