'Julio Ramón Ribeyro volvió a Lima a vivir y también a morir'

'Julio Ramón Ribeyro volvió a Lima a vivir y también a morir'

A los 20 años de la muerte del escritor, Daniel Titinger publica libro en el que lo retrata.

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14 de enero 2015 , 06:33 p.m.

Julio Ramón Ribeyro decía que cada escritor tiene la cara de su obra. Si nos fijamos en su caso, en él, en su literatura, no queda más remedio que reconocer que su frase es toda verdad. Un tipo flaco, con pinta melancólica; una apariencia de no hacerle daño a nadie más que a sí mismo, que va rumbo a un fracaso que ya conoce de antemano. Viejo amigo.

Para quien haya leído alguno de los relatos del escritor peruano, cualquiera de estas características va a resultar conocida, habitual entre sus personajes tristes y tiernos. Con esa imagen de su literatura se paseó el propio Ribeyro por el mundo. Desde la publicación de su primer cuento –en 1949, bajo el título diciente de 'La vida gris'– hasta el último de sus escritos. El autor peruano murió en diciembre de 1994, a los 65 años, después de que un cáncer que lo había amenazado veinte años atrás (por el cual a su pecho lo atravesaban largas cicatrices) volvió a aparecer con fuerza.

Cuando Julio Ramón Ribeyro agonizaba, le anunciaron que era el ganador del Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, uno de los reconocimientos más importantes de América Latina y que por fin le llegaba a un autor que parecía seguir siendo el secreto mejor guardado de las letras peruanas. Sus libros, entre ellos 'Solo para fumadores', 'La tentación del fracaso', 'Cambio de guardia', 'Prosas apátridas', se leen con devoción, sobre todo cuando llegan a las manos de un lector joven que siente propios los sueños y los desconsuelos de sus protagonistas. Y ese afecto casi incondicional que como lector se siente por sus libros se traslada a él. A Julio Ramón Ribeyro. Es un autor que uno cree conocer, a quien se le ve casi como un cómplice de la vida diaria.

Alguien a quien uno quiere.

Y eso mismo sintió el periodista peruano Daniel Titinger cuando recibió una llamada de la periodista argentina Leila Guerriero, en la que le propuso hacer un libro sobre Ribeyro para la editorial chilena de la Universidad Diego Portales. Titinger fue director de la revista de crónicas y reportajes Etiqueta negra, es autor de libros como 'Dios es peruano' y 'Cholos contra el mundo' y es el actual director periodístico de revistas del diario El Comercio en Perú. En su memoria literaria, como en la de tantos latinoamericanos en general, está Ribeyro. “Por eso acepté de inmediato la propuesta. Ribeyro fue un autor que durante una etapa de mi vida fue casi una deidad –dice–. Sigo considerándolo el mejor escritor peruano contemporáneo (y digo contemporáneo a pesar de que esté muerto). Mario Vargas Llosa es el Nobel, sí, pero Julio Ramón Ribeyro es el imprescindible”.

Hasta ese momento Titinger tenía en su cabeza una idea de Ribeyro que se repite en casi todas los lectores: la del Ribeyro triste, el Ribeyro que mira la vida desde la esquina de la melancolía. Pero entonces empezó a hacer el trabajo de reportería necesario para su libro (Titinger llegó que a sumar más de sesenta personas entrevistadas) y acabó por concluir algo diferente. “Hay una mitología alrededor de Ribeyro, la del fracaso, la de la nostalgia. Pero él no era eso –dice el periodista–. Existen muchos estudios sobre su obra, pero como persona no se le había tocado mucho. He abierto una ventana en la que yo mismo no sabía qué me iba a encontrar”.

Y se encontró con un Ribeyro que lo sorprendió.

Y su idea sobre él cambió.

Como cambiará para los lectores de 'Un hombre flaco', título del libro de Daniel Titinger, que por cierto se agotó en dos días en las librerías peruanas (dato que sirve para hacerse una idea de lo que significa Ribeyro en su país).

***

Julio Ramón Ribeyro nació en 1929, en Lima, en una familia que vivía sin reparos económicos gracias al trabajo juicioso de su padre. Cuando Julio Ramón tenía 16 años, eso cambió. Su papá murió y no solo le dejó el dolor de la pérdida, sino que la familia entró en crisis financiera. Poco tiempo después de esa muerte, Julio Ramón publicó su primer cuento y desde ese momento sintió que su destino era ser escritor y no abogado, carrera que había escogido tal vez inclinado por la vocación de su papá. La familia –su mamá y sus tres hermanos– debió vender su cómoda casa de Miraflores por los problemas económicos. Al poco tiempo, Ribeyro armó maletas y viajó a Madrid, con una beca para estudiar periodismo. “Solo ansío viajar. Cambiar de panorama. Irme donde nadie me conozca. Aquí ya soy definitivamente como han querido que sea”, escribió en su diario.

Ribeyro y su amigo, el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, que lo acompañó en los momentos difíciles de sus primeras operaciones en París.

De Madrid pasó a París, de París a Amberes y así a cualquier lugar que lo llevara lejos de la posibilidad de volver a su país. Dinero no tenía. Trabajó como conserje de un hotel de mala muerte, fue cargador de bultos, vendedor de periódicos. Mientras tanto, escribía cuentos que tenían como escenario su tierra, Perú. “Ribeyro era flaco, solitario, insomne e inapetente –escribe Titinger en su libro–. Su única voracidad era la literatura: le interesaba más leer a Flaubert que ganarse la vida”.

Su primer libro publicado fue Los gallinazos sin plumas, que salió en Lima en 1955. Eran ocho cuentos que ya mostraban el camino que iba a tomar su literatura: personajes al borde del abismo. En ese camino siguió hasta el final.

