Secciones
Síguenos en:
El gestor cultural que dio visibilidad a la herencia afrodescendiente

El gestor cultural que dio visibilidad a la herencia afrodescendiente

El vallecaucano Germán Patiño Ossa padre del Petronio Álvarez falleció el pasado domingo.

notitle
Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
19 de enero 2015 , 10:22 p. m.

El vallecaucano Germán Patiño Ossa, fallecido en la noche del domingo en Cali, por complicaciones en una cirugía de alto riesgo, fue el padre del Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, fundado en 1997 en honor al compositor de los versos de Mi Buenaventura. Para entonces, Patiño ya había investigado y escrito sobre música y su nombre era sinónimo de autoridad cuando se hablaba de historia de la cultura vallecaucana.

En realidad, no había área de la cultura en su región en la que no hubiera dejado un proyecto o una huella, incluso en el cine. Así lo afirma Sonia Serna, amiga personal y discípula suya en la investigación y promoción de la gastronomía local, campo en el que Patiño también dejó un legado, pues fue el área que más investigó en los últimos años.

“Era una biblia de la cultura vallecaucana –resalta Serna–; un pensador de peso no solo en materia de cocina, sino en la cultura y el folclor. En la cocina hizo mucho, pero en la música lo dio todo al dejarnos el gigante que es el Petronio Álvarez”.

En contraste con lo dicho por Serna –que no es distinto a lo que dicen quienes fueron testigos de su trabajo como gestor cultural–, Patiño Ossa, nacido en Cali en 1948, se definía a sí mismo, simplemente, como un investigador.

“He sido investigador –le dijo a EL TIEMPO en el 2011–. Mi tema es la historia de la cultura. He trabajado mucho en la música, pero dejé ese tema a un lado porque siento que tengo deficiencias en el conocimiento dentro de ella”.

Y que fuera precisamente el fundador de un festival musical tan importante quien declarara tener “deficiencias” podría sonar como una falsa modestia, pero no era su caso. Más bien, Patiño Ossa era riguroso, meticuloso en su trabajo. “Muy minucioso –cuenta la también investigadora cultural Soffy Arboleda–. Siempre que se metía en un tema, buscaba hasta llegar a lo más profundo. Era un investigador como pocas veces tuvo el Valle del Cauca”.

Y se ve en la explicación que él mismo daba sobre los motivos que lo alejaron de escribir más sobre temas musicales:
“La música tiene claramente un lenguaje técnico y hay cosas que hay que saber o no se puede escribir –decía–. Uno oye una canción y puede estar en tono mayor o menor y si uno no lo sabe, no puede contarlo. Me produce risa la cantidad de escritores de música a los que he puesto frente a un tema musical y les pregunto ‘¿En qué tono está?’ y no saben qué es un compás partido o si está en tres octavos. Yo lo estudié y lo supe, pero me quedaba difícil ser preciso”.

Otro de sus temas, quizás desde el principio, fue la literatura. De hecho, Patiño era licenciado en literatura de la Universidad del Valle. “En eso me desenvuelvo mejor –decía– y definitivamente, por experiencias personales y por una concepción de lo que es cultura, encontré en la cocina un punto importante para descubrir las relaciones sociales de los hechos históricos, la simbología cultural que subyace en cada plato de comida, porque no es una mezcla de ingredientes sino una creación humana, el resultado de una relación entre seres humanos”.

En cada tema que abordó siempre exaltó la herencia negra. Porque había nacido en la capital del Valle, la que definió en su momento como “la capital de los negros en Colombia”, la que mostraba su raza en cada edición del Festival, la que decidió despedirlo ayer, en el Teatro Municipal Enrique Buenaventura de Cali, con cánticos de alabaos, tal como las comunidades del Pacífico despiden a sus seres queridos.

Y es que dejó al Petronio Álvarez –según sus propias palabras– convertido en “el encuentro más importante de las comunidades afro en América Latina”. Al mirar atrás, el fundador recordaba que el encuentro había nacido de “la necesidad de crear una interacción del interior del país con el Pacífico colombiano” y que se había convertido en la segunda fiesta más importante para los caleños después de la Feria de Cali. El sueño que tenía era verlo convertido en un referente de carácter mundial.

El festival que Patiño fundó le rindió homenaje en 2012. Archivo / EL TIEMPO

Desde los fogones

La lengua y la cocina eran para Patiño elementos esenciales de la cultura, por la identidad que les dan a los pueblos: “Si en cualquier parte del mundo ves a alguien comiendo pandebono, sabes de inmediato que es vallecaucano”, explicaba. Era tal su fascinación con el tema culinario, que el oírlo hablar era casi contagiosa.

“Recuerdo de él numerosas charlas en las que nos transmitió la forma como se enamoró de la cocina, gracias a la sazón de las nanas negras que tuvo en su infancia –resalta la chef Catalina Vélez–. Nos invitaba a ver la gastronomía como una manera de entender quiénes somos”.

Y si hubo un galardón que reconoció su minucioso trabajo en investigación en cocina fue el Premio Andrés Bello de Memoria y Pensamiento Iberoamericano, en el 2006, en la modalidad de ensayo, por el libro Fogón de negros –que al año siguiente ganó un reconocimiento entre las categorías de los Gourmand Cookbook Awards–.

En su momento, Patiño explicó las razones de su enfoque hacia la herencia negra, que bien podrían aplicarse a todo su trabajo investigativo: “Lo de la cocina negra es porque vivo en una región donde la afrodescendencia es notoria y, además, porque esa influencia abarca la cocina colombiana como un hecho cultural”.

