Entrevista en BOCAS: Las carreras del general Rodolfo Palomino

Entrevista en BOCAS: Las carreras del general Rodolfo Palomino

El director general de la Policía Nacional es experto en tiro, paracaidismo y amante del deporte.

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20 de enero 2015 , 03:21 p. m.

El general Rodolfo Palomino es un experto en tiro. Es paracaidista profesional. Es amante del deporte, corre todos los días y es fanático del ciclismo. Cuando niño vendía atados de cebolla y zanahoriaen la plaza de su natal Bolívar, Santander. Estudió interno en San Gil y se hizo policía hace 36 años. No le caben las condecoraciones en el pecho (tiene 95) y 110 felicitaciones especiales es su hoja de vida. Combatió a los paramilitares en los Montes de María y a la guerrilla en Guaviare, una zona donde casi lo matan: una vez le derribaron un helicóptero en el que viajaba y otra cayó con su familia en un retén de las Farc. Es el director general de la Policía Nacional que hoy enfrenta uno de los mayores retos de su carrera: la mala hora de la institución que ha sido cuestionada, entre otras cosas, por corrupción y colaboración con grupos ilegales.

Por Jorge Quintero / Fotos Pilar Mejía

Al general Rodolfo Palomino le gusta correr. Casi todos los días se levanta a las cuatro de la mañana para hacer 10 kilómetros. Corre en la vía que está entre Barbosa y Vélez, en Santander, cuando está en Bucaramanga; en el alto de Patios, en La Calera, cuando está en Bogotá; por la orilla del malecón, cuando está en Cúcuta, y sobre la avenida Santander cuando está en Cartagena. Cuando sale del país también corre. El mes pasado, en el segundo día de la cumbre de Interpol, en Mónaco, corrió 10.19 kilómetros. Así está registrado en Runtastic, la app que usa para medir sus carreras.

Pero el deporte favorito del general es el ciclismo, y los fines de semana, cada vez que puede, hace 120 kilómetros. A sus 57 años, a veces usa la bicicleta para llegar al trabajo, a la dirección general de la Policía en Bogotá, adonde llega antes de las 6:30 de la mañana. A esa hora se programa su primera cita. La última, sin embargo, depende de lo convulsionado que esté el país.

Normalmente no llega antes de la media noche a su casa y cuando llega, ya ha recorrido entre tres y cinco ciudades de Colombia. Asiste a consejos de seguridad. Va a zonas donde se ha presentado algún atentado o asesinato de policías, se reúne con alcaldes, gobernadores y líderes gremiales. Viaja en el avión privado de la Policía. Lo llama el presidente –muchas veces, incluso en un día–, y también el ministro de Defensa y los medios de comunicación. Su rutina es más o menos la misma hace ocho años. Y hace ocho años no toma un solo día de vacaciones.

Entre 2007 y 2012 ha tenido los cargos más altos de su carrera: comandante de la Policía Metropolitana de Bogotá (2007), comandante de la Policía de carreteras (2009), comandante de la Policía Ciudadana (2011) y director general de la Policía (2013).

Son 36 años de carrera en los que ha hecho de todo: fue jefe de seguridad del Concurso Nacional de la Belleza y supo lo que es pegar un botón, coger un dobladillo y escuchar a una reina que, por teléfono, le pedía ayuda para salir de un aprieto por conducir borracha. “Por supuesto que la reina no me volvió a hablar”, dice Palomino, que se negó a interceder por la “miss”. Fue ayudante de un coronel en Tuluá, Valle, y terminó siendo su concuñado: se enamoró y se casó con la hermana de la esposa del coronel. Persiguió ladrones en el centro de Bogotá, estuvo en la selva: En los noventa se enfrentó con la guerrilla en Guaviare y Caquetá, combatió a los paramilitares en los Montes de María, Bolívar; cayó con su familia en un retén de las Farc, y enfrentó una docena de emboscadas. También sobrevivió, en Guaviare, a la caída de dos helicópteros en pleno vuelo.

