La faena de los taurinos que se quedaron sin plaza

La faena de los taurinos que se quedaron sin plaza

Desde hace 30 meses, aficionados se desplazan a otras regiones para disfrutar los espectáculos.

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11 de enero 2015 , 10:31 p.m.

Los tendidos de la plaza de toros de Santamaría –la más prestigiosa del país por más de 80 años y catalogada como la primera de América– hoy lucen vacíos, cercando un ruedo solitario, por donde hasta hace 30 meses desfilaban toros y toreros. Estos últimos, vestidos de traje de luces y un capote de grana y oro.

Por fuera de sus más de 800 metros cuadrados permanecen aislados los seguidores de la fiesta brava, anhelando volver al pasado, cuando les entregaban las seis boletas de su abono en una de las cinco taquillas de la plaza y llenaban una bota de cuero con jerez, manzanilla o whisky.

Justo para esta época, sin faltar un solo domingo, esos aficionados cruzaban las puertas del escenario que a muchos vio crecer. De su boca hoy solo sale nostalgia por lo que se perdió; extrañan la que para ellos fue su casa por varias décadas y que les fue “arrebatada” en junio del 2012, en medio de una decisión de la administración actual.

Son esos mismos simpatizantes los que hoy no tienen más remedio que ir de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo buscando lo que ya no encuentran en Bogotá. Hacen maromas para llegar a Puente Piedra (Cundinamarca), Duitama (Boyacá), Manizales, Cali, Cartagena y Medellín a gozarse la que, para ellos es al fin y al cabo una celebración prestada. Terminan en plazas más pequeñas y algunas cubiertas.

Si el dinero no alcanza para comprar la boleta, piden prestado; si no se puede viajar, la solución es la radio o la televisión, y si van a salir de la ciudad y hay trabajo, tramitan un permiso.

Juan Torres le pone rostro al drama de los taurinos bogotanos. Lleva más de 35 años asistiendo a las corridas y desde hace dos décadas esculpe la imagen de los toros como símbolo del amor que dice sentir por los bovinos desde muy pequeño.

Aunque ha recorrido más de 400 kilómetros para acompañar a la fuente de su inspiración a otras plazas, no duda ni un minuto en decir que verse obligados a desplazarse es “espantoso económica, social y moralmente”.

En sus cuentas, según el lugar, la fecha y si hay o no feria, el precio de la noche en un hotel no baja de 160.000 pesos, y los costos generales se incrementan hasta en un 400 por ciento.

Y si bien se siente satisfecho de poder viajar, sus palabras son sinónimo de melancolía. “Nuestra plaza es nuestra plaza, y así entremos a otra y nos emocionemos por estar ahí, nos da nostalgia no poder estar en la Santamaría y –describe el escultor– saber que nos han quitado un pedazo de nuestra vida. Esa es nuestra plaza linda, donde está el público que sí sabe de toros”.

Recordar es vivir

 

Manuel García tiene 28 años y disfruta de las corridas de toros desde que era un niño. Desde su apartamento se alcanza a ver La Santamaría, que tiene una capacidad para 12.500 aficionados. Foto: Ana María García / EL TIEMPO

La estructura hecha de ladrillo como hoy se conoce a la Santamaría, después de que el hasta ahora aficionado más importante que ha tenido Bogotá, don Ignacio de Santamaría, entregó su fortuna para su construcción, ha visto pasar a miles de simpatizantes de la fiesta brava.

Elcy Guzmán es amante de los toros de lidia. Por más de 25 años no se perdió una sola temporada en Bogotá, ni siquiera cuando estuvo en el hospital recuperándose de una delicada enfermedad. “Le pedí permiso al médico para que me dejara salir a la corrida para volver después a continuar el tratamiento. Por eso cada año –recuerda la mujer– le daba gracias a Dios por estar en nuestra plaza”.

Hoy ella es una de las ‘viudas’ que dejaron las desaparecidas corridas de toros en la ciudad. Pese a que intenta viajar a otras plazas, en ocasiones se abstiene de hacerlo por los elevados costos.

