Oriente y occidente, juntos por la música

Oriente y occidente, juntos por la música

Habla Kudsi Ergüner, flautista turco que estuvo en el Festival de Música de Cartagena.

17 de enero 2015 , 06:21 p.m.

Ya en camino a la calurosa Cartagena, a donde trajo su música sufí, Kudsi Ergüner supo del terrible atentado contra Charlie Hebdo en París, ciudad en la que el musicólogo turco se estableció desde hace décadas y donde creó el Instituto Mevlana para el estudio de las artes sufíes, que son una de las bases del Islam. Llegaría a Colombia, a un festival dedicado a la música del Mediterráneo, coincidiendo con el caldeado ambiente antimusulmán que inundó al mundo hace unos días.

Por eso, este intérprete de la flauta ney, un instrumento ligado a la memoria del imperio otomano y de la filosofía del Islam, sabía que además de envolver a su público en estos sonidos ancestrales también tendría que explicar que no todo musulmán es malo y que el valor de las artes islámicas es tan amplio como la historia misma de la humanidad.

“Ustedes admiran a un dios, nosotros admiramos a un dios, y eso nos hace iguales”, advirtió en un conversatorio con el crítico Diego Fischerman, ante un público ansioso por explorar el tema, en la novena edición del Festival Internacional de Música de Cartagena.

Ergüner se crió en Estambul, ciudad que ha sido puente de centenares de músicas (como lo reseña el premiado documental Crossing the Bridge, de Fatih Akin, del 2005). Allí, creció en una familia que aún conservaba la tradición de la flauta ney, resguardada por sus abuelos. Y las mixturas con Occidente lo han llevado a poner su sonido en trabajos tan intensos como Passion, el álbum de Peter Gabriel.

“Hoy, el papel del malo se lo dan a los musulmanes, pero no podemos borrar de un manotazo 15 siglos de civilizaciones, una gran literatura, textos y ciencia –expone Ergüner, en entrevista con EL TIEMPO–. El mundo europeo descubrió la filosofía griega gracias a los textos árabes, así que no hay que reducir todo a unos pocos locos que disparan”.

De hecho, este festival evidenció ese giro histórico en el que Europa acogió a la cultura otomana hacia finales del siglo XVII, después de haberles temido tanto, en una hibridación cultural sorpresiva. Llamaron ‘turquerías’ a todas aquellas apropiaciones de lo turco, desde la llegada del café –al que los europeos llamaban ‘el jugo marrón’– hasta las sedas de colores que no había visto una sociedad que se vestía siempre de negro.

“Hubo una moda de cultura, de manera de vestir, como un orientalismo fantástico –rememora Ergüner–. La música también lo vio. Europa tuvo miedo de los otomanos hasta el siglo XVI. Una vez las guerras comenzaron a ser ventajosas para Europa, la ‘turquería’ se convirtió en algo curioso. Ya no era temor al otro, sino curiosidad sobre cómo vivía”.

Durante sus presentaciones en Cartagena (aquellas que se hicieron fuera de los escenarios convencionales), fue común ver a espectadores de guayabera conectados con su música, bailando y llevando el ritmo con las palmas. No por nada la presencia sirio-libanesa (les llamaban ‘turcos’) se siente viva en la región.

Para él, es una nueva definición de la música, que cada vez es más el lenguaje universal: “Hoy, mucho del arte, el cine, la música, la pintura, tiene más que todo la función de la diversión. Uno va al cine a pasar un buen momento. La música también se ha convertido en algo así, hay una concepción de la música como solo para pasar un buen momento. Aun si se toca un repertorio que lleva a la gente a que reflexione, la gente tiende a ir hacia una actitud de olvido. En nuestra tradición, la música es para recordarle al hombre la verdad y no para olvidarla”, sostiene Ergüner.

En sus repertorios aparecieron piezas como Rembetiko, que hace parte de la película del mismo nombre (1983), de Costas Ferris, pero también hubo composiciones singulares que demuestran ese diálogo con Europa, como la obertura La italiana en Argel, de Rossini, y se unió al Ensamble Mediterráneo, de Italia, en una interpretación sin fronteras.

Para él, en el ámbito de la música ya no debería aplicar el concepto de países: “En mi ensamble (de cinco integrantes) hay un músico griego, que forma parte de mi mundo. ¿Un japonés que toca Chopin es japonés o austriaco? En su esencia cultural es austriaco, pero en su apariencia es japonés (...) Hoy, pertenecer a un país ya no es lo importante, sino pertenecer a un mundo cultural”.

CARLOS SOLANO
Subeditor de Cultura
Cartagena.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.