Entonces, pasaba a demostrarlo, contando la historia: “La influencia negra está presente en Colombia desde el Descubrimiento. La población africana estuvo esclavizada por españoles y portugueses desde antes. La relación de confrontación entre españoles e indígenas llevó a que desconfiaran desde el principio los unos de los otros, algo que viene hasta hoy. Es un estigma de la Conquista que todavía vivimos. En cambio, la relación del negro y el español era más antigua y estrecha. La esclavitud siempre da una relación más estrecha y ese contacto más fluido influyó en la cocina colombiana”.

Y explicaba que las mujeres negras fueron las dueñas de la cocina durante todo el periodo colonial y los inicios republicanos, sobre todo en regiones donde se concentró en esta población: el Caribe y el Pacífico.

“Aún usted va a un restaurante indonesio en el barrio Granada, en Cali, y las que cocinan son negras vallecaucanas. No ve usted ningún malayo. La cocina sigue en manos de la afrodescendencia en la mayor parte del territorio nacional y, sobre todo, en regiones donde más emigró esta población”.

El negro, según su investigación, aprendió de las comunidades indígenas qué alimentos había, cómo prepararlos y transformarlos. “Ese conocimiento extraído del indígena fue llevado por los negros a las mesas del amo blanco y a su vez lo aprendían las mujeres europeas. La mezcla de esto dio origen a la cocina criolla colombiana. Por eso, llamo a mi libro Fogón de negros, porque es el fogón que origina toda la cocina colombiana. Toda es toda, incluso en regiones donde no fue tan notoria la mano afrodescendiente”.

Y lo ejemplificaba en las hierbas y otras preparaciones que están presentes, con diversas modificaciones en platos como los sancochos que están presentes a lo largo y ancho del país.

Sin embargo, cuando recibió el homenaje central en el Congreso Nacional Gastronómico de Popayán, en el 2008, también afirmó que en materia de cocina, “a los indígenas les debemos todo y no les hemos reconocido nada”.
Patiño también había estado absorto en la búsqueda de información sobre las bebidas y aguas ardientes locales, el estudio de tradiciones ancestrales relacionadas con ellas, incluida la chicha indígena, los jugos, los chuyacos y los champuses.

Y manifestaba su preocupación por el enfoque dado a la gastronomía en medios e investigaciones, porque, en lugar de mirar la tradición y la cultura, “nos dejamos deslumbrar por el medio de los restaurantes y hay algo que no puedo dejar de decirle –insistió una vez en una entrevista–. Es algo que repito mucho cuando hablo de cocina colombiana: quienes estudiamos más el tema y lo investigamos, debemos primero que todo combatir el hambre. No tiene sentido discutir sobre las delicadezas de una espuma de cualquier ingrediente, cuando uno sabe que hay poblaciones enteras de niños malnutridos, muertos de hambre. Primero hablemos de cómo se resuelve el hambre y luego de delicadezas culinarias”.

Había pasado por diferentes cargos en gestión de su departamento: fue gerente cultural de la Gobernación del Valle, Secretario de Cultura de Cali (en este cargo participó en la constitución de los estudios de grabación Takeshima, donación del Gobierno Nacional y la colonia del Japón), fue gerente de Telepacífico y creador, incluso, de concursos de narrativa.

“Era una persona vital para el Valle del Cauca, de un dominio maravilloso del idioma, muy estudioso, no dejaba las cosas a medias”, resalta Soffy Arboleda, quien recuerda haberlo conocido desde siempre, pues era amiga de la infancia de la madre de Patiño.

“La última decisión que tomó fue la de hacer exactamente lo que quería hacer: se retiró de todas las juntas y cosas que podían representarle alguna obligación, para dedicar todo su tiempo para sí, y poder investigar y ahondar en los conocimientos que le apasionaban”.

Arboleda –que es también una autoridad en el tema del arte y la gastronomía– recuerda haber estado sentada junto a él todo el tiempo durante la primera edición del Petronio: “En esa época, mis nietos estaban chiquitos y él les mandó hacer unas marimbitas de madera y todo para que aprendieran a tocar al igual que los marimberos grandes”.
“Era un verdadero investigador, como pocos que hemos tenido en el Valle del Cauca –añade–. Yo diría que el otro investigador grande que tuvimos fue Barne Cabrera. Basta leer Fogón de negros y se darán cuenta exactamente de lo que Germán buscaba y la seriedad con la que trabajaba”.

La despedida

“El Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez ha quedado huérfano. El fallecimiento de Germán Patiño es una pérdida para nosotros como ciudad, como región”, dijo la secretaria de Cultura de Cali, María Helena Quiñónez.

El féretro descansaba ayer en el Teatro Municipal y el ingreso se hizo en medio de una calle de honor que músicos, gestores culturales, funcionarios de la Secretaría de Cultura de Cali y la ciudadanía le rindieron entre las 3 de la tarde y las 10 de la noche de ayer.

Este martes, en la mañana, los restos de Patiño serán velados en la Funeraria In Memóriam, en San Fernando, en el sur de Cali, y su sepelio será hoy en la tarde, en el Cementerio Metropolitano del Sur. Su cuerpo será cremado.
Por su parte, la ministra de Cultura, Mariana Garcés Córdoba, anunció que se le otorgará de manera póstuma la condecoración ‘Medalla al Mérito Cultural’.

Los restos de Patiño estuvieron ayer en cámara ardiente y recibieron el homenaje musical de los músicos del Pacífico. Santiago Saldarriaga / EL TIEMPO

LILIANA MARTÍNEZ POLO
Cultura y Entretenimiento

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.