'Hablar fue mi peor pesadilla'

'Hablar fue mi peor pesadilla'

A una indígena nasa su comunidad le dio la espalda cuando denunció violación por parte de un líder.

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13 de enero 2015 , 05:58 p. m.

 Adriana* nació y fue criada en el norte del Cauca, en una vereda cercana al municipio de Toribío, resguardo de Tacueyó, donde unos 500 habitantes cultivan café y maíz, carecen de un centro de salud y sus niños solo tienen escuela hasta quinto de primaria.

Hija de padre y madre indígenas, conserva el espíritu nasa en sus ojos rasgados, en su pelo azabache y en su firme creencia de que los abuelos son legítimos sabios y tienen el poder de sanar.

Líder de nacimiento, maestra por convicción y madre de Sebastián*, adolescente, y de Victoria*, neonata.

Solía ser alegre, conversadora y despreocupada. Siempre que había una fiesta, muy poco se interesaba en el vestido, y en cambio disfrutaba la música, los amigos y el ambiente de celebración.

Así fue hasta el 16 de diciembre de 2013. Desde entonces hizo de su casa su propia cárcel. Opina poco, sonríe poco y, aunque busca que la escuchen, con la gente de su pueblo se obligó al silencio.

Una noche amarga

Era lunes. En la mañana yo había ido a la finquita de una tía, como a 20 minutos en moto desde mi casa, para ayudarle a rozar un terreno.

Trabajé duro y bajé muy cansada. Por eso, aunque ese día iniciaba la Novena de Navidad, preferí descansar y le dije a mi hijo que fuera solo a donde se congregan los de la vereda durante estas fechas.

Recuerdo que no había invierno y la noche estaba bonita. Me puse una pijama color rosado y encendí el televisor. Estaban por terminarse las noticias, y supongo que ya iban siendo las 8:00 p. m.

Cuando estaba entre dormida, sentí que la puerta sonó. La casa en que vivía era muy pequeña y aunque tenía dos puertas, solo una funcionaba. No era consciente de cuánto tiempo había pasado y supuse que mi hijo estaba de regreso, pero cuando sentí una voz gruesa, de inmediato me tiré de la cama.

El señor Humberto*, un vecino, estaba de pie en mi sala.

–Vine a pedirle un favor. Présteme la grabadora que hoy inicia la Novena y no tenemos en qué hacer sonar los villancicos –dijo cuando me vio salir sorprendida.

Le respondí que esa grabadora no servía para CD, pero él insistió en que ensayáramos, hasta que terminó por funcionar y tuve que entregársela.

–¿Está sola en la casa? –me preguntó como ‘timbrado’. Yo me limité a decirle que mi hijo se había ido a la Novena y le mostré la puerta en señal de que se fuera.

Le di un momento para que saliera y me volví a recostar, pero como a los tres minutos escuché que le echaban seguro a la puerta. Fui tan ingenua que imaginé que había llegado mi hijo, pero era ese señor.

Humberto siempre ha sido líder de la vereda. Ha pasado por fiscal, presidente de la junta y hasta docente. La gente lo quiere, y yo desconfiaba de él.

Humberto no me caía bien.

En dos ocasiones había intentado tomarme a la fuerza. La primera, en 2004. Eran como las siete de la noche y yo estaba pelando papas, cuando llegó él preguntando qué hacía yo, que por qué andaba tan sola y que no entendía cómo era posible que una mujer fuera capaz de estar sin marido habiendo tantos hombres. Le dije que no me hacía falta, y no pensé nada malo hasta que empezó a abrazarme.

Lo empujé, me retiré asustada y le pedí que se fuera. En ese entonces él ya tenía mujer.

La segunda ocurrió dos años después. Mi mamá recién había muerto y yo estaba sentada en la sala de su casa llorando con una foto de ella. Él vivía a unos 300 metros y entró de repente, me quitó la foto y se ofreció a hacerme un masaje en los hombros, pero quiso propasarse y tocarme las piernas. Cuando vio que me puse de pie rápido y lo paré, salió corriendo como un niño chiquito.

Sin embargo, el 16 de diciembre ya no tenía miedo. Después de la excusa de la grabadora, volvió a la casa, se aseguró de que la puerta estuviera bien cerrada y me agarró por detrás, me tomó de manos y cuerpo y me daba besos a la fuerza. Yo le quitaba la cara, lo escupía e intentaba soltarme.