El general camina tranquilo, erguido con sus 1,82 metros de estatura. Habla despacio y en un tono pausado, hasta cuando está bravo –sus subalternos dicen que nunca dice groserías y que saben que está enojado cuando los empieza a llamar “Papá lindo”–. Aunque es serio, sus charlas contienen anécdotas divertidas y, por lo general, empieza o termina sus frases con un dicho popular. Palomino, el quinto de 12 hermanos, dice orgulloso que es de origen campesino (nació en Bolívar, Santander), que vendió cebollas y zanahorias en la plaza de mercado cuando tenía doce años. Y asegura que no se estresa nunca porque hace mucho ejercicio.

Pero los últimos meses han sido distintos. Ha tenido que enfrentar una seguidilla de escándalos que salpican a la institución por casos de corrupción, desde un coronel que sindican de colaborar con narcos, hasta un intendente que supuestamente ayudó a las Farc a atacar la isla de Gorgona. En el Congreso tuvo que responder por la compra de unas armas alemanas que salieron dañadas y hace un par de días le tuvo que poner la cara al país por un robo a una estación de policía en Bogotá. En esas carreras anda por estos días el general.

¿Tiene buena puntería?

Sí, siempre la he tenido. Fui un gran tirador. Cuando fui agregado de Policía, en México, por ejemplo, participé en un concurso de tiro, con distintos países y ganamos para Colombia, como los mejores tiradores.

¿Ha matado a alguien?

Nunca.

¿Ha estado cerca de la muerte?

Sí. He caído en más de una emboscada. Solo en un año que estuve en San José del Guaviare, la guerrilla nos tiroteo once veces los helicópteros en los que nos movilizábamos, es más, en dos ocasiones nos los derribaron.

¿Cómo fue eso?

Una vez íbamos en un helicóptero con dos turbinas y nos dispararon en una, con fusil, y la inutilizaron. Eso fue en límites entre San José del Guaviare y Caquetá. El operativo empezó a las 4:30 de la mañana, cuando recibimos el aviso de la llegada de un avión a una pista clandestina. Me fui con nueve policías y justo al llegar a divisar la pista, nos dispararon. Recuerdo que el helicóptero caía casi como si fuera un piano. Y nos empezamos a lanzar, por tandas de tres por un costado y dos por el otro. Ya en tierra, el agente que estaba a mi lado me dijo: “Cúbrase”, y yo llamé a quien tenía la ametralladora, que era un agente Grajales, y me gritaron: “él ya está herido, mi capitán”, y claro, eso era grave, porque el mejor hombre es el que lleva el arma, afortunadamente los otros nueve nos logramos organizar y contener esa que pudo ser una emboscada. Finalmente pudimos destruir el avión, que tenía 500 kilos de clorhidrato de cocaína. Una persona que logramos capturar después, nos decía: “Pidan apoyo porque los van a matar, son más de 40 guerrilleros que hay ahí cuidando ese avión”.

¿Lo hirieron?

No, no, por fortuna.

¿Lo han herido alguna vez?

Nunca.

Usted lleva 36 años como policía, ¿todavía recuerda cuál fue su primer arresto?

Eso nunca se olvida. Fue durante mis prácticas de vigilancia como cadete, como alférez, yo debía tener 20 años y estaba en la avenida Caracas con calle Décima, muy cerca de la sexta estación, una zona peligrosa de Bogotá, y ahí vi cómo le rapaban el reloj a una señora, y no me faltaron pies para correr. Capturé al ladrón y luego hice que la señora pusiera la denuncia.

¿Cuál fue su primer gran logro?

Haber logrado la recuperación de un camión con un cargamento de aceite comestible. Eso fue en Cartagena, en la Sijín, que en ese entonces se llamaba F2. Logramos constatar que se trataba de un autorrobo y hablamos con el conductor quien nos aceptó que le estaba robando al mismo dueño de la carga. Este sujeto pensó que nos iba a poder comprar y nos ofreció, en aquella época, 500.000 pesos, para que lo dejáramos ir. Nosotros pudimos recuperar la carga, judicializarlo por el hurto y de paso por soborno.

