Cada cosa en su momento

Cada cosa en su momento

Las conversaciones de paz en los términos que el uribismo las pretende resultan imposible político.

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20 de enero 2015 , 10:22 p. m.

El nuevo país se debe construir con el Centro Democrático; la negociación de paz, no. La dirigencia uribista sí quiere la paz, pero no la resolución pacífica del conflicto. Hará lo que pueda para entorpecerla, cual vaca muerta en el camino. Esa es la realidad política.

Le reprochan al Presidente ignorar la versión uribista de la paz negociada; exigen que la escuche. Pero lo hace y lo hace demasiado. Ahí está el error. Solo así se puede entender el discurso confuso del Gobierno. Un día le habla a la mitad del país que votó por la paz; otro día, a la mitad que votó por la guerra. Unos miembros del Gobierno se dirigen a unos colombianos; otros, a otros.

El Gobierno explica lo que no requiere aclaración. El Presidente ordenó el inicio de la discusión sobre el cese del fuego bilateral porque este constituye un punto de la agenda. No hay nada más que decir.

Todos los procesos de paz se dan en medio de sociedades polarizadas y el ataque a los diálogos constituye parte del quehacer legítimo de la fuerza opositora. Pero el espacio de control político está en el Congreso, y el Gobierno no debe dejar que la oposición le constriña su margen de maniobra en La Habana.

El apoyo que el Centro Democrático le brinda en la teoría al principio de la paz negociada no se traduce a la realidad de estos diálogos de La Habana. Constituye un recurso táctico, pero no un compromiso estratégico, que solo aspira a detener su imagen de “enemigo de la paz”.

Las conversaciones de paz en los términos en que el uribismo las pretende –la paz impuesta por el Estado desde la mesa de La Habana– resultan un imposible político. El expresidente Uribe y sus aliados políticos lo saben. El discurso de la “paz condicionada” les rinde y continuarán elevando la vara.

Contra toda lógica humanitaria, el Centro Democrático rechaza el cese bilateral previo a la firma del acuerdo final. No deberá sorprendernos cuando, con las firmas estampadas, demanden su suspensión hasta la refrendación. El Gobierno no debe entrar en el juego de la fijación de fechas. Antes o después del acuerdo final, el cese bilateral y definitivo del fuego se dará cuando las garantías estén dadas. Así se resume la única explicación necesaria.

El uribismo siempre encontrará una razón para atacar, detener o demorar los avances del proceso de paz. En consecuencia, debe ser tratado como un saboteador del proceso de paz.

En 1997, el profesor Stephen Stedman, de Standford University, definió el concepto así: saboteadores son aquellos líderes que, al ver su poder, su visión del mundo y sus intereses amenazados por la negociación de paz, utilizan la violencia para perjudicarla. Se olvidó Stedman de agregar otros tipos de medios ilegítimos.

Las señales del saboteo del uribismo al proceso de paz están en la entrega de coordenadas de operativos militares, la revelación de información confidencial y los vínculos con los espías declarados.

No pueden reclamar incidencia en la mesa quienes aspiran al fracaso de la mesa. A las víctimas uribistas de las Farc sí hay que escucharlas, pero por su condición de víctimas y no por sus simpatías políticas.

Con la desaparición de las Farc como fuerza armada, el uribismo tiene todo que perder y nada que ganar. Pero el Centro Democrático no será un saboteador permanente. Una vez en posconflicto, el uribismo tendrá incentivos para reencauzar su agenda de mano dura hacia otras amenazas armadas. Entonces sí podremos pensar un nuevo país en conjunto y estaremos todos unidos por un interés común: el cumplimiento del acuerdo de paz. Cada cosa en su momento. 

Laura Gil

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