La iglesia del Voto Nacional

La iglesia del Voto Nacional

Presentación del libro 'La paz y el Sagrado Corazón.

16 de enero 2015 , 05:21 p. m.

En una ya célebre reflexión sobre el valor simbólico de los objetos, elaborada en el marco del discurso inaugural de su exposición sobre Walter Benjamín, el filósofo alemán Rolf Tiedemann escribió: “Si nuestra exposición no puede mostrarles ningún objeto material concreto de la existencia de Benjamín es porque no hay nada de ello.

Nada semejante nos ha llegado de Benjamín. Cartera, gafas y pipa figuran en un informe de 1940 de la policía española de frontera, y fueron encontradas junto con algunas otras cosas junto al cadáver de Benjamín. Estas cosas existieron en algún momento, y hoy ya no existen.

Como tampoco existen el puñal de plata de la Rusia Soviética, la pequeña fuente azul de porcelana de Delft y el cenicero con los gallos de los que Benjamín había dispuesto ocho años antes, cuando escribía su testamento del año 1932. Ninguno de estos objetos ha llegado a las manos del heredero al que habían sido destinados”.

Este extraviado destino de los objetos parece ser una de las características de nuestra modernidad. Que muy pocos objetos lleguen a las manos del heredero al que habían sido destinadas, implica no solo la violencia que desvió ese destino, propia de nuestro tiempo, sino, también, la definitiva pérdida de la alteridad donativa de los objetos de nuestra cotidianidad, la definitiva pérdida de su potencialidad simbólica.

Con toda evidencia la lúcida reflexión de Tiedemann apunta no solo a la causada desaparición de, por ejemplo, las gafas y la pipa de Walter Benjamín, sino sobre todo apunta a su consecuencia: esos objetos, gafas y pipa y también la pequeña fuente azul de porcelana de Delft y el cenicero con los gallos, han sido despojados de su capacidad de significar algo más que ellos mismos, significar simbólicamente a Walter Benjamín (“lo eterno”, escribió Benjamín una vez, sería “más un plisado en el vestido que una idea”).

Algo parecido sucedió con la constelación de objetos que configuran la Basílica Menor del Sagrado Corazón de Jesús: vitrales del coro, fachada y reloj mecánico, pinturas al óleo y murales, capillas, cúpula, transepto, columnas, escaleras, esculturas, mosaicos del piso, retablos, lámparas y candelabros, constituyen un símbolo. Configuran, en suma, el Voto por la Paz Nacional y la consagración de Colombia a la protección del Sagrado Corazón de Jesús. Debemos preguntarnos con honestidad si tal herencia llegó a las manos del heredero al que habían sido destinadas.

La labor que ha emprendido el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural en relación con la Basílica Menor del Sagrado Corazón de Jesús (que supone, además de la publicación de este libro, el reforzamiento estructural de la Iglesia, la restauración integral de la misma, el plan de conservación preventiva de sus bienes muebles y el diseño del espacio público de la Plaza de los Mártires) no pretende, simplemente, dar respuesta a esta crucial pregunta. Se trata, más bien, de establecer las condiciones justas de posibilidad de la respuesta.

No se tratará aquí solo de una serie de operaciones de identificación, restauración y protección de objetos y edificios, cuyo cometido buscaría convertir el conflictivo pasado en un presente artístico desde donde contemplar la belleza del objeto retraído en su antiguo fasto. Hay algo más en cada objeto que su simple pasado, reposa en cada objeto aquello que la cosa había de llegar a ser; reposa, en suma, en cada pasado un futuro y ese futuro exige ser redimido.

Pensando en las miles de víctimas de violencia en nuestro país cuyas manos hubiese debido llegar la herencia de paz que la Basílica Menor del Sagrado Corazón simboliza, no nos queda más que porfiar en una política de la memoria que reconoce que el pasado no está constituido por lo acaecido sino, fundamentalmente, por lo que resta, por una herencia que exige ser destinada.

Bajo esta perspectiva de una exigencia ética de memorabilidad el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural ofrece a los lectores este libro, reiterando las palabras que Giorgio Agamben nos dejó consignadas en El tiempo que resta: “la exigencia de permanecer inolvidable.

Naturalmente esta exigencia no significa simplemente que cualquier cosa –que ha sido olvidada- debe tornar de inmediato a la memoria. Se refiere a todo lo que, en la vida colectiva como en la individual, está siendo olvidado en cada instante. Lo que exige lo perdido no es el ser recordado o conmemorado, sino el permanecer en nosotros y con nosotros en cuanto olvidado, en cuanto perdido, y únicamente por ello, como inolvidable”.

MARÍA EUGENIA DELGADO

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