Cuando logré ponerme de frente, me dominó por completo. Aunque él es más bajito y yo me creía capaz de defenderme de cualquiera, la fuerza a veces traiciona.

Llegó un momento en que me llevó a mi cama a empujones, me puso el codo en el pecho, y como mi colchón es blandito, se me acabaron los alientos. Mis manos eran como las de una muñeca de trapo y yo intentaba levantar las piernas para patearlo, pero no podía.

Debo aclarar que cuando me vi vencida, entré en pánico y no reaccioné más. Se me vino el recuerdo de mi infancia, de cuando un mayordomo de mi papá me daba con lazo y machete y abusaba de mí. No podía pensar en nada más.

Después, hay un vacío grande en mi memoria. Cuando recobré la conciencia estaba sentada en mi cama llorando. Me dio temor de que llegara mi hijo y corrí a bañarme.

En adelante, cambiaron mis proyecciones, se me acabaron los sueños. Ya no quería seguir construyendo la casita que había empezado, ni quería volver a la calle. Temía que si hablaba la comunidad me señalara, las autoridades me tacharan de mentirosa y mi hijo me viera con vergüenza.

‘Los mismos tratos de siempre’

“La violencia nos ha marcado siempre. Yo crecí con el relato de mis abuelas sobre unas tales vacas muertas, que en realidad eran mujeres indígenas violadas simultáneamente por varios hombres de la misma comunidad”, cuenta Maussellén Zambrano, del programa Mujer y Familia de la Acin (Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca).

“Para una mujer indígena antes era normal que le dieran duro. Pensaba uno que el marido tenía derecho, pero hoy sabemos que los golpes no son la forma”, continúa Maussellén, y advierte que la violencia “desequilibra”.

Atribuye la problemática a la “descomposición social” y a que “de pronto antes había violencia, pero hasta ahora se están diciendo las cosas”, e insiste en que aún falta denuncia y darle el lugar que se merece al tema de violencia de género en la jurisdicción especial indígena.

“La violencia contra nosotras se hereda”, agrega Adriana mientras recuerda que su madre, huérfana y analfabeta, fue entregada en matrimonio a los 13 años a su padre, quien la agredió física y psicológicamente durante más de 30 años.

“Él decía que las mujeres no servíamos para nada y era uno de tantos en la comunidad para quienes nosotras estábamos confiscadas al hogar y a las órdenes de los maridos”, menciona.

La infancia de Adriana transcurrió en el campo. El padre y la madre trabajaban en el pueblo, entonces ella, la segunda de cuatro hermanos, asumía el oficio de la casa y se quedaba sola en la parcela con un mayordomo que desde los cinco años abusó sexualmente de ella.

“Se llamaba Emilio y siempre vestía con una camisa negra. En tres ocasiones me hizo el daño más grande. La vez que recuerdo, fue un día en que me pidió que fuéramos a buscar leña, porque si mi papá llegaba y no encontraba el fuego encendido me iba a dar ‘fuete’. Yo le tenía mucho miedo a mi padre y me fui con él, quien descargó el lazo, el machete y el costal, y entre un cafetal me quitó la ropa y abusó de mí”, evoca Adriana casi 30 años después.

La niña nunca le contó a su padre, “porque era muy bravo y porque no tenía confianza con él”, pero el trabajador la dejó marcada para siempre. Desde pequeña siente miedo por los hombres y le fastidian las propuestas de noviazgo.

Por eso, a los 17 años, cuando se fue de la casa, decidió que su vida no sería para amar, sino para estudiar y trabajar.

Con esa certeza partió a otro departamento, donde una señora le ofreció trabajo en una panadería a cambio de hospedaje y dinero. Lo que desconocía era que cada vez que se ausentaba para hacer mercado, su esposo, conductor de un camión de gaseosas, acosaba a Adriana.

Cansada del abuso, la mujer se fue. Fue empleada de servicio y a los 19 años conoció a un agricultor que le ofreció pagarle a cambio de cuidar la tierra y concluir su bachillerato.

Con el deseo de “ser normal, como las personas que consiguen parejas” y porque el hombre le “hablaba bonito”, aceptó ser amada, pero a los tres meses, cuando se dio cuenta de que había quedado en embarazo, se fue asustada y asqueada de la convivencia. El agricultor, exasperado por un hijo que ni esperaba ni deseaba, le entregó 100.000 pesos y le pidió que abortara.

