'El capital en el siglo XX', según Bill Gates

'El capital en el siglo XX', según Bill Gates

El hombre más rico del mundo escribe una reseña del exitoso libro del economista Thomas Piketty.

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10 de enero 2015 , 09:18 p.m.

Un tratado de 700 páginas sobre economía traducido del francés no es exactamente una lectura ligera –incluso para alguien con un alto cociente ‘geek’ reconocido–. Pero me sentí obligado a leer El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty después de ver varias reseñas y de oír a amigos hablar de él.

Me alegro de haberlo hecho. Les animo a leerlo también, o al menos un buen resumen, como el de The Economist. Piketty fue bastante agradable y accedió a hablar conmigo sobre su trabajo en una llamada de Skype. Como le dije, estoy de acuerdo con sus conclusiones más importantes, y espero que su trabajo atraiga a más personas inteligentes al estudio de la riqueza y la desigualdad de ingresos –porque cuanto más entendamos acerca de las causas y soluciones, mejor–. También le dije que tengo preocupaciones sobre algunos elementos de su análisis, que comparto a continuación.

Estoy muy de acuerdo con Piketty en que:

– Los altos niveles de desigualdad son un problema –echando a perder los incentivos económicos, inclinando las democracias en favor de poderosos intereses y socavando el ideal de que todas las personas son creadas iguales.

– El capitalismo no se autocorrige hacia una mayor igualdad –esto es, el exceso de concentración de la riqueza puede tener un efecto de bola de nieve, si no se controla.

– Los gobiernos pueden jugar un papel constructivo compensando las tendencias de bola de nieve siempre y cuando decidan hacerlo.

Para ser claros, cuando digo que los altos niveles de desigualdad son un problema, no quiero dar a entender que el mundo está cada vez peor. De hecho, gracias al aumento de la clase media en países como China, México, Colombia, Brasil y Tailandia, el mundo en su conjunto se está haciendo más igualitario, y esa tendencia mundial positiva es probable que continúe.

Pero la desigualdad extrema no debe ser ignorada –o, peor aún, celebrada como una señal de que tenemos una economía de alto rendimiento y una sociedad próspera–. Sí, cierto nivel de desigualdad está integrado en el capitalismo. Como sostiene Piketty, es inherente al sistema. La pregunta es ¿qué nivel de desigualdad es aceptable? Y ¿cuándo empieza la desigualdad a hacer más daño que bien? Eso es algo sobre lo que deberíamos tener un debate público, y es genial que Piketty ayudara a avanzar en la discusión de una manera tan seria.

Sin embargo, el libro de Piketty tiene algunos defectos importantes que espero que él y otros economistas aborden en los próximos años.

Pese a todos los datos de Piketty sobre las tendencias históricas, no da una imagen completa sobre cómo se crea y cómo decae la riqueza. En el núcleo de su libro hay una simple ecuación: r>g, donde r representa la tasa media de rentabilidad sobre el capital y g, la tasa de crecimiento de la economía. La idea es que cuando los rendimientos del capital superan los del trabajo, con el tiempo la brecha de riqueza se amplía entre la gente que tiene mucho capital y la que confía en su trabajo. La ecuación es tan central para los argumentos de Piketty que él dice que representa “la fuerza fundamental de divergencia” y “resume la lógica global” de sus conclusiones.

Otros economistas han reunido grandes conjuntos de datos históricos y ponen en duda el valor de r>g para entender si la desigualdad se ampliará o se reducirá. No soy un experto en esa pregunta, pero sí sé es que el r>g de Piketty no diferencia adecuadamente entre los distintos tipos de capital con diferente utilidad social.

Imagine tres tipos de gente rica. Un hombre está poniendo su capital en la construcción de su negocio. Después, hay una mujer que está dando la mayor parte de su fortuna a la caridad. Una tercera persona está consumiendo, gastando mucho dinero en cosas como un yate y un avión. Si bien es cierto que la riqueza de las tres personas contribuye a la desigualdad, yo diría que los dos primeros están dando más valor a la sociedad que el tercero. Ojalá Piketty hubiera hecho esta distinción, ya que tiene importantes implicaciones de políticas, que abordaré más abajo.

Más importante, creo que el análisis r>g de Piketty no da cuenta de las poderosas fuerzas que contrarrestan la acumulación de la riqueza de una generación a la siguiente. Estoy totalmente de acuerdo en que no queremos vivir en una sociedad aristocrática en la que las familias ricas se hagan más ricas simplemente por sentarse en sus laureles, y recojo lo que Piketty llama “ingreso rentista” –es decir, los rendimientos que las personas ganan cuando dejan a otros usar su dinero, tierras u otras propiedades–. Pero no creo que EE. UU. esté cerca de eso.

Eche un vistazo a la lista Forbes 400 de los estadounidenses más ricos. Cerca de la mitad de la gente de la lista son emprendedores cuyas empresas lo hicieron muy bien (gracias al trabajo duro y mucha suerte). Contrario a la hipótesis rentista de Piketty, no veo a nadie en la lista cuyos antepasados compraron una gran extensión de tierra en 1780 y que han estado acumulando riqueza familiar con rentas desde entonces. En EE. UU., ese viejo dinero se fue tiempo atrás –a través de la inestabilidad, la inflación, los impuestos, la filantropía y el gasto.