Foto: Pilar Mejía

¿Lo han intentado sobornar en otras ocasiones?

Muchas veces. El policía debe blindarse contra eso y la sociedad debe ayudar. No hay un funcionario a quien la delincuencia pretenda seducir más que a un policía; el policía tiene que estar blindado contra el soborno. Y esto es en todo nivel, en la medida que se va ascendiendo, el nivel de riesgo va creciendo.

A propósito de sobornos y corrupción, me dijeron que una vez le tocó dormir tres días cuidando un cargamento de dinero de una caleta de mafiosos…

Eso fue un caso muy importante, pero no tuvo mucha trascendencia. Ocurrió cuando yo era comandante de la Policía de Bogotá: en un apartamento del norte de Bogotá encontramos varios “alijos” de dinero, como una caleta, con más de 7.000 millones de pesos. Ese día, un mayor, que fue el que encontró el dinero me llamó y me dijo: “Mi general, por favor, véngase ya hasta acá porque esto es mucho dinero, yo no sé cuánto sea, pero es mucho. Venga mi general, que esto es una tentación”. Cuando yo llegué allá vi por qué el mayor estaba tan preocupado, tan angustiado. Entonces me tocó quedarme tres noches, sin retirarme. Tuve que dormir, literalmente, cuidando esa plata. Me tocó estar ahí, como centinela, día y noche, hasta que se contó en su totalidad ese dinero. Eran dólares, euros y pesos colombianos. Luego nos los tuvimos que llevar con una fiscal para el Comando de la Policía en Bogotá y finalmente se los entregamos al Banco de la República, que nos los recibió en depósito. Ahí por fin descansé. Gracias a esa custodia exhaustiva no hubo ningún inconveniente, porque un caso de estos no deja de ser un dolor de cabeza.

Cuénteme de otro intento de soborno…

Una vez en una pista clandestina en límites entre Guaviare y Vaupés encontramos un avión del narcotráfico y capturamos a unos bandidos, uno de ellos, que aceptó que ese avión era para transportar droga, me dijo: “Mire, yo aquí le ofrezco 50 millones de pesos para usted y 50 millones más para su gente”. Y la respuesta fue capturarlo y, en su presencia, tener el placer de incinerar esa aeronave que estaba al servicio del narcotráfico.

¿Qué es lo más cerca que ha tenido a la guerrilla?

Más que cerca yo he estado en manos de la guerrilla. En una oportunidad, el 10 de junio de 1992, yo iba en mi carro con mi esposa y mis dos pequeños hijos, íbamos de vacaciones, y caímos en un retén de los que habitualmente hacía la guerrilla en aquella época. Afortunadamente, habíamos recibido instrucción de cómo actuar y sobre el alto riesgo de poder caer en esos retenes. Yo iba de civil y me hice pasar por vendedor de plantas eléctricas, porque estábamos en una temporada de racionamiento energético. Y con esa fachada logré preservar nuestra vida y nuestra libertad, porque ese día, de ese sitio, de ese retén, se llevaron a cuatro personas secuestradas.

Me dicen sus amigos y su familia que una de las cosas que más le molesta es la mentira, hace poco, Iván Márquez, el guerrillero de las Farc dijo, desde La Habana, que usted era un mentiroso, ¿qué sintió?

Ahí uno dice: al bagazo poco caso. Yo pienso que si Iván Márquez le dice a uno mentiroso, pues a quién cree usted que le van a creer los colombianos, a quien ha asesinado a tantos compatriotas o a quien ha ayudado a preservar tantas vidas. La respuesta todos la sabemos. El país me conoce, me ha visto trabajando, pero ahí sí como decía mi abuelo: “Muéstreme un mentiroso y yo le muestro un ladrón”.

¿Por qué le molesta tanto la mentira?

Donde yo me crié, donde yo nací, donde pude tener la semilla de mis valores, esos que siguen guiando mi actuar hasta hoy, siempre se le rindió y se le rinde culto a la verdad. Yo nunca vi a mi papá firmar una letra o firmar un pagaré, siempre sus compromisos fueron absolutamente honrados con la palabra. Mi papá era el hombre más honesto, más transparente y más fiel que yo pude conocer.