“Nunca volví a pedirle nada a un hombre y afronté mi embarazo sola”, recuerda, pero ser madre soltera le costaría la censura de su comunidad.

“Decían que me habían dejado burlada, que me iba a encartar, que me iba a quedar solterona y que no se fijarían en mí porque era una mujer parida”, comenta Adriana, quien con su primer hijo aún siendo un niño se defendió para graduarse como licenciada en Etnoeducación y a pulso se convirtió en maestra, secretaria de la junta de su vereda. Luego en secretaria general de su cabildo y, como coordinadora de familia, orientaba y acompañaba a mujeres víctimas de violencia sexual.

No olvida a una madre que llegó a su casa con una pequeña de cinco años abusada por un comunero, y entonces vio el cuadro de su infancia y pensó que algo en su comunidad no andaba bien, “hay una combinación de miedo, silencio y perversión”, dice.

El peso de hablar

Desde muy niña, ser maestra era mi gran sueño. Me nacía estar con los niños y orientarlos. De hecho, era docente de la escuela de la vereda, y sin importar si el camino estaba difícil por la lluvia, jamás llegué a ausentarme. Siempre estaba para mis 16 estudiantes de cuarto de primaria.

En ese tiempo, yo tenía unas ilusiones. Empecé a construir un rancho, quería hacer una especialización en matemáticas y ya estaba ahorrando para la universidad de mi hijo. Pero las cosas no siempre se dan como uno piensa.

Después de la violación empecé a sentirme enferma y el día en que debía llegarme la menstruación no pasó nada. Yo lo relacionaba con alteraciones normales por el problema que estaba atravesando, pero nunca pensé que estaba embarazada, hasta el día en que me practiqué una prueba.

Con una cuñada de Humberto ubiqué su teléfono y lo llamé. La verdad no sé de dónde saqué valor, porque desde que supe la noticia no paraba de temblar, pero le dije, y su respuesta me desconcertó: “¿Cómo así, es que usted no planifica? Pues somos seres humanos, cometemos muchos errores, y usted verá qué hace”.

Desde ese momento empezó a llamarme y a decirme que abortara, que no le hiciera daño, que él tenía sus hijos, su familia, que él quería mucho a su mujer. Yo me quedaba sin palabras, porque cada vez que lo escuchaba me entraban los nervios. No dormía, no comía, pensé en cobrárselas a ese señor y pensé en irme lejos y desaparecerme con mi hijo, hasta que el 12 de enero de este año no aguanté más y decidí contarle todo a una amiga.

Su consejo fue que debía hablar con la autoridad, y aunque al principio me opuse, porque me daba vergüenza hablar del tema con un hombre, hablé con la coordiandora de Etnoeducación y al día siguiente con el gobernador.

Una semana después, las autoridades me pidieron pruebas de mi violación, me pidieron que mostrara los calzones rotos, y como evidentemente no contaba con ese tipo de evidencias, la respuesta fue que Humberto y yo debíamos conciliar, ¿pero a qué acuerdo voy a llegar con una persona que me causó tanto dolor? Él me ofreció plata, me pidió que lo perdonara, pero para mí no había nada que acordar, yo quería justicia.

Como no hubo conciliación, el cabildo ordenó que nos fuéramos a asamblea, que fuera la comunidad la que determinara qué debía pasar con Humberto y conmigo.

Hablar fue mi peor pesadilla. Me imaginaba a toda la vereda y a la gente de los alrededores enterándose de lo que me había pasado y juzgando, y a mi hijo sufriendo.

Y así fue. En la asamblea, que fue en mayo, estaba yo frente a toda la comunidad. Del otro lado, estaban él con sus hijos, su esposa, su mamá y sus hermanos. La gente estaba con ellos, porque se había difundido el rumor de que nosotros éramos amantes y de que yo era la que lo buscaba.

Hablar de algo tan íntimo y tan doloroso frente a cientos de personas fue muy dañino, pero si no asistía iban a pensar que estaba mintiendo. A él le preguntaron cuántas veces había tenido relaciones sexuales conmigo, y dijo que cada que yo quería lo buscaba, desconociendo lo difícil que es para mí amar o desear a alguien.