Según Titinger, la literatura más íntima de Ribeyro –como 'La tentación del fracaso' o 'Prosas apátridas'– sí tienen mucho que ver con el autor. Los cuentos, los personajes de sus cuentos, no. “Incluso él escribía cuentos para vender. Los llamaba cuentos mercables. Le mandaba cartas a su hermano en las que le pedía historias para hacer cuentos con ellas. A Ribeyro no le costaba mucho escribir. Había logrado tener una especie de maqueta de cómo escribir una historia y, con el tiempo, la fue perfeccionando. Logró un tipo de literatura y después ya no pudo zafarse de eso”. Esos personajes que tendían al fracaso de forma irremediable formaban parte de su ficción, pero no reflejaban del todo su espíritu.

En París, a mediados de los años 60, Ribeyro conoció a Alida Cordero, peruana como él, que se dedicaba a la venta de arte. Se casó con ella y tuvieron un hijo al que llamaron también Julio Ramón. Gracias a los contactos de Mario Vargas Llosa, Julio Ramón consiguió un trabajo estable como redactor en la agencia de noticias France-Press, oficio que dejó para ir de agregado cultural a la Embajada de Perú en Francia, puesto al que llegó mediante amigos de su esposa Alida.

Sin embargo, poco después, el gobierno del general Juan Velasco Alvarado lo nombró representante alterno del Perú ante la Unesco. Y ahí sí se quedó. De tanto en tanto aparecía un nuevo cuento suyo, o una obra de teatro. Ribeyro no dejaba de escribir. Sin embargo, dice Titinger en 'Un hombre flaco', “parecía atrapado entre la burocracia diplomática, la vida familiar y la úlcera que no lo dejaba en paz”.

La salud del escritor, fumador compulsivo y sin remedio, comenzó a fallar. En 1973 se conoció la noticia de que lo habían operado dos veces seguidas por cáncer en el esófago y en el estómago. Sobrevivió. “A la muerte nunca le he temido. Me aferraré a la vida como un escarabajo”, dijo el autor en una de las pocas entrevistas que dio. Ribeyro era un hombre tímido. Se negaba a hablar ante una grabadora. “Era retraído como un cangrejo. Hubiera preferido ser invisible”, lo describe Titinger.

***

Veinte años después de las cirugías en París, y luego de muchas palabras escritas entre tanto, Julio Ramón Ribeyro decidió regresar a Lima. A vivir en su ciudad. Solo, sin su esposa, que se quedó en París. Según lo que ella le dijo a Titinger, en aquel momento se despidió de Ribeyro con un “vete y sé feliz”. Pero había algo en el escritor que llegó a Lima y que eligió vivir en un apartamento de cara al mar: ya no quería escribir más. “A sus amigos más cercanos les decía que estaba cansado de escribir, que ya había cumplido con la literatura”, se lee en 'Un hombre flaco'. Ribeyro comenzó a mostrar un rostro que tal vez siempre había sido suyo: salía con sus amigos a bailar, montaba bicicleta al mediodía, se volvió a enamorar. ¡Se dejó el bigote!

“Al final se liberó. Pero no solo de un matrimonio, sino de un trabajo, de un puesto diplomático, de una ciudad en la que no se sentía a gusto. El Ribeyro que vino a Perú, que vino a vivir y también a morir, era un tipo feliz. Que amaba la vida. Con ese Ribeyro me quedo. Con el que él siempre quiso ser”, dice Titinger.

–Háblenos de la amistad de Julio Ramón Ribeyro y Mario Vargas Llosa. Eran cercanos y al final pelearon. ¿Qué pasó?
–En realidad no sé qué tan amigos fueron. Se frecuentaron mucho en París, eso sí. Su lejanía fue por una cosa política.

Durante el primer gobierno de Alan García,que llegó al poder siendo muy popular, se quiso estatizar la banca. Vargas Llosa, muy crítico de García, se pronunció en contra de ese proyecto y Ribeyro, que nunca se manifestaba por nada, salió a defender la idea presidencial. Fue rarísimo. Pero lo que más le chocó a Vargas Llosa fue que Ribeyro le mandó decir con una editora amiga que no le pusiera atención, que había sido algo coyuntural. Más o menos que lo había dicho para cuidar su puesto. Eso irritó tanto a Vargas Llosa, que terminó por pasar como una aplanadora sobre Ribeyro.

El cuentista murió sin que llegara a reconciliarse con su amigo Vargas Llosa, quien por cierto descarga parte del peso de esa aplanadora en un capítulo de su libro 'El pez en el agua' en el que Ribeyro queda muy mal parado.

–En 'Un hombre flaco', usted asume una posición equilibrada frente a un personaje que solo recibe críticas entre los cercanos a Ribeyro: su viuda, Alida Cordero.

Dice Titinger:

–No ejerzo una defensa hacia ella, pero sí trato de balancear las cosas y ponerlas en real perspectiva. Alida tuvo un papel muy importante en la vida de Ribeyro. Es alguien que lo salva (tras sus primeras operaciones, ella busca la forma de garantizar su tratamiento) y nos permite tener al escritor 21 años más. Sin Alida, él no hubiera sobrevivido. Estoy seguro.

Nadie es bueno ni malo todo el tiempo, concluye Titinger con sabiduría. Eso le encaja a la viuda. También a Ribeyro. A todos. Eso lo refleja bien 'Un hombre flaco', que permite conocer desde un punto de vista más humano, con sus buenas y sus malas, al mejor cuentista que ha dado Perú.

MARÍA PAULINA ORTIZ
Redacción EL TIEMPO

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