¿Era campesino o comerciante?

Mi papá es de origen campesino, se crió en una vereda, Lajaseca, de Bolívar, Santander, donde nací yo. Tenía una finca, que era de labranza, con el cultivo de maíz como base fundamental, pero también fue comerciante, cuando vendió la finca abrió un almacén de telas en Bolívar, el pueblo. Era muy curioso, él permanecía en el almacén, pero no era muy diestro para recordar los precios, entonces llamaba a mi mamá con mucha frecuencia. Y el negocio tenía un plus, que mi mamá era modista. Muchas de las personas que compraban un corte de tela lo hacían con la condición de que mi mamá les hiciera las prendas de vestir. Le compraban los viernes, día de mercado, pero mi mamá cosía toda la semana. Recuerdo que lo hacía a la luz de la vela, en un comienzo, y al pedal de la máquina. Mi mamá duraba muchas horas pegada a esa máquina, a veces se quedaba dormida y se clavaba la aguja.

¿Cómo era ella?

Demasiado severa, siempre afanada porque uno hiciera las cosas bien, porque hubiera un buen rendimiento académico, porque hubiera respeto en la casa. Ella no toleraba, por ejemplo, que peleáramos entre hermanos. Imagínese usted cómo era la vida de ocho hombres y cuatro mujeres, nosotros éramos doce hermanos en una sola casa, pues claro, por cualquier cosa había controversia.

Y les hacía la ropa…

Sí, y la de mucha gente del pueblo. A mí me tocaba ya de segunda mano, porque yo era el quinto de los doce hijos. En casa jamás faltó absolutamente nada. De hecho, nos llegaron a considerar ricos porque a mis tres hermanos mayores los mandaron a estudiar al mismo tiempo a La Apostólica, que era uno de los mejores colegios de Santander, que quedaba en Zapatoca. Ese esfuerzo que hicieron nuestros padres, guardadas las proporciones, es equivalente a enviar hoy a un hijo a estudiar al exterior.

Usted estudió interno…

Sí. Yo me conseguí una beca en el colegio San José de Guanentá, en San Gil. También uno de los mejores, y ahí estudié interno casi todo el bachillerato, y después de salir de ahí me presenté a la Escuela General Santander. Los mejores recuerdos de esa época de internado, porque lo que se hacía era estudiar y hacer deporte.

¿Es verdad que de niño vendió cebolla en la plaza de mercado de su pueblo?

Sí, desde muy pequeño fui buscando escenarios de trabajo. Que es algo que yo les digo a mis hijos, cada peso que uno tenga, lo más hermoso es haberlo ganado. Que se lo regalen a uno eso no tiene mucha significación. Los días jueves llegaban muchos campesinos al pueblo y una parte de la casa estuvo mucho tiempo adecuada como una bodega, y en esa bodega almacenábamos cebolla, que era de campesinos que la dejaban a guardar para el día de mercado. Mi papá me dejaba alquilar un pedazo de esa bodega para que ellos guardaran el producto. Y a mí me llamó la atención el negocio, entonces compraba por bultos y lo vendía por atados, en la plaza. Lo disfrutaba mucho.

Cuénteme cómo era usted hace 25 años…

El Palomino de esa época era un subteniente muy acucioso, estaba en la Escuela de Policía de Tuluá, el director era un señor teniente coronel Eduardo Cotrino. Yo, por las enseñanzas de mi casa, era muy dedicado y me fui ganando el respeto del coronel. A mí me decían en la casa: “Haga bien las cosas, sea juicioso, dese a querer y haga algo útil”, y eso hacía. Buscaba mantener un buen desempeño.

Y terminó de concuñado del coronel, ¿cómo fue eso?

Sí, fue en unas vacaciones que vino una niña (Eva), que era la hermana de la esposa del teniente coronel Cotrino. En algún momento ella necesitó ir de la escuela al pueblo y yo estaba por ahí, como siempre, disponible y solícito, entonces me pidieron que la acompañara y yo la acompañé y la invité a comer helado. Y ahí empezamos a hablar. Cuando terminó sus vacaciones nos hicimos novios por carta y luego por teléfono. Era una niña muy bonita (de buen gusto sí he sido) y resultó todo como el dicho ese de que: “Matrimonio y mortaja, del cielo bajan”. Pues nos casamos.