Este año –estaría a punto de iniciarse la temporada de Bogotá– se quedó en casa, pegada a su radio pues casi ninguna de las corridas se retransmite por televisión.

Cuando va a asistir a una corrida en Cundinamarca, alista su sombrero, su pañuelo blanco para pedir oreja cuando se acabe la faena y saca su bota.

Las botellas de manzanilla dulce, manzanilla seca y brandy con las que la llena escasean desde que el Distrito frenó las corridas.

Se recorre la ciudad de cabo a rabo: va del occidente al centro, del centro al norte y del norte al sur. Rara vez las encuentra, y aun así lo sigue intentando.

* * *

A sus 5 años y de la mano de su papá, Nelly de Viana (hoy de 62) llegaba a la plaza de toros de Santamaría a vivir lo que para ella es su pasión. En contra de sus gustos estaban su mamá y sus hermanos. “Hasta el día de la muerte de mi mamá –recuerda–, ella seguía renegando por los toros, y yo sigo fiel y firme a ellos; los amo”.

Más de 100 objetos alusivos a la fiesta brava, que reposan en las paredes y muebles de su apartamento, hacen parte del museo taurino que ha ido creciendo con los años.

Su hijo la secunda. Es el encargado de navegar en internet y mantenerla al tanto del calendario taurino. Y ya alista el próximo viaje, pese a que la corrida está programada para el próximo 24 de enero en la plaza Marruecos de Puente Piedra.

‘Hay aroma a corrida’

Melancólico, Manuel García recuerda el plan familiar en el que se habían convertido las corridas de la Santamaría.

Desde que tiene uso de razón, visitaba la plaza con sus papás y su hermano menor. Tal era su afición que sus papás compraron un apartamento en el noveno piso por la vista panorámica que hay hacia el ruedo.

A sus 28 años, dice que con el cierre temporal de la plaza, además de nostalgia hay impotencia. “Este sol es aroma de corrida. Por estos días ya empezaba la temporada y pensábamos en los carteles; en lo que íbamos a hacer cada domingo (...) Ahora –dice– no hay nada”.

Para mitigar su sed de corridas, se conecta a internet y oye la radio para no perderse ningún detalle, y no ha dejado las tertulias sobre toreo con sus vecinos y amigos.

No fue el único que convirtió las corridas en un plan familiar. Otros jóvenes aficionados son Javier Guerra y Nicolás Rey. “Los taurinos amamos esto, todo un ritual. Y la plaza era nuestro refugio”, describe Javier.

Nicolás dice que solo va a los municipios de Choachí y Subachoque. El resto del año busca las corridas de España y Francia a través de Youtube. Javier, en cambio, tiene acceso a las de Medellín y Cali, pero en el primer caso recuerda que debe pedir permiso en el trabajo y termina pagando más caro los pasajes en avión, el hotel y los impuestos que finalmente le quedan a esa ciudad.

Las ilusiones están en el futuro de la plaza

Aunque el alcalde de Bogotá Gustavo Petro debía cumplir el fallo de la Corte Constitucional que revivía las corridas de toros en la ciudad, a la fecha permanece clausurada al público. Según Petro, su decisión tiene que ver con las condiciones estructurales de la plaza.

En diciembre del año pasado se declaró desierta la licitación para adjudicar las obras, que tendrían un valor superior a los 4.000 millones de pesos y un tiempo aproximado de dos años. Durante enero se reabrirá el proceso licitatorio. Por su parte, el presidente de la Corporación Taurina de Bogotá, Enrique Vargas Lleras, le dijo a EL TIEMPO que “está lleno de ilusión” por lo que viene este año para los taurinos de Bogotá.

“El fallo de la Corte Constitucional fue reconfortante: que se reconozcan los derechos de los taurinos, los derechos sobre la fiesta y se garantice la continuidad de una tradición histórica”, dice.

Vargas agregó: “Tengo muchas ilusiones para que este nuevo año se pueda restablecer la fiesta brava en Bogotá (...) Ojalá en el 2015 se vuelvan a dar los primeros espectáculos”.

ALEJANDRA P. SERRANO GUZMÁN
Redactora de EL TIEMPO

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