En la entraña del sadismo

En la entraña del sadismo

Una muestra que explora un pensamiento y comportamiento extremos.

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16 de enero 2015 , 12:02 a. m.

ARTE

 “Entrégate, Juliette, entrégate sin miedo a la impetuosidad de tus gustos, a la sabia irregularidad de tus caprichos, a la fogosidad ardiente de tus deseos; caliéntame con sus desviaciones, embriágame con tus placeres"

(Sade, ‘Historia de Juliette’, 1797).

Es uno de los tantos fragmentos de las obras del Marqués de Sade (1740-1814) que estructuran y le dan orden a la exposición “Sade, atacar el sol”, que se presenta en el Museo de Orsay de París. Toda las letras de estas inscripciones son huecas y los bordes están quemados, insinuando que las láminas de madera sobre las que se encuentran han sido violentamente descerrajadas. Por supuesto este efecto no pretende ser solamente decorativo; de hecho, es un gesto estético que va en concordancia con el espíritu del llamado ‘Divino marqués’.

Su nombre, como el de pocos, se convirtió en un término y un concepto, por cuenta del psiquiatra austriaco Richard von Krafft-Ebing, que a partir de la publicación de Psychopatía sexual, en 1886, empezó a designar como sádicos los comportamientos “espantosos”, “depravados”, las “desviaciones morales” y las “aberraciones excesivas”, ligadas a prácticas sexuales “crueles” y/o “degradantes”, en las que el placer resulta de sufrimiento inflingido a otro.

Sin embargo, fue desde mucho antes, cuando todavía vivía el marqués, que se le empezó a considerar como un monstruo temido y antisocial. De hecho fue a partir de su primera detención, en 1763, que adquirió la fama de antinatural, por haber cometido “una impiedad horrible” con la prostituta Jeanne Testard. En otra ocasión se le acusó de “sacrílego libertino”, en otra más de “rapto y tortura” y en una siguiente de sodomía, a lo que se sumó el hecho de haber ofrecido a dos prostitutas pastillas afrodisíacas; una de ellas enfermó y eso le valió un juicio por envenenamiento.

Sceno Sade 4 Nicolas Krief.

Así se podría continuar la lista de imputaciones que lo retuvieron en prisión la mayor parte de su vida, pues según cuenta Emmanuel Pierrat, abogado especialista en derecho de edición y de censura, en el suplemento ‘Sade, el insoportable’, el marqués pasó más de 30 años encarcelado, tanto por sus comportamientos excesivos, como por sus ideas y escritos, considerados altamente escandalosos. Es el caso, entre muchos otros, de su novela La filosofía en el tocador, en la que sostiene que “una chica hermosa solo debe preocuparse por fornicar y jamás por engendrar”.

Pero fue justamente tras las rejas, es decir privado de toda posibilidad de placer, que escribió la mayor parte de su obra, una de las más destacadas 120 días de Sodoma o la escuela de libertinaje, creada hacia 1785, en la prisión de Bastilla, sobre un rollo de 12,10 metros de largo, escrito por ambas caras, en hojas de 11 centímetros, que él mismo pegó una tras otra y supo salvaguardar en su celda. Esta ‘joya’ de la literatura, censurada desde su primera publicación y polémica hasta hoy, también se exhibe en estos días en el Instituto de Letras y Manuscritos de París, con ocasión del bicentenario de la muerte del ‘divino’ marqués: el 2 de diciembre de 1814.

Sobre los juicios a los que fue sometido y la privación de la libertad, él mismo escribió en su novela epistolar Aline y Valcours: “De todas las leyes, la más horrible indudablemente es aquella que condena a muerte a un hombre que no ha hecho más que ceder a inspiraciones más fuertes que él”. Pero fue la filósofa Simone de Beauvoir quien, años después, no dudó en asegurar en su ensayo ‘¿Hay que quemar a Sade?’, que “a la prisión entró un hombre y de la prisión salió un escritor”.

Delacroix. 'La muerte de Sardanápalo (boceto), 1826. Óleo sobre tela. París, Museo del Louvre, departamento de pinturas, legados de la condesa Paul de Salvandy, nacida Eugénie Rivet, 1925, RF 2488. Foto: RMN-Grand Palais (Musée du Louvre) / Jean-Gilles Berizzi

Ante la envergadura, la influencia y los ecos de la obra de Sade, los curadores de la exposición de Orsay explican en uno de los catálogos que su propósito fue mostrar la relación esencial entre los escritos del marqués y las artes visuales. Para ello se guiaron por una de las principales búsquedas del escritor: el lugar irrepresentable del deseo, una inquietud cercana a muchos de los artistas presentes en la muestra. Con 7 salas temáticas y obras de diversas épocas, entre las que se destacan obras de Picasso, Ingres, Molinier, Belloc, Carpeaux, Fragonard, Vallotton, Lafréri, Bellmer, Ernst y Ray, la exposición deja ver los cambios estilísticos y plásticos que generó el pensamiento de Sade en el siglo XIX y parte del XX. Lo esencial fue la manera como se fueron borrando los límites de la representación y los artistas tuvieron que arreglárselas para encontrar formas capaces de expresar visualmente algo tan intangible como el deseo. Al mismo tiempo, tuvieron que enfrentarse a la pregunta de cómo mostrar el cuerpo humano, no solo como un lugar de belleza y contemplación, sino también como el centro en el que confluyen el deseo y la violencia de fuerzas cotidianas que lo alteran, sacuden y cambian. Igualmente como lugar de éxtasis y excesos, de mutaciones infinitas, de ensoñaciones eróticas y de la absoluta voluptuosidad, comparables todas solamente con una enciclopedia de pasiones y con un abanico de fantasías y fantasmas.

Sin embargo, dicha influencia no se puede rastrear de manera muy evidente puesto que en el siglo XIX los libros de Sade existían solamente en ediciones clandestinas, aunque numerosas y no solo de sus novelas sino también de su correspondencia. Se sabe que artistas como Goya, Füssli, Delacroix y Rodin, presentes en la muestra, pudieron leerlo, al igual que Baudelaire, Goethe, Flaubert, Mirbeau y Huysmans.

“Diciendo eso que no se quiere ver, Sade va a incitar al siglo XXI a mostrar eso que no sabe todavía decir”, sostiene la curadora Annie Le Brun al explicar cómo se llevó a cabo la selección de las más de 500 obras de la exposición, que incluyen fotografías, fragmentos de películas, pinturas, dibujos, esculturas, piezas icónicas, ediciones ilustradas de sus libros y otras imágenes licenciosas de imaginería popular.

Se trata de una exposición que invita al espectador a transitar por los bordes y las fronteras transgresoras del deseo, pues tal como asegura Laurence des Cars, uno de los comisarios de la exhibición, ese recorrido y esa exploración por lo marginal es lo que permite acercarse “poco a poco hacia el centro de la representación con el surrealismo, para el cual el deseo es un gran inventor de formas”.

MELISSA SERRATO RAMÍREZ
París

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