El golfista que pasó de jugar en los potreros a los clubes exclusivos

El golfista que pasó de jugar en los potreros a los clubes exclusivos

Carlos Mario se inició como cadi en un programa de inclusión social de prestigioso club de Medellín.

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20 de enero 2015 , 09:55 p. m.

De chico, mientras sus amigos jugaban al fútbol, Carlos Mario Vásquez Vásquez veía a los profesionales jugar al golf, a través de la reja que separa al tradicional Club El Rodeo de Medellín de un populoso barrio del suroccidente de la ciudad.

Cada tarde salía de su modesta casa, situada al frente de la cancha de fútbol del barrio Belén El Rincón, la misma en la que se formaron futbolistas como Víctor Hugo Aristizábal, para buscar el mejor puesto y aprender las jugadas de los expertos.

La vivienda, que construyó su padre, un obrero de la empresa Corona, era pequeña, de tres habitaciones, el piso revocado y las paredes en ladrillo. Luego, con el esfuerzo de algunos de sus ocho hermanos, levantaron un segundo piso.
Solo había balones de fútbol, no pelotas de golf. El pequeño televisor se lo turnaban para ver películas americanas y partidos de fútbol. Más tarde, Vásquez heredó la plancha del tercer piso, en la que construyó el apartamento donde vive hoy.

De tanto ver por la reja, él y un puñado de niños de escasos recursos económicos del barrio se enamoraron de ese deporte, que hasta principio de los 90 parecía destinado solo a la gente más adinerada de la ciudad.

Ellos fueron en su mayoría beneficiados por un programa social del Club El Rodeo, orientado a apoyar a jóvenes para que continuaran estudiando y obtuvieran un sustento económico derivado de una actividad, por lo general el oficio de cadis.

“A los 12 años estudiaba en el colegio Octavio Harry, en Belén, y trabajaba como cadi. Nunca me sobró nada. Mi madre murió y mi padre respondía por ocho hijos. No había forma de darles gusto a todos”, recuerda.

Cuando tenía 17 años, su novia quedó embarazada. Hoy le enorgullece saber que Yenny Gutiérrez sigue a su lado y es su gran admiradora.

“Cada Día del Padre me regala dos tacos de golf. Lo hace aun sabiendo que por jugar, muchas veces me ausento por un tiempo”, exclama.

Tras pasar casi 20 años, Vásquez regresó al club. Pero esta vez para competir, codo a codo, con los más grandes. En julio del año pasado logró el primer puesto con la segunda categoría, mid-amateur.

El reporte de las directivas del torneo daba cuenta de que Vásquez, el humilde campeón de golf, “cabalgó sin afanes hacia el triunfo, con un total de 248 impactos (+32)”. Esa tarde dominical, la segunda casilla, en una importante recuperación, la reclamó Carlos Fernando Restrepo con un score final de 83 golpes.

“Trabajaba en un negocio de lácteos que abrí y por las tardes venía y practicaba. Luego me entraron las ganas de jugar en canchas de verdad, y ahora muchos de los que fueron cadis conmigo son profesionales”, afirma.

Recuerda que empezó a jugar ese deporte a los 12 años. Hoy tiene 39 y cuenta que ha ganado 10 torneos en Medellín, y en la segunda categoría del golf quedó de primero, compitiendo con jugadores de otras ciudades.

Entre sus más importantes conquistas están los torneos élite de los años 2010, 2011 y 2012 en el Club El Rodeo. Ese mismo 2012 ganó el abierto en ese mismo campo en categoría aficionados y consiguió otros dos campeonatos empresariales en el club La Macarena de Llanogrande en el 2010 y 2011, así como un Long Drive, por ser el jugador que más fuerte le pegó a la bola en el hoyo 18.

Su nombre ya figura en las listas especializadas en Colombia, como en la del Golf Tour 2012 de El Rodeo en la categoría caballeros. “Ha sido difícil por el factor económico, pero no me siento discriminado por los competidores. Claro que, como en todo oficio, hay personas complicadas y elitistas que se tienen que contrarrestar con honestidad, respeto y cultura”, afirma.

Del camión al campo de golf

Aunque conserva su humildad, el aspecto de Carlos Mario es el de un golfista de élite y con muchos millones de pesos en sus cuentas bancarias. Nos obstante, los sacrificios para poder ser competitivo en el deporte que lo apasiona no han sido menores.

Tiene cuatro hijos, de 12, 15, 18 y 23 años de edad. Admite, con resignación, que no se interesaron por el golf; por el contrario, los dos menores juegan en las divisiones inferiores del equipo de fútbol Deportivo Independiente Medellín.
En un pequeño furgón, cada mañana, distribuye alimentos lácteos por diferentes tiendas de Medellín. Con lo que gana compra los implementos para llegar a los campos de golf y no ser inferior a sus competidores ni en la pinta.

“El golf es costoso, la ropa que se utiliza también. Por una pinta –camiseta, pantalón, zapatos y gorra– he pagado hasta 700.000 pesos. El juego de 14 palos vale más de 3 millones de pesos”, confiesa, en tanto admite que, aún, sus logros en ese deporte no le dan para subsistir: “No lo hago para vivir sino por el deporte. He ganado algunos premios en torneos empresariales y de la Federación, pero no juego por la plata, lo hago por participar y estar activo”.

