Larga vida, pero útil

Larga vida, pero útil

14 de enero 2015 , 08:06 p. m.

Prolongar la vida es uno de los objetivos más perseguidos por la humanidad. De ahí que a su búsqueda se dedique mucha investigación y se destinen recursos en campos diversos que, a juzgar por los resultados, empiezan a producir efectos acelerados.

De acuerdo con un estudio publicado en la revista The Lancet la semana pasada y realizado en 188 países, en el mundo la esperanza de vida pasó de 65,3 años en 1990 a 71,5 años en el 2013. Fue el mayor crecimiento de esta variable en los últimos 50 años.

A lo anterior se suma otro informe, de la Organización Mundial de la Salud (OMS), presentado en Ginebra el año pasado, en el que se reportaron un crecimiento similar y una edad alcanzable en promedio para los hombres de 68 años y de 73 para las mujeres, siendo Japón la nación (de las 199 analizadas) donde las personas viven más (84 años): 87 años las mujeres y 80 años los hombres.

En ese contexto, la población colombiana ha ganado una media, nada despreciable, de 8,5 años de vida desde 1990. Hoy, los hombres llegan a los 76 años y las mujeres alcanzan los 83 años. Cifras que nos sitúan en el segundo lugar con mayor expectativa de vida en América Latina, después de Chile.

Es claro que estos resultados no han sido fruto del azar, sino más bien el producto de muchos factores, como los avances médicos y terapéuticos, que han permitido prevenir y tratar muchas enfermedades; la puesta en marcha de políticas sanitarias y nutricionales, y la adaptación de patrones culturales a los cambios inherentes que trae el desarrollo. Vale también decir que dichos factores no han llegado a todos. De hecho, cerca de un millón de muertes ocurridas entre 1998 y el 2011 debieron evitarse con las mismas herramientas.

Con todo, hay que aceptar que Colombia va rumbo de convertirse en un país de viejos antes del 2050, lo que plantea una serie de retos ineludibles para poder enfrentar esta realidad demográfica en términos de productividad y no de gasto. Es natural que una población mayor tiende a ser más enferma y demandante en lo económico, pero también puede ser menos dependiente si desde ahora se enfoca el problema desde una óptica de bienestar.

Lo lógico es que si se ganan más años de vida, estos tienen que representar beneficios y no una carga para el Estado. Ello empieza por redefinir conceptos, patrones culturales y hasta políticas frente a la llamada tercera edad. El tema de las pensiones, por ejemplo, tiene que ser abordado desde esta perspectiva. Mantener y utilizar la capacidad de los trabajadores por más años y garantizar los derechos de salud, remuneración digna y condiciones de bienestar para los empleados mayores debe ser la base de una audaz y profunda reforma pensional.

Mientras lo anterior se concreta, urge revaluar la paradoja de desechar de los espacios laborales a las personas con más experiencia y la absurda concepción de que está proscrito el empleo para los mayores de 50 años solo por el hecho de llegar a esa edad, que, al tenor de las estadísticas, es algo más de la mitad de la vida, y fisiológicamente apta para ser muy productiva.

Echar mano de ese recurso es una valiosa herramienta frente al inexorable futuro, que nos hace a todos más longevos.

Editorial

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