Puede ver una dinámica de descomposición de la riqueza en la historia de las industrias exitosas. En la primera parte del siglo XX, Henry Ford y un pequeño número de emprendedores lo hicieron muy bien en la industria del automóvil. Eran dueños de una gran cantidad de las acciones de compañías automotrices que lograron ventajas con economías de escala y rentabilidad masiva. Esos empresarios exitosos fueron atípicos. Mucha más gente –incluyendo muchos rentistas que invirtieron su patrimonio familiar– vio quebrar sus inversiones en el período de 1910 a 1940, cuando la industria automotriz estadounidense se redujo de 224 fabricantes a 21. Así que en lugar de una transferencia de riqueza hacia los rentistas y otros inversionistas pasivos, a menudo se tiene lo opuesto. He visto el mismo fenómeno en funcionamiento en tecnología y otros campos.

Piketty tiene razón en que hay fuerzas que pueden conducir a una bola de nieve en la riqueza (incluyendo el hecho de que los hijos de los ricos consiguen a menudo acceso a las redes que pueden ayudarles con pasantías, trabajos, etc.). Sin embargo, también hay fuerzas que contribuyen al declive de la riqueza, y el capital no les da suficiente peso.

También estoy decepcionado de que Piketty se centrara en datos de riqueza e ingresos, descuidando el consumo por completo. Los datos de consumo representan los bienes y servicios que la gente compra –incluyendo alimentación, vestido, vivienda, educación y salud–, y pueden añadir mucha profundidad a nuestra comprensión de cómo viven las personas. Sobre todo, en las sociedades ricas, el cristal de los ingresos realmente no deja ver lo que necesita ser reparado.

Hay muchas razones por las cuales los datos de ingresos, en particular, pueden ser engañosos. Por ejemplo, una estudiante de medicina sin ingresos y con un montón de préstamos estudiantiles podría aparecer en las estadísticas oficiales como si estuviera en una situación desesperada, pero bien puede tener un nivel muy alto de ingresos en el futuro. O un ejemplo más extremo: algunas personas muy ricas que no están trabajando activamente aparecen bajo el umbral de la pobreza en los años en que no venden ninguna acción o no reciben otras formas de ingreso.

No es que debamos ignorar los datos de riqueza e ingresos. Pero los datos de consumo pueden ser aún más importantes para comprender el bienestar humano. Como mínimo, muestran una imagen diferente –y generalmente más color de rosa– de la que Piketty pinta. Me gustaría ver estudios que analicen a la vez datos de riqueza, ingresos y consumo.

Incluso si no tenemos una fotografía perfecta hoy, podemos saber bastante de los desafíos sobre los que podemos tomar acción.

Soluciones alternativas

La solución favorita de Piketty es un impuesto anual progresivo sobre el capital, en lugar de sobre los ingresos. Él argumenta que este tipo de impuesto “hará posible evitar una espiral de desigualdad sin fin mientras preserva la competencia y los incentivos para los nuevos casos de acumulación primitiva”.

Estoy de acuerdo en que la fiscalidad debería alejarse de gravar el trabajo. No tiene ningún sentido que el trabajo en Estados Unidos sea tan fuertemente gravado en relación con el capital. Tendrá aún menos sentido en los próximos años, ya que los robots y otras formas de automatización vendrán a desempeñar más y más de las habilidades que los trabajadores humanos tienen hoy.

Pero más que mudarse a un impuesto progresivo sobre el capital, como Piketty quisiera, creo que estaríamos mejor con un impuesto progresivo sobre el consumo. Piense en las tres personas ricas que he descrito antes: una invirtiendo en empresas, una en filantropía y otra en un generoso estilo de vida. No hay nada malo con el último, pero creo que él debería pagar más impuestos que los otros. Como Piketty señaló cuando hablamos, es difícil medir el consumo (por ejemplo, ¿deben contar las donaciones políticas?). Pero entonces, casi todos los sistemas impositivos –incluyendo el impuesto a la riqueza– tienen retos similares.

Como Piketty, también soy un gran creyente en el impuesto de sucesiones. Dejar a los herederos consumir o repartir el capital de forma desproporcionada, simplemente basado en la lotería del nacimiento, no es una forma inteligente o justa para asignar recursos. Como a Warren Buffett le gusta decir, es como “elegir al equipo olímpico del 2020 con los hijos mayores de los ganadores de medallas de oro en las olimpiadas del 2000”. Creo que debemos mantener el impuesto de sucesiones e invertir las ganancias en educación e investigación –la mejor forma de fortalecer nuestro país para el futuro.

La filantropía también puede ser una parte importante del conjunto de soluciones. Es una lástima que Piketty dedique tan poco espacio a ella. Hace 125 años, Andrew Carnegie era una voz solitaria animando a sus compañeros ricos a devolver una parte sustancial de su riqueza. Hoy, un número creciente de personas muy ricas se están comprometiendo a hacer precisamente eso. La filantropía bien hecha no solo produce beneficios directos para la sociedad, sino que también reduce la riqueza dinástica. Melinda y yo somos fuertes creyentes de que esa riqueza es mala tanto para la sociedad como para los descendientes involucrados. Queremos que nuestros hijos encuentren su propio camino en el mundo. Tendrán todo tipo de ventajas, pero crear sus vidas y carreras dependerá de ellos.

El debate sobre la riqueza y la desigualdad ha generado un gran acaloramiento partidista. Yo no tengo una solución mágica. Pero sí sé que, aun con sus defectos, el trabajo de Piketty contribuye al menos con tanta luz como calor. Y ahora estoy ansioso por ver investigación que aporte más luz a este importante tema.

BILL GATES*
* Este artículo apareció originalmente en el blog de Bill Gates, www.gatesnotes.com.

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