Me pidieron que dijera la verdad, que si yo tenía algo con él no era cosa de otro mundo, y que si había armado el bonche solo porque estaba en embarazo, entonces que dejara ya el ‘show’, porque lo que ellos notaban era que nosotros dos sí teníamos algo.

La conclusión fue que él era inocente y que yo había hecho un montaje por mi embarazo. Aunque él renunció a su cargo de líder hasta que la situación se resuelva, a partir de la asamblea quedó limpio de todo y a mí me dijeron que me podían dar aval para trabajar, porque después de contar mi historia no se me renovó el contrato de maestra.

La familia de Humberto y otros vecinos se burlan de mí y me gritan a los cuatro vientos: “adiós, violada”. Intencionalmente me han cortado los cables de la energía de mi casa y han tirado piedras a mis ventanas y al techo de zinc.

Pese a eso, con los meses me he hecho fuerte. Sé que no cuento con ellos y que debo continuar sola sacando adelante a mis hijos. Digan lo que digan, yo sé lo que pasó esa noche y seguiré reclamando justicia.

La justicia se dilata

La investigación del caso de Adriana, según dijo Floresmiro Noscué, gobernador indígena de Tacueyó, partió de los “rumores” de que Adriana y Humberto habían sido novios durante la juventud, habían terminado con resentimientos y se habían vuelto a encontrar. No había, según él, más evidencia.

Con base en esto, la pesquisa comenzó con entrevistas personales a Adriana y a quien habría entrado a su casa la noche del 16 de diciembre de 2013. Después, las autoridades indígenas del resguardo citaron a ambos a un interrogatorio y confrontaron sus versiones. Posteriormente, llamaron a sus familiares a dar testimonio y, por último, los sabedores ancestrales, The Walas, realizaron una serie de rituales de armonización en los que los espíritus les transmitieron que los hechos de aquella noche habían sido consentidos por hombre y mujer, “que la relación no fue a las malas”, resaltó el gobernador.

Sin más certezas que los chismes de la comunidad y la palabra de los sabedores, la última esperanza que le queda a esta mujer para demostrar que su testimonio es cierto, es someter a su bebé a una prueba de ADN que determine si Humberto es o no el padre de la menor, aunque según ella, eso tampoco garantizaría que se responsabilice y sancione a su agresor.

Lo dice porque está segura de que "para el cabildo es claro que no hubo violación. Por eso insisten que deje tanto cuento, que yo ya estoy muy vieja para estar inventando esas cosas”.

Antes de dar cualquier veredicto, Floresmiro advierte dos cosas: de probarse que hubo violación, las autoridades indígenas, por un convenio que sostienen con el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario, INPEC, para prestar la infraestructura carcelaria a criminales que están bajo vigilancia, control y seguimiento de los indígenas, le darían hasta 30 años de cárcel a Humberto. Si no se prueba, habría una sanción contra Adriana por atentar contra el buen nombre del líder.

Si bien el gobernador califica el caso de Adriana como “especial” por tratarse de una lideresa, para él muchas son las preguntas que quedan por responder:

“¿Por qué no denunció cuando ocurrieron los hechos? ¿Por qué dice que la cogieron a las malas, si es bien difícil que una mujer adulta no pueda hacer nada? ¿Por qué no se ve en ella una actitud de resentimiento? Si ella dice que ya había pasado lo mismo antes, ¿cómo es posible que una persona la coja una y otra vez? ¿Por qué ella apenas empezó a poner problema cuando se dio cuenta de que estaba en embarazo?”.

Para Viviana Rodríguez, abogada del Área de No Violencias y Acceso a la Justicia de la organización Sisma Mujer, más que preguntas, los cuestionamientos de Floresmiro son prejuicios que en ningún caso pueden guiar las decisiones judiciales, ni siquiera las de las autoridades indígenas.

Para Adriana, los interrogantes que expone el gobernador en entrevista han sido los mismos que ha lanzado contra ella, para quien no hay más respuesta que “lo que pasa es que mi comunidad pone en duda mi denuncia porque el hombre que me violó fue un líder”.

*Los nombres y apellidos de la víctima, el victimario y sus familiares fueron modificados.

MARIANA ESCOBAR ROLDÁN
EL TIEMPO.COM
marrol@eltiempo.com
@marianaesrol

 

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