A diferencia de otros deportes en Colombia, en el golf no ser rico representa un obstáculo casi insuperable para competir a nivel profesional. Según expertos en ese deporte, practicar en un campo en Antioquia cuesta hasta 135.000 pesos. Una docena de bolas valen 120.000 pesos y una camiseta, 80 dólares.

El tema monetario ha sido, según Carlos Torres, coordinador operativo de golf en el Club El Rodeo, la principal limitante de Carlos Mario.

“Él –anota Torres– y otros jugadores humildes se inician como cadis en el golf. Algunos tienen la fortuna de contar con la ayuda de los socios que apoyan sus carreras”.

Al timón de su camión en el que distribuye productos lácteos en Medellín, Vásquez se gana el sustento de su familia. David Sánchez / EL TIEMPO​

Técnica por lo alto

A pesar de que sus entrenamientos y competiciones no son con la frecuencia que desearía, Carlos Mario Vásquez considera que su nivel de juego es bueno.

“Mi estilo –describe Carlos Mario– es sencillo; me gusta ser práctico y no sufrir por un golpe. He mejorado mi juego y quiero ser siempre campeón”.

Con su apreciación coinciden los expertos que lo vieron jugar en El Rodeo, La Macarena y otros campos de Armenia y Manizales.

“Juega bien –señala Torres–. Tiene un hándicap 8–9, que para el nivel de aficionado es bueno. En los torneos abiertos e internos siempre ocupa los primeros puestos”.

De acuerdo con los registros de El Rodeo, Carlos Mario es un pegador largo y con un score de 75 y 76. Aún está por debajo del de los profesionales, pero compañeros y directivas del club lo destacan por “su comportamiento honesto e intachable en el campo de juego”.

Recorriendo su pasado

Hace una pausa en su vida de profesional y recorre las mangas, peladeros y potreros de su barrio, donde, de adolescente, practicaba el golf con sus amigos. “Esto ha cambiado mucho”, dice con sorpresa mientras sostiene con su mano derecha una tula con tres tacos de golf.

A su alrededor, 15 años después, en el suroccidente de Medellín, solo hay urbanizaciones. Rememora –agradecido– la labor de un apasionado de ese deporte: Fermín Loaiza, quien descubrió el improvisado campo donde de chicos practicaban, ante la sorpresa de vecinos, y la presencia de vacas y caballos que pastaban allí.

“Este era un lote extenso sin construir a donde llegábamos casi todos los días cuatro o cinco amigos a jugar. Por años esta fue nuestra cancha, nuestro club”, enfatiza, antes de golpear la bola que se pierde entre los árboles que circundan los prominentes edificios de lo que ahora es el exclusivo sector de la Loma de los Bernal.

La nostalgia no lo detiene para continuar sus sueños. Vásquez quiere que su historia se repita en los cientos de niños pobres de su barrio. Para ello, está convencido de que se necesita que tanto autoridades como empresarios lo apoyen.
“Deben creer en los cadis humildes y apasionados por el golf –clama–, para que los dejen practicar y tengan acceso a los campos. Yo no soy de ningún club, pero aprendí a jugar por fuera”.

Y confiesa que por el oficio de cadi le pagaban 40.000 pesos en una ronda de cinco horas.

“Mi anhelo es practicar bastante para poder jugar torneos con los grandes profesionales del país”, acota.
Concluye, con orgullo, que aún vive en el humilde barrio donde creció y se enamoró del golf.

Apoyo a camadas de cadis

El campo de golf del club El Rodeo de Medellín, al suroccidente de esta ciudad, se creó en 1952 a tan solo unos metros de donde hoy está el aeropuerto Enrique Olaya Herrera. Actualmente sigue siendo uno de los terrenos más importantes para la práctica de este deporte, con dos campos de 18 hoyos reglamentarios, avalados por la Federación Colombiana de Golf.

A mediados de los años 80, las directivas del club decidieron, como labor social, vincular como cadis en los campeonatos de golf a niños de la zona marginada aledaña al campo.

Más de un centenar de menores fueron beneficiados, por medio de ese programa, con estudio y recursos económicos para que pudieran contribuir con sus hogares.

A mediados de los años 90 el furor por este deporte se fue propagando por el humilde sector de El Rincón, que no ha sido ajeno a las confrontaciones de pandillas. En parqueaderos y terrenos baldíos, cada vez más era más frecuente ver a los niños con palos de gol y bolas practicando ese deporte.

Pero la construcción de urbanizaciones de estrato medio en esos terrenos fue acabando con la posibilidad de que personas de escasos recursos pudieran seguir practicando.

“En Medellín hay muchas personas a las que les gusta el golf, pero por falta de oportunidades no pueden practicarlo; y en esto, si no tenés plata, no podés jugar. Ahora solo hay chanchas de fútbol”, señala Carlos Mario Vásquez.

VÍCTOR ANDRÉS ÁLVAREZ C.
Corresponsal de EL TIEMPO

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