Su esposa Eva dice que usted es un policía de 24 horas, ¿hace cuánto no toma vacaciones?

Tengo varios días acumulados. Creo que mis últimas vacaciones fueron en el 2004. Ah… sí, hace como diez años. Y en el 2006 estuvimos en la costa unos días, hace como ocho años.

¿Por qué no descansa, hasta el presidente está reclamando vacaciones?

Lo que sucede es que en ciertos cargos que uno ha tenido, por un lado, tiene uno la oportunidad de sentirse realizado, realizado profesionalmente en el cargo, y por otro, uno está en una responsabilidad y una dinámica institucional tan exigente que impide las vacaciones.

¿Le ha tocado perderse un evento muy importante?

Muchos, claro, pero yo siempre he encontrado la comprensión de mi familia. Y no solamente soy yo el que me pierdo de cosas, yo soy quizá el que menos, mire los agentes, los patrulleros, que muchas veces se privan hasta de ver nacer a sus hijos, pero esto hace parte del sacrificio que hay que hacer.

Cuénteme uno de esos eventos a los que no fue por estar de servicio…

De pronto, hace unos días mi hijo, Iván Andrés, cumplió 30 años, pero yo estaba atendiendo unas cosas del servicio y no pude ir. Pero le envié una nota y parece que esa terminó siendo una cosa muy simpática en la reunión. La leyeron en voz alta.

¿Y qué decía?

En resumen, le recordaba las travesuras de su infancia y le expresaba el reconocimiento por sus logros académicos y laborales. Y al mismo tiempo lo invitaba a que diera el paso a la autosuficiencia y a la independencia.

¿Usted tiene tres hijos, uno adolescente, qué opina de la legalización de la marihuana en el país?

Mire, a mí me parece insólito que algunos hablen dizque de marihuana con fines recreativos. Yo lo que sé, y lo que he visto, es que la embriaguez por drogas impulsa a unos comportamientos desadaptados que ponen en riesgo la vida de las personas, tanto del que consume como de sus potenciales víctimas. Yo pienso que lo ideal es que no haya consumo, porque buena parte del consumo se surte bajo la seducción y esto impulsa, además, a otros delitos como el hurto.

Definitivamente no le suena la legalización…

No, no en este momento.

Hablemos de los diálogos de paz con la guerrilla, ¿le cree a la paz?

Nadie como un policía para anhelar la paz. Para mí es muy triste ver el asesinato de nuestros policías.

¿Pero sí le cree a este proceso?

Nosotros le apostamos a la paz, porque la paz es la victoria de quienes luchan como nosotros por el país. Tanto esfuerzo que hemos hecho como policías será justificado si somos capaces de heredarles a nuestros hijos un país en paz.

A propósito, ¿qué pasó en Gorgona?

Que las unidades que protegen la reserva natural del parque isla Gorgona fueron atacadas con explosivos por el frente 29 de las Farc y que, infortunadamente, en estos hechos resultó asesinado el teniente John Suárez Carvajal, el comandante de este puesto de Policía. Aquí lo que ocurrió fue el caso del típico Judas, porque encontramos que en este ataque, al parecer, hubo colaboración de un policía que les dio información a las Farc.

¿Qué está pasando en la Policía, que va de escándalo en escándalo, como la reciente captura de 19 policías en Medellín por colaborar con narcos?

Mire, los casos en donde ha habido evidentes casos de corrupción o desvanecimiento ético de algunos de nuestros hombres, la denuncia la ha hecho la propia policía que, de manera autónoma y por su propia iniciativa, las ha develado. Y así como dice el himno de mi departamento, “frente a la corrupción ni un paso atrás”, cuantos aparezcan se van y no solo de la policía, se van a donde tienen que estar, a la cárcel.

Usted está instaurando un discurso sobre la felicidad, ¿ese es su antídoto contra la corrupción?

Queremos que el policía se sienta realizado como ser humano en su servicio hacia los demás, que con su trabajo logre su realización profesional. Y la sociedad tiene una gran responsabilidad en esto, con la valoración del servicio del policía, que el policía sienta que el ciudadano valora que él expone su vida con responsabilidad porque le nace servir.

Foto: Pilar Mejía

Muchos se quejan de los sueldos, ¿se puede ser feliz sin plata?

Jamás la falta de dinero puede justificar la corrupción. Y a mí me parece que hay muchas cosas que le pueden dar a uno felicidad. Felicidad es tener uno la capacidad para disfrutar lo poco o mucho que tenga y, especialmente, la capacidad de compartir. Yo nunca he podido ver a alguien solo siendo feliz. Aquí hacemos cosas de mucho valor para la vida, por ejemplo la felicidad de rescatar a un secuestrado o rescatar a un niño: nada le da a uno más felicidad que poder rescatar y entregar un niño en los brazos de sus padres, eso sí es felicidad.

Para la felicidad del policía y el apoyo de la comunidad tienen una barrera hoy y es la mala imagen que tienen para muchos colombianos, a veces ven a un policía y piensan: me viene a pedir plata…

Eso no es así, por lo menos no en todas partes del país. Yo creo que en muchas ciudades las comunidades se despachan en elogios y halagos a la labor policial.

¿No cree que hay corrupción en la Policía?

Infortunadamente sí la hay, eso es un hecho probado, pero la estamos combatiendo. En lo que va del año ya hemos destituido a 234 uniformados.

La senadora Claudia López dijo en el Congreso que la Policía había estado protegiendo a alias Marquitos Figueroa, el delincuente de La Guajira...

Como dice el dicho: nadie sabe la sed con la que otro bebe. Llegar a un bandido de estos no es nada sencillo. Pero lo agarramos. No en vano hace unos días condecoramos con el presidente Santos a los oficiales que participaron de esta captura. Cómo sería de compleja que un capitán tuvo que disfrazarse de indigente durante cinco días, soportando temperatura ambiente de 43 grados centígrados, allá en Brasil, para coger a este bandido.

Entonces, la policía no colabora con los delincuentes…

Se presentan casos, eso no se puede negar. Pero somos los primeros en combatirlos. Esa ha sido mi bandera en la institución.

¿Usted ha estado investigado?

No. Jamás he estado en problemas legales.

La senadora Paloma Valencia lo cuestionó a usted por la compra de unas pistolas alemanas, ¿qué fue lo que pasó?

Sencillamente que uno como comandante debe estar dando explicaciones sobre distintos tópicos que son de la preocupación del Congreso y de los colombianos.

Hubo corrupción ahí…

Jamás, en lo más mínimo.

Pero ¿qué fue lo que pasó?

Lo que pasó es que se adquirieron unas armas y, imagínese, de 120.000 que se compraron, menos del uno por ciento resultaron con una novedad, con una corrosión en una de sus partes, en el ánima del cañón. Son observaciones que, seguramente, en otras instituciones o en otros países donde hayan podido comprar el arma, son tomadas como normales, porque están dentro del margen, pero aquí hemos sido extremadamente rigurosos, fuimos muy exigentes en nuestro control de calidad, por tratarse del dinero de los colombianos. Estas novedades que allí se registraron ya fueron subsanadas.

¿Por qué le dan tan duro, a la Policía y a usted, las senadoras Paloma Valencia y Claudia López? ¿Lo toma como un ataque personal o político?

No, de ninguna manera, no creo que exista nada personal, yo ni siquiera lo imagino. Lo que yo sí creo es que ellas, como todos los colombianos, quisieran tener una policía de la cual se sientan cada vez más orgullosos. Y estamos trabajando en ello.

La policía les acaba de autorizar a todos sus miembros dejarse el bigote, ya no será usted el único…

Pues ojalá no sea el único. Y ojalá, con bigote o sin él, estemos pensando siempre en la seguridad de los colombianos.

 

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